sábado, 9 de diciembre de 2017

Campeona por cuenta propia - José Respaldiza Rojas

                 

Entrabas al salón oliendo a recién bañadita, era la época en que Lima crecía con una hidrocefalia geográfica, en dónde muchos distritos y barrios compraban el agua en cilindros, donde camiones aguateros vendían el cilindro a cinco soles y tú te las ingeniabas para tener con qué asearte. Pasar por el lado de tu carpeta era recoger el aroma del jabón de pepita, jabón del pueblo, la pobreza no es ajena a la limpieza.
Eras alegre, comedida, vivaracha, atenta a las clases, pero tu pasión estaba concentrada en conocer más recetas de comida, cómo hacer agradable la papa, cómo mejorar la presentación de la sangrecita de pollo, baratísima, que compraban en el mercadito de la localidad. Margarita, discúlpame que solo recuerde tu nombre y tu olor a buen hábito de higiene, es que he tenido tantos alumnos como piedritas tiene el arenal donde se asienta el colegio de Villa María del. Triunfo.
Recién egresado y con mis veintitrés juveniles años entré de frente a enseñar en la Universidad de Huamanga, pero ese sueño me duró apenas un año, y de allí pasé a un colegio de educación primaria en Villa María del Triunfo, cuando aún la ciudad bullía por seguir su expansión, en las afueras de Lima, esa fue mi suerte, pues allí te conocí. Por cierto que también me encontré con muchos egresados de la Escuela Normal Superior, hoy convertida en Universidad; el director era Brígido Varillas Gallardo, egresado del Instituto Pedagógico. Estaba igualmente Agustín Salvá Pando, compañero de mi promoción, Zózimo Pahuacho Briceño, procedente de muchas promociones anteriores, todos ellos podrán testificar de tu presencia.
Caminabas tempranito por el arenal para llegar en punto a la hora de ingreso y no perderte ni una clase.
Al año siguiente pasé a otra universidad y así pasó el tiempo. En mis ajetreos por conseguir que mi sueldo abasteciera la canasta familiar te volví a ver en el mercado de La Parada, a un costado de la sección mayorista. Fuiste tú quien me reconoció y me pasó la voz:

-Profesor, cómpreme anticuchos, tres palos por un sol cincuenta.
-No, no gracias – contesté tajante, preocupado en mis compras.
-No se acuerda de mi, profesor.

Al voltear mi cabeza me di con una muchacha de unos veintitantos años. Te miré atento y te pregunté:

-¿Quién eres?
-Soy Margarita, su alumna en Villa María del Triunfo.
-Cómo te voy a reconocer si has crecido y ya eres una mujer, con tu pelo y tu lana.
-Siempre con su chispa profesor, mi lana la llevo con mucho orgullo.
-¿De dónde eres?

                                                                                                                                         
-De Huancayo.
-Ya me enamoraste, dame tres palos, calientitos.
-¿Le pongo ají?
-No, así nomás.
-¿Y usted de dónde es?
-Soy limeño, nací en los Barrios Altos.
-Limeño y no come ají, eso sabe mal.

Como estaba apurado, terminé rápido de comer, le pagué y me fui a continuar mis compras. Ir para adquirir víveres en La Parada me lo enseñó el señor Durán, esposo de la señora Judy Barreto, la primera mujer bombero que hemos tenido. Se debía ir cada quincena, de preferencia a media mañana y por eso regresé a fin de mes, pero esta vez con la clara intención  de ver y hablar con Margarita.
Estabas junto a su carretilla avivando el fuego con un abanico de paja. Apenas un palmo más alta que el común de las mujeres, aunque algo gordita conservaba una atractiva figura que la hacía un poco coqueta. De dos trenzas pelo negro que caían a cada costado de sus  senos, algo abundantes. Piel de un color cobrizo claro se dejaba ver en su cara y en lo visible de un atrevido escote. Lucías un rostro simpático, sin usar ningún tipo de maquillaje, el timbre de tu voz tenía un inocente imán que atraía a los clientes. Tus labios mostraban una cándida sonrisa convincente.

-Hola Margaracha ¿cómo estás?
-Bien nomás, profesor.
-¿Te casaste?
-No, sigo aún soltera, pero con un autogol.
-¿Cómo es eso?
-Es que me enamoré de un estudiante de ingeniería y a la hora de los loros, se echó para atrás.
-¿Y el autogol?
-Se quedó en casa con mi hermana menor, ya tiene cinco años.
-Cuanto lo siento, pero tienes toda una vida por delante.

Me contó que al fallecer su padre se sintió, obligada a trabajar. Como juntaba recetas notó que con poco capital se podía vender anticuchos, se requería vinagre, que era barato; ajos, pimienta y sal, ingredientes también baratos.  Lo relativamente caro eran los corazones, pero sabiéndolos trozar, rendían bastante. Los palitos eran baratos así como el carbón. Si se quedaban trozos sin vender, al día siguiente servían para el almuerzo. Todo era ganancia y dependía de conseguirse una gran clientela. Ahora atendían en dos lugares distintos, ella y otra de sus hermanas.

-Margarita ¿no tuviste problemas con la venta?
-Yo pago, al municipio, aquí está mi boleto, comprobante de hoy. Pago diario.
-No es eso, yo me refiero que las anticucheras siempre han sido gente morena.
-Mis clientes están satisfechos con la sazón de mis anticuchos. Ellos comen mis anticuchos, no me comen a mí.


Iba a contestar pero preferí guardar silencio y seguir mascando los pedacitos de corazón del último palo. Pagué y me despedí de ella.
El tiempo sigue su curso. La dictadura del ochenio llega a su fin, sube Manuel Prado, se aviva la corriente nacionalista que reivindica para el Perú el usufructo del petróleo de la Brea y Pariñas, ilegalmente en manos de la IPC, una empresa norteamericana. Se destaca la participación del General César Pando Egúsquiza, del Dr. Alberto Ruiz Eldredge, de Alfonso Benavides Correa, del Dr. Alfonso Montesinos, del diario El Comercio; se editan       libros y artículos periodísticos en  pro de dicha tesis.
Sube el arquitecto Fernando Belaunde Terry y cuando se iba a firmar un nuevo convenio para la tenencia petrolera desaparece la página once del Acta de Talara, factor desencadenante para que, en 1968 el General Juan Velasco Alvarado lo derroque y sea Presidente en nombre del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Se nacionaliza el petróleo, se implementa la Reforma Agraria y otras medidas socio económicas. Por ejemplo, el Ministerio de Agricultura, en camiones del Ejército van hasta las parcelas campesinas comprándoles sus cosechas de papa con un pago justo, pero, siempre salta algún pero, no tienen la infraestructura de venta y sus depósitos se ven abarrotados. Se nota a las claras que no pueden vender las toneladas de papas que cada día ingresan a la capital y como al día siguiente entran otras toneladas más, los remanentes se van acumulando. Quisieron exportar papa, mas el gobierno era visto como un leproso, todos se excusaban aduciendo un sin número de problemas. Nadie se atrevía a negociar con militares tildados de rojos.
Una mañana de 1970, muy temprano me levanté para ir rápido a comprar el pan y un cuarto de jamón del país, de paso adquirí un diario. Mientras tomaba mi desayuno leí a la volada las noticias y me di con la sorpresa que habían llegado a un acuerdo con la reina de la papa para comercializar ese producto, la sorpresa era que mostraban la foto de esa reina y esa reina era precisamente Margarita. Me vinieron muchas preguntas a la cabeza: ¿Cómo pasó de anticuchera a papera? ¿Puede haber una reina de la papa? ¿Cómo una humilde persona sin título universitario puede tratar de igual a igual con un gobierno revolucionario? Al terminar caminé hacia mi movilidad para partir rumbo a mi centro laboral.

