lunes, 7 de diciembre de 2015

A salvo - Araceli Otamendi


paisaje rural (c) Araceli Otamendi



"Si el sol se apartara de su curso, las Erinias lo perseguirían y castigarían"

                Heráclito

 
"A las Erinias se les sacrificaban ovejas negras y libaciones de νηφάλια nêphalia, mezcla de miel y agua" **






Ahora, en la sala de espera antes de embarcarse en el vuelo 407 hacia un país de Europa, Zinia pensaba en los últimos días transcurridos en Buenos Aires. Ahora sí, estaba a salvo. ¿Acaso no sería una gran oportunidad ir a pasar las fiestas a otro lugar? Vivir, sí, vivir un poco. A salvo del trabajo que ya detestaba, con todas esas apariencias que tenía que sostener de la mañana a la noche, vistiéndose con esos vestidos de cocktail que más que nada la hacían parecer una modelo de una revista femenina, una sombra de lo que ella era en verdad. ¿Pero cuál verdad? ¿Acaso no había sentido desde hacía mucho que había que vivir de otra manera? Casi nadie sabía entre sus amistades que ella se iba, que no estaría en la ciudad cuando se escucharan los típicos estallidos de los cohetes ni los fuegos artificiales iluminaran el cielo nocturno. Se acercaba el fin de año y los perros se exacerban y gritan, aúllan también antes de esconderse en algún rincón o tal vez escaparse a la calle buscando protección. En pocos minutos iba a dejar atrás muchas cosas, quién sabe cuándo iba a volver. ¿Y quién podría saberlo? Dejar atrás tantas cosas que ahora ¿quién sabe por cuánto tiempo? se le figuraban ridículas: los altares del Gauchito Gil que en el último tiempo se habían erigido en la ciudad, antes se los veía sólo en el campo, los había visto en la calle, pintados de rojo,o tal vez en una plaza, llenos de ofrendas: flores, de plástico y de las otras, botellas, recuerdos para agradecer al santo. El carro a caballo de los que venían a juntar cartones con el típico y monótono ruido del animal que hacía sonar sus cascos en el asfalto, a ciertas horas del día. Parecía que el campo había entrado en la ciudad. Escenas, puras escenas como las que ella presenciaba en su día a día en el trabajo. Como las que había visto en su infancia y que ahora casi, no recordaba. Entonces mentía, mentía mucho, sonreía a más no poder cuando le traían algún catálogo con las últimas producciones de un artista o de un seudoartista.
O alguna tarjeta de presentación. O quién sabe qué. Y debía mantenerse firme, simpática, sonriente, aunque le pesara todo ese disfraz, aunque supiera que ya no le quedaba tiempo para muchas cosas.
La voz por el micrófono llamaba a los pasajeros del vuelo 407, había que dejar el asiento, con la bolsa del freeshop en la mano, envoltorio de algún perfume quizás tomado al azar, pagado con esas horas de simulación, ahora de tardío arrepentimiento....
Únicamente le había dicho a un amigo, L. que no estaría en Buenos Aires cuando el reloj marcara el inicio de un nuevo año. L., que se encerraba en el departamento y fingía no estar, para que nadie supiera que estaba solo, y que pasaría Navidad y año nuevo solo frente al televisor con la única compañía de la comida, la bebida y la pantalla titilante. L. le había deseado suerte, y feliz año, que lo empieces muy bien, que no sufras el frío de Europa, si te hubieras quedado tal vez nos habríamos reunido, ¿quién sabe?
En el asiento junto a la ventanilla podía observar las nubes, pasaban rápido, se estiraban en el cielo azul. Después que la azafata diera la explicación sobre cómo ponerse la máscara y encontrar el salvavidas en caso de emergencia, buscaba en la libreta el número de teléfono del hotel de campo donde se alojaría. En la campiña, sí, a salvo de todo, pensaba.
