jueves, 20 de abril de 2017

Los primos - Araceli Otamendi


Nunca supe muy bien cuál fue el origen del parentesco, se empeñaron 
en decirme a mi, "prima" y a Roberto "primo". Eramos vecinos desde hacía años.
Ellos eran un matrimonio solo. Nunca los visitaba nadie. El hombre
era gordo, demasiado gordo, la mujer también. De noche, a la hora de la comida
a través del pasillo se escuchaban risas, parecían alegres, pero eso sólo duró
algunos años. Seguramente veían algún programa de televisión. 
Cuando Roberto empezó a progresar en el trabajo y nos pudimos
comprar un pequeño auto, los vecinos empezaron a mirarnos con mala cara. El hombre
viajaba en taxi porque la gordura le impedía subir a un ómnibus. La mujer era más
delgada y también trabajaba. Creo que el problema empezó cuando la mujer dejó
de trabajar. Cuando yo llegaba a casa, la veía a ella, desde la calle, mirando por la ventana.
Nos saludábamos, como siempre. Pero había algo extraño en su mirada. Hasta que
un día, serían las siete de la tarde, alguien tocó el timbre. Me acerqué a la mirilla y 
vi que eran los vecinos y abrí la puerta. ¿Qué tal? - dije. 
- Queremos hablar un momento con usted. Las caras del hombre y la mujer no parecían
las mismas de siempre. Había algo extraño, un brillo, en la mirada de los dos. 
Les ofrecí sentarse. El hombre era tan gordo que tenía problemas hasta para 
estar en una silla. Enseguida empezaron a hablar de un parentesco, al parecer
todos éramos primos, el hombre y la mujer entre ellos, y ellos entre Roberto y yo.
Casi no podía creer lo que estaba escuchando. En eso Roberto abrió la puerta del
departamento y sorprendido dijo: - Buenas noches ¿pasó algo?
Le hice una seña, habitual entre nosotros, para advertirle que sí, algo raro estaba pasando.
- Sí señor, dijo el hombre, con voz altisonante. - Pasa que somos primos y usted no lo
 quiere reconocer.
- Ajá - contestó Roberto, mirando hacia el teléfono. 
El hombre seguía hablando y dando detalles del parentesco y todo se tornaba cada vez
más extraño. Mientras Roberto iba hacia el dormitorio, les ofrecí un refresco a "los primos".
Bebieron el refresco y se fueron a los pocos minutos.
- Están locos, hay que hacer algo - dijo Roberto.
- Sí, mudarnos - contesté. 

Esa noche Roberto y yo nos reímos, creo que fue la única noche que reímos después de
semejante escena de "los primos". Tardamos meses, creo que años en volver a reir, hasta que el "primo" murió y la mujer, "la prima", casi no salía de la casa.

(c) Araceli Otamendi 

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

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