martes, 12 de septiembre de 2017

Los 17 segundos que estremecieron al mundo* -Reinaldo Edmundo Marchant



Reinaldo Edmundo Marchant 

Aquel fue un golpe de mula memorable que quedó registrado en la historia universal del boxeo como uno de los más notables que ha percutido un púgil. Los miles de aficionados que colmaban el recinto, se levantaron atónitos de sus asientos cuando vieron cómo el proverbial Campeón Jack Dempsey salió disparado entre las cuerdas y cayó fuera del ring, mientras su contendor Luis Ángel Firpo daba por terminaba la pelea por nocaut.
Los célebres instantes conmovieron a la afición de todo el mundo. La probable derrota estaba poniendo lápida a la maravillosa carrera pugilística de “El Matador de Manassa”, uno de los mayores representantes de la categoría máxima en más de un siglo.
Sin embargo, una tramposa decisión técnica le impidió a Firpo convertirse en Campeón Mundial de los Pesos Pesados aquel 14 de septiembre de 1923, luego de un combate dramático que duró apenas dos rounds, registró nueve caídas, y lanzó fuera del cuadrilátero, con un violento martillazo al mentón, a un Dempsey totalmente lastimado, aturdido, el cual con la complicidad del árbitro y socorrido por el público regresó al tinglado 17 segundos después, permitiendo su recuperación y así noquear en el asalto siguiente al indomable oponente argentino que lo hizo volar.
Aquellos 17 segundos, además, quizás fueron los más artísticos, líricos, musicales, escénicos, comentados y dramáticos del siglo XX. En ese infinitesimal tiempo se sucedieron las estaciones del día y la noche, el paso de los meses y los años, la hazaña y heroísmo de una derrota que se recordará por siempre:
-Las personas de primera fila ayudaron a Dempsey para que volviera al ring- recordaría después el boxeador argentino-. La muchedumbre no deseaba que un sudamericano se llevara el título... Dempsey me dijo posteriormente que estaba tan groggy que no sabía lo que estaba pasando; yo pensé que la pelea había terminado.
Y agregó, a modo de detalle y sin soberbia: “Lo alcancé primero con una izquierda, que los fanáticos llaman “patada de mula”. Dempsey pasó por encima de las cuerdas y cayó en la primera fila. La muchedumbre saltó de celos y el estadio crujió”.
Ese lapso minúsculo y heroico quedó grabado a fuego en la memoria de la humanidad y del deporte de los puños, a la manera de un verso que sale de un cancionero para morar en la imaginación de todas las generaciones venideras:
- Lo único que recuerdo es el griterío de la gente y mi afán por coger la cuerda inferior del cuadrilátero, mientras la impresionante estampa de Firpo se perfilaba contra las luces- describiría la épica escena el mismo Jack Dempsey.
El extraordinario Campeón debió perder reglamentariamente ese pleito.
La parcial desaplicación arbitral de Johnny Gallagher se lo impidió, y esperó su vuelta al encordado como un padre aguardaría serenamente el regreso de su hijo pródigo.
Para aplacar la injusticia, semanas después fue suspendido de su calidad de juez y abandonado por los patriarcas del boxeo: terminó por suicidarse en circunstancias jamás esclarecidas.
Una vez finalizada la contienda, el que menos celebró fue Dempsey. Se notaba en su rostro la incomodidad, el fastidio, la pública vergüenza y la humillación.
Sabía que vendrían días de escarnios. De sátiras humorísticas por su ampulosa caída y de críticas por la descarada colaboración que lo benefició.
No se cansó de saludar y reconocer en su oponente la hidalguía que no había presenciado en otros púgiles.
- Cuando acabó la lucha, en mi cabina, mientras limpiaba la sangre de un ojo, sentí una lágrima en el otro... Es la única lágrima que he derramado desde que me hice hombre- señaló Firpo.
Jack Dempsey mantuvo viva en el corazón esa trompada que lo hizo volar y los flashes fotográficos que lo inmortalizaron desparramado, con la cabeza en dirección al piso, las piernas colgando torpemente entre las cuerdas y, sobre todo, retenía en los oídos la exclamación de la multitud, que no podía creer que su Campeón favorito, de piel blanca, invencible, fuera impulsado hasta las rodillas y las máquinas de los reporteros por una potente mano que jamás olvidaría:
- Los golpes de Firpo fueron los más duros que recibí en mi vida –fue capaz de reconocer ante la prensa.
Acto seguido, añadió. “Mis recuerdos de la pelea son imprecisos. Combatí sumido en una bruma. Peleaba defensivamente. Me parecía que el cuadrilátero estaba lleno de “Firpos” y que el aire estaba colmado de guantes...”.
Luis Ángel Firpo, un varón imponente, de modales tranquilos y rodeados de un aire provinciano, contestó genialmente a esa afirmación del Campeón:
-Dempsey dice que veía muchos “Firpos” en el ring, pero yo quisiera saber cómo era yo el único a quien le pegaba...
La bravura del argentino le valió el apodo de “El toro salvaje de las pampas”. El Gráfico escribió: “Nunca un triunfo nacional llenó de tanto orgullo a los argentinos como aquella derrota”.