Ese fin de semana fui a La Parada y busqué a Margarita. Serían más o menos las diez de la mañana, allí estaba ella, sentada tomando un té caliente yapado con su yonque. Ahora se mostraba con unos kilos de más y por algún costado se escapaban una o dos indiscretas canas,  los años no pasan en vano. Su mirada era más ejecutiva y junto a ella uno se sentía seguro pues irradiaba confianza. Los camiones repletos llegan de madrugada y a esa hora hay que recibirlos. A media mañana como que provoca calentar el cuerpo, se toma un te calientito. Me acerco y le digo:

-Buen día, Margarita.
-Profesor, buenos días ¿qué milagro lo vuelvo a ver?


                                                                                                                                             
Esa respuesta fue suficiente para que dos fornidos individuos se retiraran a una distancia prudente, era sus vigilantes. Es que aquí la compra/venta se hace plata en mano, se paga al contado, no hay tarjetas de crédito, débito y otras mojigangas, todo es como dice el refrán: plata en mano, chivato en pampa.

-Trae otra taza con té para el profesor.
-Sale y vale, con medio limón, por favor – dije.

Conversamos en forma amena y me contó que un asiduo cliente la enamoró y luego de un tiempo le propuso matrimonio, así ingresó al mundo de La Parada, como esposa de un mayorista comercializador de papa. Como tenía buena memoria retuvo el nombre de los diversos tipos de papa, dónde se producían, cuándo se cosechaban, qué cantidad lograrían ese año. Después memorizó el nombre de los Prefectos y Subprefectos, sus fechas de cumpleaños, pues ellos ayudarían a resolver los problemas cuando estos se presentasen.

-¿Cómo te hiciste la reina de la papa?
-Al poco tiempo enviudé y me hice cargo de todo el negocio. Yo soy mayorista, especializada en papa, lo de reina me lo ponen los periódicos.
-Pero, te agrada que te pongan como reina.
-Claro y no niegue que a usted también le gustaría ser rey. 

Por ella me enteré que el gobierno no lograba vender las papas con la celeridad con la que les compraba a los campesinos y a las cooperativas, y por eso negociaron un acuerdo para que ella dejara de comercializarlos durante un día y así en gobierno llevaría a los mercados su stock acumulado, ¿A cambio de qué? Eso no me lo quiso decir. De pronto se puso en pie y me dijo:

-Espéreme un momentito, profesor.

Un camión cargado hasta el tope acababa de ingresar. Ella se acercó y conversó con un señor que viajaba al lado del chofer. No se podía escuchar lo que decían, pero al cabo de un momento ella metió su mano en un imperceptible bolsillo, sacó gran número de billetes, contó una cantidad que luego se la dio a ese señor. Se despidieron y ellos empezaron a descargar los sacos con papas. Margarita volvió a su asiento.

-¿Cómo sabes lo que debes pagar? No te he visto pesar la carga.
-Los años de experiencia, por el tamaño del camión y la variedad de papa, basta para saber cuánto debo pagar. Aquí no hay tiempo que perder.

También me contó que la mantenían informada de las heladas, los huaycos y otros desastres que hacen variar el precio. Supe que ella tenía lugares de almacenaje en las afueras de Lima y cuando el precio bajaba demasiado por una sobre producción, ella impedía que esos camiones descargaran en La Parada.




-Margarita ¿te han invitado alguna vez el CADE?
-¿Qué es CADE? – me repreguntó.
-Olvida ese nombre ¿De alguna universidad te han invitado para que cuentes tus experiencias?
-No, nunca me han invitado y la única universidad que conozco es la universidad de la vida.

Le agradecí el medio costal de papas que me regaló y me despedí pensando por qué a una mujer emprendedora como Margarita no se le reconoce los méritos de su trabajo ¿El Club Nacional la recibiría como socia? ¿Sería todo igual si ella tuviera pelo rubio, ojos azules y se llamase Margaret? Si fuera así no estaría en La Parada. Entonces ¿quién vendería las papas?  Mejor no sigo pensando porque es para llorar. Las cosas son como son y no como quisiera que fueran.

Dice la Constitución que todos somos iguales frente a la ley, eso está claro, frente a la ley, pero no frente a la realidad objetiva ¿Quién recuerda a esa empresaria, no de momento sino de toda una vida? ¿Recibió alguna distinción? Simplemente nuestra organización social desdeña a las mujeres, aun a las exitosas, a las que mueven millones mensuales, pero no viven en Las Casuarinas; a las que no salen en las páginas sociales de los diarios.
Margarita, yo te reivindico, no importa que yo también forme parte del ejército de los ninguneados. El placer y el honor de haber sido tu profesor es algo que luzco con orgullo.
Cuando la adversidad me muestra su fiero rostro me acuerdo de ti, de tus alzas y bajas, de tus alegrías y tus llantos y de las alegres a más de jocosas notas del Tuws a la Pajuelana que nos proporcionan gran jolgorio y mucha chunga:

Que buenas son las papas,
con poco, poco, poco de tomate,
que buenas son las papas,
con poco, poco, poco de picante,
que buenas son,
               las papas si,
               después de trabajar.

Pero quedo yo preso
por culpa del sargento
que tiene mas narices
que el propio capitán.
las papas con tomate,
las papas con picante
y el cura sacristán.


Hoy que el mercado de La Parada dejó de existir se vinieron a la memoria muchas vivencias relacionadas con ese mercado, una de las cuales es este relato.

(c) José Respaldiza Rojas
Lima
Perú


José Respaldiza Rojas (Lima, 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Lamento por Manuel Araya* - Reinaldo Edmundo Marchant


Reinaldo Edmundo Marchant 


       La cara del formidable arquero Manuel el Loco Araya  recordaba indefectiblemente a los grandes poetas malditos. Alguien que ignore que fue futbolista, al encontrarlo a quemarropa, de inmediato pensaría que resucitó Edgar Allan Poe, Arthur Rimbaud  o  Paul Verlaine,  sin sospechar  que  tenía al frente a  un excéntrico guardameta, que moraba  bajo tres largueros, lugar predilecto para contemplar los movimientos de los atletas, meditar sobre las desdichas, escuchar el vocerío que bajaba de las gradas y observar el ímpetu que ponía  un  niño  al agitar la  bandera de su club preferido, gritando a plena máquina de pulmón :

           -¡Loco eres mi ídolo!