A su lado se había sentado un hombre que ocupaba más espacio de lo que su asiento le permitía. Viajaría incómoda, deseaba llegar cuanto antes, había planificado todo muy bien. Faltaban muchas horas de vuelo, todavía.
La cara del perrito dejado al cuidado de una mujer que se ocupaba de dar atención a animales domésticos, se le presentaba ahora con los ojos tristes de una mascota que se sabía abandonada. Le había pagado a esa mujer muy bien, todo por adelantado. En ese sentido, tenía la conciencia tranquila. No iba a pensar mucho más en eso. Se concentraría en lo que iba a hacer, en las fantásticas excursiones que la página web del hotel de campo prometía: senderismo, paseos por el bosque, a pie y a caballo, piscina climatizada, deportes de invierno, excursiones a castillos, visitas guiadas, observación de fauna y flora, y por qué no, también vida nocturna, alguna que otra vez.
Ah, ¡qué a salvo se sentía a tantos metros del suelo! con esas nubes blancas y ese cielo azul, a tanta distancia de todo...
Cuando Zinia por fin se instaló en el hotel de la campiña, se encontró con el señor M. casi enseguida.
El señor también se había alojado ahí para pasar fin de año en un hotel de zona rural. Experto en arquería, le gustaba pasar las fiestas lejos de la ciudad, a salvo ¿de qué?
Le dijo su nombre, Zinia y al señor M. se le dibujó una sonrisa. ¿Zinia como la flor de papel? no le contestó, le pareció guarango, imprudente, fuera de foco que le hiciera esa pregunta. Sin embargo el señor M. la invitó después, esa noche, a tomar algo en el hotel. Zinia aceptó, olvidándose de la guaranguería del señor M. tal vez por unos instantes. Estaba en ese paraíso rural, donde no había muchos huéspedes.
Las enormes piedras de las paredes denotaban el paso del tiempo. ¿Quiénes habían estado antes ahí? se preguntaba. El señor M. que hablaba también en español, empezó a contarle historias del lugar. Ya se había alojado ahi en otras ocasiones y casi enseguida le confesó que era un experto en arquería. ¿Sería como Guillermo Tell? Zinia empezó a imaginarse al señor M. con un sombrero, arrojando flecha tras flecha a un blanco ¿pero acertaría? Ahora era ella la que sonreía con las historias que el señor M. le contaba.
Cuando él empezó a hacer preguntas, las típicas preguntas acerca de su ocupación, Zinia decidió mantener el misterio. Arte, se ocupaba de arte. Yo también, dijo el señor M. Ahora sí, no estaba a salvo. Arquero y artista. Zinia se disculpó después de algunos minutos, cuando la conversación había decaído, todavía tenía que deshacer alguna valija, ordenar la ropa ¿había traído tanta? Había que acostarse temprano porque mañana le esperaba una excursión para observar la flora y la fauna del lugar. El señor M. la despidió entonces con la frase: hace mucho tiempo tuve zinias en mi jardín. ¿Y qué pasó con ellas? Pero el hombre no le contestó, levantó la copa e hizo un brindis en el aire, saludó con la cabeza.
Zinia subió por la larga escalera del hotel hasta el segundo piso. En el pasillo que conducía a su habitación podía ver por la ventana la noche estrellada y algunos copos de nieve en el suelo. Abrió la puerta del cuarto, la habitación estaba calefaccionada a más no poder, y con el control remoto encendió el televisor. Se recostó en la cama, estaba cansada, había sido un viaje largo, muy largo.