En efecto, previo a esa pelea, él se fracturó el brazo izquierdo, que mantuvo dolorido, hinchado, bajo el cuidado de unas vendas, las cuales se quitó horas antes de la trascendental pelea. Quería dar batalla aún en desventaja y no perder la posibilidad de conseguir la primera corona mundial para su país.
El match fue rotulado como “La pelea del siglo”.
Entre las ochenta mil personas que asistieron, estaba el Presidente Theodore Roosevelt y el famoso periodista Joseph Pulitzer, quienes vieron caer a Firpo siete veces y las siete veces levantarse con hambre de gloria, sin importarle que mientras se incorporaba, pegado a su sombra, su rival lo esperaba sin conceder siquiera un instante de descanso natural para continuar la brega: “el segundo round lo recuerdo mejor –indicó Dempsey-. Creí que eso no iba a terminar nunca si Firpo se iba a continuar levantando con idéntica obstinación cada vez que lo derribara... Cuando ya no hubo duda que no se volvería a poner de pie, me sentí un tanto sorprendido que por fin hubiera acabado todo...”, concluyó.
El encuentro entre los dos titanes generó una expectación nunca vista en Argentina, donde el boxeo se hallaba prohibido. La gente siguió los pormenores del pleito a través de la radiodifusión. Cuando Firpo tumbó a Dempsey, y éste no regresó en el conteo establecido de diez segundos, la celebración multitudinaria comenzó a plena algarabía.
Sin embargo, casi de inmediato tomarían razón que el ídolo local perdió por K.O, hecho que desencadenó la furia social y el anhelo de romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos por el fraude pugilístico.
En medio del caos que generó la noticia, el locutor de Radio Sud América, asentado en directo en el lugar del combate, haciendo gala de su entendible cólera, vociferó a los cuatro continentes por la estafa y espetó una patriótica frase:
-¡Luis Ángel Firpo, el futuro Campeón Mundial de Todos los Pesos, perdió por nocaut en el segundo round!-. Con esas esperanzadoras palabras tranquilizó la furia de sus partidarios.
Jack Dempsey nunca le otorgaría la revancha. Claramente temía a la fuerza descomunal del nacido en Junín. Lo evitó como lo hacía con varios boxeadores negros, que permanentemente lo desafiaban a exponer su título.
“El Toro Salvaje de las Pampas”, tampoco imaginó que el desenlace del pleito lo convertiría en leyenda y en un ícono deportivo a imitar. Se le considera el Padre del Boxeo Argentino.
Su popularidad de superhombre traspasó fronteras y desencadenó una sucesión de hechos que sólo una hazaña fuera de lo común genera.
Un equipo de fútbol de El Salvador tomó su nombre para rebautizarlo como Luis ángel Firpo. El general Juan Domingo Perón le solicitó sus célebres guantes y recibió la Medalla de la Lealtad Peronista.
Llegaron buenos contratos. Invirtió sus ganancias en negocios rentables. Adquirió una hacienda de setecientas hectáreas en Ameghino, donde pernoctaron los duques de Windsor y de Kent. Abrió locales comerciales en el Barrio Norte y Recoleta, que eran frecuentados diariamente por una florida corriente de simpatizantes. Y, cómo no, compartió veladas con Carlos Gardel, su cantante preferido.
Las autoridades determinaron que, en honor a su combate con Dempsey, se levantara la prohibición de practicar el boxeo en Argentina. Firpo recibió la Licencia Número Uno.
Atrás había quedado aquel debut contra el uruguayo Ángel Rodríguez, que presenció Carlos Gardel (ocasión en que perdió por nocaut) y ese pasado humilde, donde levantaba ladrillos en su tierra natal, sin vislumbrar por entonces un horizonte distante de las necesidades que laceraban.
La fama le llegó acompañada de un bienestar económico, que supo administrar y sostener con especial habilidad.
Su gesta boxística recibió posteriormente el máximo reconocimiento del gobierno de la época, que decretó que cada 14 de septiembre se celebre “El Día del Boxeador”.
Las huellas homéricas de “El Toro Salvaje de las Pampas” siguen vivas, alumbrando el camino valiente de muchísimos Campeones del Mundo que llegarían más tarde para Argentina: levantarían sus manos triunfantes en recuerdo de aquel gigante que comenzó con el sueño de conquistar un cinturón universal en el país del dólar, de la mafia y con todo un estadio en contra.
La historia lo evoca como un boxeador singular, que a base de estoicismo y coraje sacó del ring a uno de los mejores Campeones de los Pesos Pesados de la historia, ante los ojos absortos del mundo y promotores mañosos que no consentirían una derrota innoble de Jack Dempsey, un ídolo mimado de la oligarquía blanca.


(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

relato autorizado por Reinaldo Edmundo Marchant para su publicación en la revista Archivos del Sur.
*Los 17 segundos que estremecieron al mundo está incluido en el libro de relatos ¡Viva Carnera! publicado por Ediciones Subterranis

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