A nadie le importaba  el vocerío del menor: los arqueros no nacen para ser aplaudidos. Nunca se convierten en figuras a seguir. Están  para contener la desgracia de un gol, esa ignominia que los deja de rodillas o masticando el sabor amargo de la burla. En las estadísticas resaltan quienes se movieron por el campo de juego y marcan una diana incluso de rebote. El arco será siempre un lugar de fusilamiento donde se deja de respirar antes de morir.  Ahí la muerte golpea dos veces. Y cuando lo hace en plena vida, ¡es un tormento que deambula acompañado de la infamia!
El Loco no sólo adivinó prontamente esa ingratitud a que se exponen los atajadores de balones, sino al fastidio insoportable de permanecer en aquel espacio deshabitado, abandonado casi, al fondo de la cueva, zona de peligro que muchos la evitan porque es una  geografía maldita sin clemencia al error: una mala salida, el torpe cálculo de un brinco, trae las penas del infierno (que lo diga el mundialista del Maracaná de 1950, Moacir Barbosa).
¡Todos los arqueros son un poco Moacir Barbosa!
Quizás por ello Manuel Araya se hizo distinto: luego de los partidos, en una tina con agua tibia, cual monje tibetano meditaba en una abstracción absoluta, sea para relajar los músculos, disminuir el cansancio, o para elucubrar en ese vacío vital que ineludiblemente venía junto al pitazo del árbitro.
Sabía que las derrotas son de los goleros y los triunfos de los atacantes; que  los atajadores viven entre la condenación y un fugaz paraíso, ¡y pagan por delitos que nunca  cometieron!
Salir del estadio a la calle debe ser uno de los productores de cambios mentales más extremos que  experimenta un jugador de fútbol. De cada cotejo el Loco no se llevaba nada, ni la volada de extremo a extremo, ni el aliento de la galería, ni la alegría de la bandita de músicos, menos el grito sincero de un niño aclamándolo de ídolo…
Su condición de enigmático sobresaltaba a los integrantes del equipo, no a los dirigentes, quienes nunca se ocuparon que sus extrañezas necesitaban una terapia efectiva, que lo ayudara en las obsesiones que secretamente lo iban arrinconando hasta el límite de una cancha y, lo peor, de las perversas costumbres de la vida, que lentamente carcomían como termitas esa energía para seguir adelante.
Conocía en carne viva que lo peor para un futbolista viene después de cada partido. En ese momento cuando el estadio queda en silencio. Se apagan las luces. Y el viento arrastra los desperdicios acumulados en la popular. En la victoria, o en la derrota infame, florecen fantasmas recordando que la existencia no es una fiesta del todo colorida. Tampoco es un permanente  partido de fútbol aclamado por miles de gargantas. Manuel Araya fue experimentando ese dardo infame cuando marchaba de regreso a la soledad ahora de su casa. Donde había que correr muebles.  Preparar comida. Extender la ropa de la litera. Abrir las despensas. Sentir el silencio que brota de la quietud.  Y, sobre todo, no escuchar el dulce vocerío de sus hijos en la pieza contigua.
Las circunstancias espinosas de su puesto lo encaminaron a buscar diversión. Arriba, o en el mediocampo, sus compañeros podían celebrar cada conquista, se abrazaban, gritaban, alzaban los brazos en gratitud, ¡quedaban en estadísticas históricas!, mientras él, manos en la cintura, ni siquiera intentaba participar de aquel festival que ocurría distante del lugar que protegía.
Ante semejante desamparo, ideó una alternativa de celebración abrazándose con el madero del arco. O con un amigo imaginario. Era un desahogo de angustia. No de placer. Sólo para aplacar el abandono. Pero al fin, era algo.

   -¡Grande, ídolo! –gritaba el niño de las gradas.