(c) Araceli Otamendi
Buenos Aires
República Argentina

**tomado de Wikipedia Licencia Creative Commons Atribución compartir igual 3.0

 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Juan Ramón Ortiz Galeano

Juan Ramón Ortiz Galeano

El Enfermero Enamorado y la Gata de Azúcar





                                "La desdicha puede comenzar de mil modos".

                                                                            Yang Fang

                                            "Aguzo el oído para escuchar tu eco,

                                                 (...) de mis ojos brotan lágrimas".
                                                                           Fu Hsüan

                                                         "Su boca se mueve, exhala
                                                         un perfume que persiste".
                                                                        Hsiao Yen




Pepa -dueña imperial de mi corazón- se aproxima silenciosa y agazapada, con el sigilo cauteloso de una pantera nebulosa, al hermoso y rechoncho colibrí de cabeza carmesí (su próxima víctima) que de modo intermitente revolotea junto al puesto de libros y revistas. Ella luce inofensiva desde la ventana de este tren imaginario, aunque peligrosa, al deslizarse en maneras misteriosas, como una gata de caza.
Ahora reposa en silencio, la cacería terminó; su alimento alado ya fue ingerido. En su posición cuasi-fetal parece aburrida, reflexiva, atenta (este es un comportamiento bastante original para la época) e inmejorablemente mía, aunque distante a mis manos y besos.
Entre el confuso gris del atardecer y el ruido destemplado y áspero de este tren detenido en el tiempo, mi gata logra ver -a través de la ventana sucia del "VAGÓN 4"- mis ojos de enfermero enamorado que están atestiguándola; entonces comienza a arrastrarse hacia una plataforma de piedra situada en el centro de la escena, sobre la que cincelamos nuestra unión y fidelidad, y posa sobre ella sus cuatro patitas blancas al mismo tiempo en que acomoda su carita de peluche, delicadamente, como si nada hubiese ocurrido un par de minutos antes.
Ya se ha alimentado y se ha puesto en la posición en que mejor se ve, todo parece marchar de acuerdo a lo indicado. Pero, súbitamente, su fiebre la explota como a una bomba de miel, y todo su relleno se esparce sobre el andén como una almohada de plumas: ¡casi muero al ver a mi mejor poesía repartida por toda la estación!
Desesperado, rompo la caja de vidrio y acciono el "FRENO DE EMERGENCIA".
Al bajar del tren, me enardece escuchar a la Banda de Músicos Soñados interpretar su sinfonía ilusoria, y ver al Ballet de la Decadencia Transitoria danzar en su egoísta y efímera congoja, como si nada ocurriese a su alrededor. Desolado, caigo de rodillas junto a Pepa que ahora es un cúmulo de azúcar; encontrar su boca en el acervo sería imposible, así es que tomo una pequeña cantidad entre mis manos y conteniendo toda mi ansiedad y consternación - con los ojos cerrados y apretando mis lágrimas que brotan como arroyos - beso el montoncito de azúcar dulcemente, imaginando en el tacto de mi boca de enfermero enamorado el contorno de la boquita de azúcar de mi gata destrozada.
Transcurren unos segundos de siglos en los que no respiro, y desfallezco mil veces sin cerrar los ojos. En este momento... ¿Qué? ¡Prodigio de amor!: para mi dicha incalculable -y gozo inenarrable- toda la desgracia de mi gata retrocede en cámara rápida...
Ahora estamos abrazados en el suelo. La gente no se ha percatado de nada, como siempre; hasta alguno pensará que estoy loco por amar así.
Pero lo único que me interesa en este instante fuera del tiempo -lo único que me invade dulcemente- es la certeza de que Pepa está ronroneando en mi pecho y acariciando mi corazón, la confirmación de que entre mis brazos se ve mejor que en cualquier lugar... y la seguridad de que yo la quiero más que nunca.


(c) Juan Ramón Ortiz Galeano

Buenos Aires
República Argentina


Juan Ramón Ortiz Galeano. Poeta y narrador argentino nacido en Buenos Aires (1975). Tiene estudios de Derecho (Universidad Nacional de La Plata). Obtuvo distinciones en numerosos concursos literarios y sus textos fueron incluidos en diversas antologías impresas, bitácoras literarias y revistas culturales.
www.juanramonortizgaleano.blogspot.com // @OrtizGaleano






lunes, 26 de octubre de 2015

Sin palabras - Araceli Otamendi




Sin palabras

(en Homenaje al Día del Periodista)