Entonces comenzó a entrar a la cancha comiendo una fruta o un pedazo de pan, como diciendo al público: “ustedes vienen a ver un espectáculo  y el actor central soy yo”.  Cuando la contienda invitaba a una siesta, trepaba a sentarse al travesaño  o se balanceaba como chimpancé.  Piropeaba a alguna dama ubicada en la tribuna. Jugaba con los pies fuera del área,  dribleaba rivales a la manera de René Higuitas o el argentino Hugo Orlando Gatti.
Sostenía entretenidas  conversaciones con el público, denigrando a sus rivales, “el nueve es malo, no la emboca ni a su señora”. O cuando apañaba en lo alto un balón, fastidiaba diciendo que “tomó un conejito…”.
Se convirtió en una diversión única. Especial. Sabía que luego del silbatazo final llegaría ese vacío existencial. Un hastío que lo llenaba de sudoración.  Y lo hundía de las crines a una hoguera que cada vez era más ardiente.
Lo que hacía el Loco Araya en la guarida, era una fascinación a los ojos y al corazón del respetable que llenaba los estadios, atajando los penales de espalda,  ingresando al estadio vestido de árabe… Cuando se aproximaba un ataque interesante, se colgaba del madero y saltaba ágilmente para atrapar  un centro, demostrando una temeraria seguridad que en la caminata diaria siempre perdía por una razón inexplicable.
Un par de veces le asestaron  sendos  goles de  media cancha. O corrió alocadamente a interceptar un balón lejos de su hábitat, llegando a destiempo,  “comiéndose” tantos evitables. No decaía. Estoico resistía las críticas. Eran los riesgos inherentes a su aventurera manera de atajar. No quería emular a ningún otro golero. Eran los demás quienes debían imitarlo a él… Curioso, toda esta potente energía mental más tarde no lo ayudaría a impedir ese balazo  final que acabó con su vida.
Sin embargo, con ese estilo original mantuvo la valla invicta  por más de 510 minutos en el fútbol profesional. Una proeza.
Seguro de sí, cuando había un reputado lanzador de tiros libres, simplemente pedía a los defensas que no hicieran barrera, lo tomaba como un asunto personal, de caballeros que se enfrentan a tiros no por un pleito de  amor o por un  millonario patrimonio hereditario: el Loco Araya lo hacía por dignidad. Para no sentirse solo nunca. Y ser, al menos, protagonista  un par de minutos.
Dotado de especiales reflejos, una personalidad única y despierta dentro de la cancha, era, por el contrario, peligrosamente  introvertido fuera de ella. Dejaba entrever que la pasión por la vida la encontraba en el aislamiento de los tres palos. Lo que venía después, eran sombras. 
Sombras peligrosas que  caminaban más ligeros que él y que no podía atajar con ambas manos.
Ubicado en el área chica,  podía pasear libre.  Monologar. Imaginar que sí la vida tenía sus encantos. Que, en espacios reducidos, emanaba un pequeño manantial donde esas desesperanzas que laceraban sus pensamientos eran espantados por ángeles maravillosos. Poco importaba el resultado. Hasta los rivales sabían a buenos  amigos. Sin duda esos gritos y dibujos de jugadas  lo sacaban un par de horas de esa cueva que cuidaba en una  bastarda incomunicación.
Le gustaba reír espontáneamente y hacer reír a los demás. Por ello aceptaba el desafío de  disfrazarse con una camisa de fuerza de loco y una gorra de manicomio, aunque su sueño máximo era entrar al Estadio Nacional en un helicóptero.  No hubo patrocinador para emprender semejante fantasía.
El hincha lo tenía por hábil. Locuaz. Inteligente. Creativo. La dificultad venía cuando dejaba el camarín y regresaba a casa...  Las  avenidas solitarias siempre son difíciles de transitar y de digerir. Mucho más para él, un proclive  declarado a la melancolía.
Ahí los paisajes cambiaban de color. Había muchedumbre, no hinchas; se desplazaban  presurosos transeúntes, no futbolistas. ¡Todo olía a orfandad!
Un paisaje ennegrecido y salvaje se apoderaba de su mente, hacía brotar pensamientos sombríos que desordenaban esas ideas que tan claramente mantenía cuando el balón se echaba a rodar por el césped.
Manuel Araya, uno de los mejores goleros en la historia de Chile, amaba al amigo excéntrico que debió buscar para refugiarse en sí. Sin él no hubiera jugado fútbol ni resistido todo el pesar del mundo, que de tanto en vez lo desmoronaba igual que un cerro humedecido por la lluvia salvaje.
Se negaba a seguir reglas y normas. Ya tenía bastante con el rígido  itinerario de la vida cotidiana y doméstica.
Pudo jugar de titular en la Selección Nacional: renunció a ella. El  director técnico de turno no le permitió mantener  el cabello largo y atajar “a su manera”, casi sin utilizar las manos, saliendo con el balón pegado en los pies, echar a correr por la orilla dejando rivales en el suelo, y regresar  al arco desde la mitad de la cancha, saludando con manos en  alza al delirante público que colmaban las galerías y a aquel niño que lo seguía donde jugara su club.
Ese entrenador no sabía que a veces se ama al fútbol por personajes singulares que divierten a la parcialidad: el Loco Araya era uno de ellos.
Quienes compartieron cancha y campeonatos con el singular arquero, tenían certeza que sus dificultades llegarían cuando se quedara sin club, y no retornara a un camarín y al rinconcito bajo los tres palos. En ese momento se quedaría sin compañía y su mejor amigo, la pelota.
El fútbol era su familia. La cancha, su vida. ¡Siempre temió perder esos luminosos senderos que lo mantenían a pie firme en el universo!
Los compañeros de equipo sabían que la alegría de su vida, el desarrollo de su talento, se hallaba cuando se disfrazaba, calzaba las botas, ponía la vestimenta negra, olía la sagrada fragancia del pasto húmedo por el rocío y daba rienda suelta a  su actuación recorriendo libremente el territorio donde las penas no lo alcanzaban aun con goles en contra.
Cuando aquel ese sentido esencial se esfumó, apareció un fantasma que ronda a los hombres solitarios: el pálido espejismo de los pensamientos.
Se dio cuenta que  mientras están los tiempos de bonanza, nadie se aleja, todos beben del maná y acarician el pasajero éxito. Pero luego, cuando concluyen las portadas de tapa de algún tabloide, a quienes amaba con la sinceridad del  mocito que había en él, comprobaba esa desilusión que se marchaba sin retorno en busca de otro bufón.
Todavía joven, en el mes de julio de 1994, el prodigioso golero nacional lucía exhausto, parecía venir de una guerra fratricida. El amor por sus hijos que residían en Italia, esa lejanía lacerante, la terrible separación con la mujer que  extrañaba, lo fueron hundiendo en una peligrosa desolación: quiso acabar prontamente con la película que le tocó asistir, bajar el telón sin despedirse de la audiencia, entonces tomó la pistola   calibre 38 y bastó gatillar un disparo para finalizar con el peor partido  que enfrentó, la vida.
Cuando recibí la noticia de su deceso, recordé aquella la primera vez que fui al estadio y lo vi jugar. Fue en la liguilla que definía al campeón de 1970. Me llevó un dirigente del club donde jugaba. Había jornada doble, Unión Española versus Lota Schwager,  y ColoColo versus Universidad de Chile. En mi corta vida no había escuchado tantos garabatos (¡puta que es hueón Leonel!, ¡Loco culiao!, ¡Quintano maricón!). Tampoco, había visto costumbres populares, el “sanguches de potito” malolientes, tomar cervezas en grandes cantidades y un hecho que no imaginé nunca: la gente, al ver ocupado todos los baños, usaban las paredes del Estadio como urinario. En realidad ¡no sabía nada de la vida!
Recuerdo el triunfo de Unión Española y en el partido de fondo ColoColo derrotó 2 a 1 a la Universidad de Chile. Era notorio que la barra de ColoColo se ponía detrás del marcador.
El mayor espectáculo de los dos pleitos  para mi infantil visión no eran los errores del ya veterano Leonel Sánchez, ni la habilidad del brasileño Edson  Beiruth, tampoco los espectaculares tiros de media distancia de Francisco “Chamaco” Valdés, entonces prestado a la Unión Española.  Lo que más me llamó la atención fue la particular manera de atajar de Manuel Araya, el Loco. Cada atajada venía acompañada de dos o tres pasos asimilables a un baile. Generaba risas, e insultos. La barra de ColoColo lo garabateaba, o se mofaba.  Él no se inmutaba.   Al contrario, se agrandaba en personalidad. En una espectacular salida, donde levanta y salva la pelota sobre el travesaño, recibe los ya endémicos insultos, luego de su baile. No pude aguantarme y con mi chillona voz infantil grité: ¡Bien, Loquito!, vi o creí ver (eso no importa) a  Araya darse vuelta para mirarme a manera de sorpresa.
Luego de esa jornada, se me acentuó la pasión por dibujar jugadores basándome en fotos de los Barrabases, Estadio o suplementos deportivos que se juntaban en casa. Recortaba  fotos de futbolistas, que pegaba y acumulaba en un cuaderno. En la pared de mi pieza lucía la imponente figura de Manuel Araya, con su rostro más de poeta y pensador que de futbolista.
La pureza infantil del corazón admira e idealiza. Al Loco Araya lo admiré e idealicé a partir de ese momento. El hecho de no verlo no fue problema para mí. Por mi casa pasaba un joven de pelo largo al que le preguntaba si era el Loco Araya… Por supuesto que me respondió que sí. Cada vez que pasaba por el antejardín  lo molestaba con mis preguntas o lo retaba si había jugado mal. Eso se lo debía mucho a la sagrada escucha radial dominical de los partidos. No sé cómo me aguantó tanta molestia. Tal vez le gustaba escucharme.
El tiempo pasa, el corazón deja de ser puro, y se va la bendita ingenuidad. Pasado el tiempo, marcaba fijo en la Polla Gol de 1978 el triunfo de Palestino. Un equipo inolvidable. Lo vi jugar con otra visión en los años ochenta. Qué terrible era ir al estadio sabiendo que la juventud de uno se jugaba en tres frentes exigentes: el personal, los estudios y la convicción que se hacía al arriesgar la vida por el fin de la opresión que había en esa época.
Hasta que me enteré de la  trágica muerte de Manuel Araya.  La noticia me remeció,  y por segundos me puse en el lugar de ese niño de diez años  que nunca más volverá y  esa inolvidable tarde en que disfruté con las creativas atajadas de él. Entonces lloré.
Lloré como seguramente el Loco lloró antes de jalar el arma que lo sacaría  para siempre de aquella la segunda muerte que tienen los arqueros: la definitiva y final.

(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

*el cuento Lamento por Manuel Araya está incluido en el libro La historia de Afanoso Rodrigues del mismo autor







 

martes, 12 de septiembre de 2017

Los 17 segundos que estremecieron al mundo* -Reinaldo Edmundo Marchant



Reinaldo Edmundo Marchant 

Aquel fue un golpe de mula memorable que quedó registrado en la historia universal del boxeo como uno de los más notables que ha percutido un púgil. Los miles de aficionados que colmaban el recinto, se levantaron atónitos de sus asientos cuando vieron cómo el proverbial Campeón Jack Dempsey salió disparado entre las cuerdas y cayó fuera del ring, mientras su contendor Luis Ángel Firpo daba por terminaba la pelea por nocaut.
Los célebres instantes conmovieron a la afición de todo el mundo. La probable derrota estaba poniendo lápida a la maravillosa carrera pugilística de “El Matador de Manassa”, uno de los mayores representantes de la categoría máxima en más de un siglo.
Sin embargo, una tramposa decisión técnica le impidió a Firpo convertirse en Campeón Mundial de los Pesos Pesados aquel 14 de septiembre de 1923, luego de un combate dramático que duró apenas dos rounds, registró nueve caídas, y lanzó fuera del cuadrilátero, con un violento martillazo al mentón, a un Dempsey totalmente lastimado, aturdido, el cual con la complicidad del árbitro y socorrido por el público regresó al tinglado 17 segundos después, permitiendo su recuperación y así noquear en el asalto siguiente al indomable oponente argentino que lo hizo volar.
Aquellos 17 segundos, además, quizás fueron los más artísticos, líricos, musicales, escénicos, comentados y dramáticos del siglo XX. En ese infinitesimal tiempo se sucedieron las estaciones del día y la noche, el paso de los meses y los años, la hazaña y heroísmo de una derrota que se recordará por siempre:
-Las personas de primera fila ayudaron a Dempsey para que volviera al ring- recordaría después el boxeador argentino-. La muchedumbre no deseaba que un sudamericano se llevara el título... Dempsey me dijo posteriormente que estaba tan groggy que no sabía lo que estaba pasando; yo pensé que la pelea había terminado.
Y agregó, a modo de detalle y sin soberbia: “Lo alcancé primero con una izquierda, que los fanáticos llaman “patada de mula”. Dempsey pasó por encima de las cuerdas y cayó en la primera fila. La muchedumbre saltó de celos y el estadio crujió”.
Ese lapso minúsculo y heroico quedó grabado a fuego en la memoria de la humanidad y del deporte de los puños, a la manera de un verso que sale de un cancionero para morar en la imaginación de todas las generaciones venideras:
- Lo único que recuerdo es el griterío de la gente y mi afán por coger la cuerda inferior del cuadrilátero, mientras la impresionante estampa de Firpo se perfilaba contra las luces- describiría la épica escena el mismo Jack Dempsey.
El extraordinario Campeón debió perder reglamentariamente ese pleito.
La parcial desaplicación arbitral de Johnny Gallagher se lo impidió, y esperó su vuelta al encordado como un padre aguardaría serenamente el regreso de su hijo pródigo.
Para aplacar la injusticia, semanas después fue suspendido de su calidad de juez y abandonado por los patriarcas del boxeo: terminó por suicidarse en circunstancias jamás esclarecidas.
Una vez finalizada la contienda, el que menos celebró fue Dempsey. Se notaba en su rostro la incomodidad, el fastidio, la pública vergüenza y la humillación.
Sabía que vendrían días de escarnios. De sátiras humorísticas por su ampulosa caída y de críticas por la descarada colaboración que lo benefició.
No se cansó de saludar y reconocer en su oponente la hidalguía que no había presenciado en otros púgiles.
- Cuando acabó la lucha, en mi cabina, mientras limpiaba la sangre de un ojo, sentí una lágrima en el otro... Es la única lágrima que he derramado desde que me hice hombre- señaló Firpo.
Jack Dempsey mantuvo viva en el corazón esa trompada que lo hizo volar y los flashes fotográficos que lo inmortalizaron desparramado, con la cabeza en dirección al piso, las piernas colgando torpemente entre las cuerdas y, sobre todo, retenía en los oídos la exclamación de la multitud, que no podía creer que su Campeón favorito, de piel blanca, invencible, fuera impulsado hasta las rodillas y las máquinas de los reporteros por una potente mano que jamás olvidaría:
- Los golpes de Firpo fueron los más duros que recibí en mi vida –fue capaz de reconocer ante la prensa.
Acto seguido, añadió. “Mis recuerdos de la pelea son imprecisos. Combatí sumido en una bruma. Peleaba defensivamente. Me parecía que el cuadrilátero estaba lleno de “Firpos” y que el aire estaba colmado de guantes...”.
Luis Ángel Firpo, un varón imponente, de modales tranquilos y rodeados de un aire provinciano, contestó genialmente a esa afirmación del Campeón:
-Dempsey dice que veía muchos “Firpos” en el ring, pero yo quisiera saber cómo era yo el único a quien le pegaba...
La bravura del argentino le valió el apodo de “El toro salvaje de las pampas”. El Gráfico escribió: “Nunca un triunfo nacional llenó de tanto orgullo a los argentinos como aquella derrota”.
En efecto, previo a esa pelea, él se fracturó el brazo izquierdo, que mantuvo dolorido, hinchado, bajo el cuidado de unas vendas, las cuales se quitó horas antes de la trascendental pelea. Quería dar batalla aún en desventaja y no perder la posibilidad de conseguir la primera corona mundial para su país.
El match fue rotulado como “La pelea del siglo”.
Entre las ochenta mil personas que asistieron, estaba el Presidente Theodore Roosevelt y el famoso periodista Joseph Pulitzer, quienes vieron caer a Firpo siete veces y las siete veces levantarse con hambre de gloria, sin importarle que mientras se incorporaba, pegado a su sombra, su rival lo esperaba sin conceder siquiera un instante de descanso natural para continuar la brega: “el segundo round lo recuerdo mejor –indicó Dempsey-. Creí que eso no iba a terminar nunca si Firpo se iba a continuar levantando con idéntica obstinación cada vez que lo derribara... Cuando ya no hubo duda que no se volvería a poner de pie, me sentí un tanto sorprendido que por fin hubiera acabado todo...”, concluyó.
El encuentro entre los dos titanes generó una expectación nunca vista en Argentina, donde el boxeo se hallaba prohibido. La gente siguió los pormenores del pleito a través de la radiodifusión. Cuando Firpo tumbó a Dempsey, y éste no regresó en el conteo establecido de diez segundos, la celebración multitudinaria comenzó a plena algarabía.
Sin embargo, casi de inmediato tomarían razón que el ídolo local perdió por K.O, hecho que desencadenó la furia social y el anhelo de romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos por el fraude pugilístico.
En medio del caos que generó la noticia, el locutor de Radio Sud América, asentado en directo en el lugar del combate, haciendo gala de su entendible cólera, vociferó a los cuatro continentes por la estafa y espetó una patriótica frase:
-¡Luis Ángel Firpo, el futuro Campeón Mundial de Todos los Pesos, perdió por nocaut en el segundo round!-. Con esas esperanzadoras palabras tranquilizó la furia de sus partidarios.
Jack Dempsey nunca le otorgaría la revancha. Claramente temía a la fuerza descomunal del nacido en Junín. Lo evitó como lo hacía con varios boxeadores negros, que permanentemente lo desafiaban a exponer su título.
“El Toro Salvaje de las Pampas”, tampoco imaginó que el desenlace del pleito lo convertiría en leyenda y en un ícono deportivo a imitar. Se le considera el Padre del Boxeo Argentino.
Su popularidad de superhombre traspasó fronteras y desencadenó una sucesión de hechos que sólo una hazaña fuera de lo común genera.
Un equipo de fútbol de El Salvador tomó su nombre para rebautizarlo como Luis ángel Firpo. El general Juan Domingo Perón le solicitó sus célebres guantes y recibió la Medalla de la Lealtad Peronista.
Llegaron buenos contratos. Invirtió sus ganancias en negocios rentables. Adquirió una hacienda de setecientas hectáreas en Ameghino, donde pernoctaron los duques de Windsor y de Kent. Abrió locales comerciales en el Barrio Norte y Recoleta, que eran frecuentados diariamente por una florida corriente de simpatizantes. Y, cómo no, compartió veladas con Carlos Gardel, su cantante preferido.
Las autoridades determinaron que, en honor a su combate con Dempsey, se levantara la prohibición de practicar el boxeo en Argentina. Firpo recibió la Licencia Número Uno.
Atrás había quedado aquel debut contra el uruguayo Ángel Rodríguez, que presenció Carlos Gardel (ocasión en que perdió por nocaut) y ese pasado humilde, donde levantaba ladrillos en su tierra natal, sin vislumbrar por entonces un horizonte distante de las necesidades que laceraban.
La fama le llegó acompañada de un bienestar económico, que supo administrar y sostener con especial habilidad.
Su gesta boxística recibió posteriormente el máximo reconocimiento del gobierno de la época, que decretó que cada 14 de septiembre se celebre “El Día del Boxeador”.
Las huellas homéricas de “El Toro Salvaje de las Pampas” siguen vivas, alumbrando el camino valiente de muchísimos Campeones del Mundo que llegarían más tarde para Argentina: levantarían sus manos triunfantes en recuerdo de aquel gigante que comenzó con el sueño de conquistar un cinturón universal en el país del dólar, de la mafia y con todo un estadio en contra.
La historia lo evoca como un boxeador singular, que a base de estoicismo y coraje sacó del ring a uno de los mejores Campeones de los Pesos Pesados de la historia, ante los ojos absortos del mundo y promotores mañosos que no consentirían una derrota innoble de Jack Dempsey, un ídolo mimado de la oligarquía blanca.


(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

relato autorizado por Reinaldo Edmundo Marchant para su publicación en la revista Archivos del Sur.
*Los 17 segundos que estremecieron al mundo está incluido en el libro de relatos ¡Viva Carnera! publicado por Ediciones Subterranis

sábado, 2 de septiembre de 2017

La carroza - Dolores González Opazo


 dedicado a Daniel y Laurita 


                            El hombre había caminado ya muchas horas bajo una lluvia infernal y ansiaba desesperadamente beber un par de sorbos de café calentito, si hasta parecía sentirlo bajar por el guerguero y llegar tibiecito a las tripas peladas y heladas, luego, fumarme un cigarrillo lentamente y  recostarse en una blanda cama …y dormir y dormir por muchas horas. 
                          

                             Sin embargo por más que intentaba no lograba llegar a ningún destino, las ultimas casas que había logrado ver entre la densa cortina de agua, las había dejado atrás hace muchísimo rato. La oscuridad era total y absoluta. Sólo escuchaba el ruido del agua caer sobre su propia cara, sobre todo su cuerpo en forma casi despiadada, repentinamente un ruido ensordecedor rompe la oscura noche y un relámpago gigante ilumina la carretera, ve a lo lejos el brillo de un vehículo detenido.

-Por fin - se dice y acelera el paso para llegar ahí, donde tal vez se encuentre alguien que le permitirá guarecerse  de este intenso temporal aunque sea por un par de horas.
- Ojalá tengan un espacio para mí – dice en voz alta- un buen cristiano siempre apoya a otro en desgracia – se repite
                            Medio a tentones, chapoteando en el agua y tratando de ver por entre las pestañas y su cara mojada logra llegar al vehículo,  él que solo ve a momentos cuando lo ilumina algún rayo ,golpea suavemente pero no se escucha rumor alguno, nadie responde a los golpes . El hombre decide llamar
       - Hola ¿hay alguien adentro ?- Nada no hay respuesta alguna.
                             El frío ya le tiene entumecidos los hombros y el cuello, por lo tanto decide probar abriendo una de las puertas, tira de la manija y con tanta suerte que esta se abre de inmediato, siente el aire tibiecito del vehículo en el interior y un aroma a hierba fragante como jardín florido.
      - Alooo perdón pero debo entrar, no molestare solo quiero que amaine un poco el temporal – dice en voz alta por si hubiera alguien en el interior.
       Se da cuenta que el vehículo está solitario, seguro alguien tuvo la misma mala suerte de el quedando en pana y debiendo dejarlo abandonado pero de inmediato una voz suave y lenta le responde.

- Acomódese nomás amigo, aquí cabemos los dos
- ¿Y usted se quedó también en panna?– pregunta el hombre aterido de frio
- Sí, mi compañero salió en busca de ayuda pero no logro regresar a tiempo- le responde la voz desde la oscuridad ,que luego de una pausa agrega- pero tranquilo es buena persona el hombre y no le molestara su presencia si vuelve.
                     
                   Como puede se saca la mojada parka, que felizmente es tan gruesa que no alcanzó a mojar su espalda ni sus brazos totalmente, la deja sobre el respaldo del asiento del acompañante y nota en la oscuridad, que sobre él se encuentra algo así como una gruesa frazada o un chal quizás, lo toma y se cubre con él, se saca los zapatos mojados y se acurruca en el asiento de la mejor forma posible.

                     Afuera el temporal está en su máximo apogeo, el viento azota el vehículo con fuerza, llegando incluso a instantes que el siente que se mueve violentamente. Atrás con el movimiento del viento la carga que lleva el vehículo parece correrse de punta a punta, siente el movimiento de algo pesado.

- Chuatas – se dice – Ojalá que no me salgan después con que se perdió algo aquí-

En eso el viento embravecido parece atacar con mayor ímpetu, el hombre se alegra en parte de estar algo protegido, preocupado eso si de lo que deberá decirle al conductor del vehículo, si por alguna razón lo sorprende antes que acabe la tormenta. A lo lejos la luz potente de un rayo enrojecido lo distrae por momentos.
Su compañero es de pocas palabras, pero igual le entabla una pequeña conversación.
-Mire mi amigo estire su mano y tantee la guantera ahí hay una pequeña petaquita que, lleva mi compadre pa estos viajes largos, tómese un par de sorbos no vaiga a ser que se resfríe.
-¿Y no se enojará el caballero? -Pregunta el hombre algo temeroso.
-Que va a enojarse si es re buena persona, dele nomás- responde la voz desde el asiento de atrás.
-¿Y usted es de por aquí? -pregunta por decir algo
-Si un poco más allá, ando un poco enfermo , por eso preferí no acompañarlo , pero ya me estoy recuperando - responde la voz.
-Yo voy camino a la ciudad por razones de trabajo y usted como se llama señor.
-Manuel de Jesús Muñoz Salgado pues pa servirle.
-Güeno ¿y aquí esta hace hartas horas usted? con tanto tronar y tantísima agua.
-No tranquilo si ya estoy descansando de mi problema , me caí del caballo hace dos días y pare que me anduve rompiendo un par de costillas por eso no pueo moverme  mucho.
-Anda la cosa amigo , la saco baratita eso si.
-Si toy bien cómodo-

 El hombre pensaba, en lo dolorosa de la lesión del pobre huaso, y más encima con el frio no debía de ser na de bueno. En eso está pensando, cierra los ojos agotado y se queda dormido. El sonido del agua y las ráfagas de brioso viento, le adormecen. Un golpe violento en el costado del vehículo lo despierta, aun se tambalea cuando siente una gran ráfaga de viento y agua que le abre violentamente la puerta, como puede se estira y la toca en la oscuridad, la cierra y nota que algo, como un bulto grande cayó en la parte del asiento trasero, y que con cada movimiento parece moverse de aquí para allá, provocando un golpe algo monótono.  Vuelve a dormirse y entre su sueño escucha el golpeteo incesante en la parte de atrás.
Ya pasadas las horas la fuerza del temporal comienza a perder algo de fuerza, aunque el viento y la lluvia no parecen querer detenerse, la poca visibilidad comienza a abrirse paso entre la oscuridad.

-Debe estar amaneciendo – dice el hombre- apenas aclare un poco creo que debo partir, no sea que llegue el amigo de este caballero y le moleste mi presencia- se dice aun con los ojos cerrados.

      Su compañero aun no despierta, se durmió antes que él, pero los vidrios empañado del vehículo, le dicen que hay algo de tibieza adentro. Vuelve a cerrar los ojos y se queda traspuesto unos momentos, lo suficientes para que se haga algo de luz dentro del automóvil. No se ve mucho pero él decide emprender su camino ya más seco y descansado.
-Amigazo es hora de que yo parta – dice

Nadie le responde, “está dormido" dice  “mejor me voy sin ruido” y parte camino del primer pueblo que encuentre.
Antes de partir piensa en arropar al buen hombre, pero decide irse ya que no siente movimiento alguno “pobre cristiano medio suelazo” se dice.
Sale aun llueve con algo menos de intensidad, pero el viento de repente parece que lo fuera a volar. De repente ve unos focos a lo lejos en medio de la lluvia, una camioneta avanza apenas por el lodazal dando tumbos.
          -Pa onde marcha el amigo – dice una voz desde adentro.
          -Camino al primer pueblo, quede en panna ayer en la tarde y he caminado muchazo dice.
-Y aonde paso la noche amigazo – dice el conductor del vehículo.
           - Por aquí cerca- responde no queriendo decir que estuvo de intruso en un auto, algo mas allá.
           - Bueno si gusta yo voy en busca de algo, por aquí cerca nomás, lo llevo-
           -Bueno estaría pues- dice pensando en que ni siquiera sabe dónde queda el pueblo.
 -Se acomoda lo mejor que puede, en el tibio vehículo
            -Está buena esta camionetita – dice
           -Si normalmente no la saco con este tiempo, quero que me dure hartos años más – responde el conductor- pero usted sabe a veces salen imprevistos como ahora-
- Ah y usted hace algún trabajito con ella-
- Si tengo un pequeño negocito y ahí le doy uso a veces-
- Cómo es eso, o sea no siempre la usa-
- A veces responde el hombre – luego agrega - por aquí con caminos malos mejor la más vieja es más firme-
El hombre queda en silencio por algunos momentos y luego pregunta:
- Y dígame ¿vamos muy lejos ?
- No si ya llegamos esta peguita hay que hacerla hoy ya no queda más tiempo, además hay gente que me espera
- Y¿en que trabaja usted mi amigo?
- Naa yo soy funerario y sepulturero amigo mío, el único en estos lugares. Anoche venia trasladando un finaito y me maldije en un hoyo mal parao, rompí el eje de la camioneta, así es que partí en busca de esta nomás.
- Bueno y el finao ¿que pasó con él?
- Que iba a pasar púes ahí se quedó nomás,  total no iba a ir pa ningún lugar, si estaba bien muertito
El hombre guardó silencio mientras el funerario hablaba y hablaba de su pega, de esos lugares algo tenebrosos y de todo cuanto se le ocurría, sin preocuparse de que su compañero respondiera.
De repente interrumpe la conversación .
- Meh ahí esta nomás pues – grita alborotado
- Ah qué buena dice el hombre –pensando en que por fin llega el final de su aventura y, divisando a lo lejos una camioneta tipo stagion, de esas típicas funerarias
- Mire y está tal  como la deje vamos ver- dice riendo- si el Mañungo no se ha ido
- Le ayudo amigo
-Si voy a necesitare una manito socio, pero quédese aquí no más yo le aviso
El hombre se acomoda en el tibio vehículo, mirando atentamente el trabajo del funerario, de repente piensa “y donde estaba esta carroza que yo no la vi  cuando pasé”. “Bueno era tanta el agua que seguramente del cielo bajaron para guarecerla por ahí”  se dijo  a sí mismo. En eso está pensando cuando escucha la voz que le grita:
- Hey amigo “venga a echarme una manito” grita bajo el ruido del agua el sepulturero, ensopado hasta los huesos
          - Ya dígame en que le sirvo
- Agarre de la cola  el cajón, está harto pesao, era grandazo este hombre
Trasladan el féretro a la camioneta, y unas cuantas canastillas de flores y el funerario saca algunas cosas del vehículo, mientras él vuelve a acomodarse dentro.  Lo ve como abre la guantera y saca desde dentro una pequeña petaca que algo le recuerda.
Se sube sobándose las manos, abre la petaca y se la ofrece .
- Tómese un buen trago amigo, esto le aliviará del remojón, mientras llegamos al pueblo y sepultamos a este finao de una buena vez .
- Ya poh, haber si consigo ayuda pa mi vehículo también – dice mandándose un buen trago, que corre calentito guerguero abajo y siente como sus tripas se calientan rapidito.
-Yyyy ahí lo llevo después porque tamien soy taxista- dice el sepulturero con una buena carcajada.
Algo pensativo y por decir algo el hombre pregunta:
-Y dígame amigo que fue lo que le pasó a este finaito
-Chuuuu este finaito murió re mal amigo, se cayó del pingo que montaba- responde
- ¿Verdá?- dijo preocupado ¿y cómo se llamaba ?
- Manuel de Jesús Muñoz Salgado
Un zapatazo de terror le sacudió su helado corazón, un sudor frio le corrió por la espalda y noto que ya no había aire pa respirar , mientras abría tamaño de grande sus ojos , el hombre sin entender bien como pero se dio cuenta que  ….de que había pasado la noche con el finao…

(c) Dolores González Opazo
Santiago de Chile 

Dolores González Opazo es chilena, nacida en Villa Alegre pintoresco pueblo de la séptima región, lugar donde conviven estrechamente viñedos y naranjos. Tierra linda, que impregnó en ella el amor por el campo y sus costumbres. Su gusto por la escritura es desde siempre y escribe sobre las costumbres , tradiciones , cuentos y leyendas de su tierra. En el año 2015 Revista Archivos del sur publicó su cuento " Chicha de manzana " y en el mismo año ganó el concurso "Líneas de vida " con el cuento " Natalia historia de una desconocida ". En el año 2016 Revista Archivos del sur publicó el cuento " El velorio del angelito". Trabaja como bibliotecaria, además de hacer lo que más le gusta escribir. Entre libros se siente a gusto y goza con cada letra que llega a sus manos. Casada con 2 hijos y una nieta a quienes ha inculcado el amor por su tierra, las letras, el cuento y la poesía. Radica actualmente en Santiago de Chile. 










viernes, 11 de agosto de 2017

El baño del diablo - José Respaldiza Rojas

                
  - ¿Dónde está tu hermano?
  - Viene atrás.
  - Se está demorando mucho – dijo la madre.
  - Ya viene mamá, no te pongas así.
  - Tú sabes que el diablo viene por aquí.
  - Sí mamá, pero sólo viene a bañarse.
 - Nada señor, el diablo es muy peligroso.
 - Ay mamá.
 - Cuando te veas frente a él solo Dios te podrá salvar.
 - Eso no lo dudo.
Son madre e hijo en Cuispes, un pueblo de Bongará, del Departamento de Amazonas. Pueblo pequeño dedicado a la agricultura como el cultivo plátano, piña, café. Pueblo ajeno a la modernidad sin escuela o tiendas comerciales, pero lleno de leyendas donde el misterio está presente a cada instante.
     - ¿Qué tienes hijo, estás muy pálido?
     -  Mamá, espera a que me calme.
     -   Dime qué te pasó.
     -   A mí, nada, es por lo que vi.
-  Y qué viste, cuenta rápido hijo.
- Traía una cabeza de plátanos en la cabeza, por eso no me distinguieron.
- ¿Quién no te distinguió? Por Dios hijo, cuenta rápido.
- Los que peleaban -  dijo mientras respiraba con dificultad.
- Me estás desesperando ¿Quiénes peleaban?
- El diablo luchaba contra un oso de anteojos, se disputaban un armadillo peludo
- El diablo ¿para qué quería un armadillo?
 - Mamá, yo no soy diablo, no puedo saberlo.
 -¿Y qué pasó?
 - Como yo estaba temblando se me cayó la cabeza de plátanos y con ese ruido el diablo salió disparado para un lado y el oso de anteojos para el otro.
También tiene atractivos turísticos como la catarata de Yumbilla, con una caída de 895 metros, que la convierte en una de las cinco más altas del mundo, o las cataratas de Goeta, Chimata y Pabellón. Igualmente están los sarcófagos de Karajía pertenecientes a la cultura Chachapoyas.
-  Mamá, me voy a bañar.
- ¿Tan temprano?
- Es que tengo un calorazo.
- ¿En dónde te bañarás?
 - A la otra catarata.
 - ¿Y si el diablo se equivoca?
 - Cómo me va a equivocar pues mamá.
 - En lugar de ir a la catarata de Yumbilla, se dirige a donde tú estás.
 - Es que yo me baño al lado de un matorral, además tengo una cruz pendiendo de          mi  cuello.
 - Ve con Dios, hijo y cuídate.  

  - ¿Tan pronto volviste?
  - Te vas a reír mamá, vi al diablo maldiciendo y además no tiene calzoncillos.
  - ¿Qué cosa?
  - Sí, renegaba porque ya se estaba bañando otro diablo.
  - ¿Y eso del calzoncillo?
  - Ja, ja, ja, ja, le vi el poto al diablo y se tiró un pedo azul, ja, ja, ja.
  - No juegues con el diablo, es malvado de a de veras.
Hay una roca que contiene la figura de una pata de gallina y junto a otra con pata de caballo, según se sabe es el timbre que usan los diablos para entrar a bañarse.
      - Mamá escuché el timbre del diablo, tres veces ¿puedo ir a ver?
     - ¿Qué vas a ver?
     -  Para qué se juntan tantos diablos
     -Acaso estás olvidando que la curiosidad mató al gato.
     -Ya pues mamá.
    - Bueno, pero regresa pronto.
    -Voy y vuelvo


   - Mamá, no vas a creer lo que escuché.
   - Cuenta hijo, cuenta,
   - Estaban Satanás, Lucifer y Carrampenpe y se peleaban por el amor de Lilit.
   - ¿Quién es Lilit?
   -La primera esposa de Adán.
   - ¿Qué cosa, blasfemo?
   - Solo repito lo que escuché, mamá
   - ¿Adán por qué se peleó con ella?
   Ella lo abandonó, no se sometía a sus mandados y se fue a vivir con los diablos.
   - ¿lo abandonó?
   - Sí, es que no estaban casados.
   - ¿Y qué decidieron
   Hacer un rol de turnos, qué día le tocaba a cada uno.

   - Jesús mío Jesucristo, con razón los diablos son el engendro del mal.
   - Sí, pues mamá.
   - Nada señor, persígnate y ahora santíguate.

¿   ¿Desea ver gallitos de las rocas? ¿O tal vez colibrís cola de espátula? Decídase visitar Cuispes, pero eso sí con una cruz colgando del pecho y un rosario a la mano, pues nunca se sabe qué puede hacer el diablo.
(c) José Respaldiza Rojas
Lima
Perú 
José Respaldiza Rojas (Lima,1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.