Así me sentía, así estaba: sin palabras. El auto pasó a buscarme a las seis. Sí, a las seis. Era un remise alquilado, dispuesto para mi a las seis de la mañana. ¿Qué iba a hacer entre las seis y las once, cuando llegara el avión?
Llevar las revistas a las radios y a los canales de televisión. En eso había quedado con él. Si salía bien, festejaríamos con champagne. Si salía mal, tal vez comeríamos un sándwich en algún lugar.
El avión llegaría a las once, había que ir a Ezeiza. Esperaría una hora, tal vez hora y media antes, aburriéndome en el bar hasta tener la confirmación del horario.
Mientras, camino al aeropuerto el conductor me contaba su drama; su mujer y sus hijos estaban lejos, de vacaciones, en la playa. Cuando ella llegara, porque no la veía hacía dos meses se iba a separar. Para eso había hablado ya con un abogado. Ella no sabía nada, los hijos tampoco. ¿Qué disparate se le había ocurrido? No podìa estar lejos de ella tanto tiempo. ¿Y por eso iba a destruir una familia? Le dije. Me miraba a través del espejo retrovisor. Tal vez tuviera razón, dijo. Piénselo, dije, no haga locuras. Entonces yo era una psicoanalista, lo estaba asesorando, ¿tan fácil había sido escucharlo, decirle eso para que cambiara de opinión? El hombre se quedó callado, seguramente pensando en lo que habìa decidido apenas unas horas antes. Mis palabras lo hacían pensar: no haga locuras, piénselo…
¿Cómo escribir lo que ocurrió antes? Era de noche. El camino asfaltado nos llevaba por la ruta y ahí empecé a ver todo: cada uno que salía de la casa y ataba el caballo a la puerta del garage como si dos épocas transcurrieran juntas; era de noche, y faltaba mucho para hacer el reportaje a ese desconocido que llegaría en un avión, vestido de fama y de honores al que no conocía, al que nunca había visto. Y para eso habíamos arreglado todo: vestirse lo mejor posible, peinarse, estar antes en el aeropuerto y lograr una nota, una buenísima nota porque había que festejar con champagne el éxito de la revista.
Y esto era algo que estaba ocurriendo, íbamos de noche, por la ruta, había visto a varios hombres en las puertas de su casa atando caballos en la puerta de los garajes, seguramente estábamos en la provincia, y también había visto calles inundadas, casas a las que les había subido el agua al techo y los únicos que se salvaban eran los niños, tan niños, tan pequeños, festejando en los techos, saludando y yo también saludaba porque ellos se habían salvado del agua…
El visitante llegó una hora después, el avión se había retrasado. Al verlo me pareció que tenía una actitud de conquistador que llega a nuevas tierras: Francisco Pizarro pisaba América. Lo saludé, me saludó, eso fue todo. Mis palabras fueron: le voy a hacer una entrevista.
Francisco Pizarro
lo llamaré así no contestó. Nos dirigimos, yo pensaba, al remise que estaría esperando afuera.
Pero no, todo era tan raro que de golpe se había hecho de noche, afuera del aeropuerto y alrededor todo estaba oscuro, apenas iluminado con algunas estrellas.
Un auto estaba esperando a Pizarro y el remise que debía esperarnos se había ido. Tal vez el conductor iba a buscar a su mujer y a las hijas a la playa lejana.
Pizarro indicó el auto como si yo supiera lo que me decía: dentro del auto estaba una mujer y otra pareja, la radio a todo lo que da tocaba música de tango. La mujer y la pareja comían trozos de sandía y el chofer esperaba que Pizarro y yo nos acomodáramos. No tuve más remedio que pensar que todos eran extranjeros: querían escuchar tangos en Buenos Aires y querían hacérmelo notar, que yo supiera que a ellos les gustaba esa música y que también comían una fruta como la sandía porque era verano y se acomodarían a cualquier cosa que les ofreciera la gran ciudad.
Ya estaba en el baile y había que bailar. El auto disparó por la autopista y me pregunté hacia dónde. Yo tenía otros planes en mente: hacer la entrevista, editarla, llevarla a la revista y de ahí seguir y a otra cosa.
Pero después de unos diez minutos el auto se detuvo en una especie de restaurant. Pizarro seguia mudo, y yo pensaba en las preguntas que iba a hacer para que la entrevista saliera lo mejor posible. En el lugar, todo se había dispuesto como un espectáculo. Parecía más una pulpería antigua, hecha a propòsito para turistas. Nos sentamos, pedimos un cafè, bebidas. Y entonces apareció el mago y se dedicó a hacer sombras, animales en una pantalla. Eran sombras chinescas y afuera, por la ventana se veía la noche azul, oscura, como en un cuadro. Y yo me preguntaba qué estaba haciendo ahí, en ese lugar, con una entrevista y mil preguntas en la mente, cómo explicaría lo ocurrido, cómo explicarme a mí misma esa situación…


- ¿Otra vez escribiendo?
preguntó él, varias horas después que Pizarro, la mujer y la otra pareja llegaron a un hotel céntrico y yo me fui tan desconcertada como lo había estado a partir de la llegada del personaje..
- Sí
otra vez
- Me imagino que habrás hecho una buena entrevista, el personaje daba para mucho.
- Sí, tal vez
- Lo decís dudando…
- Es que … no sé, cómo decirlo…
-¿Por qué?
- Es un personaje que no habla.
- ¿Y entonces?
- Nada, entonces, nada. No dijo una sola palabra desde que pisó Buenos Aires.
-¿Qué hizo?
- Escuchó música de tango y comió sandía.
- ¿Y no podés escribir algo sobre eso?
- Lo estoy haciendo
- Quiero leer la nota esta tarde, apuráte.



Era cierto. El personaje no había dicho una sola palabra y yo me había olvidado de relatar algo: durante el viaje desde el aeropuerto hasta el hotel, antes de llegar al restaurant nos encontramos con unas ovejas. No eran ovejas comunes, eran azules, verdes, de color naranja. Algunas estaban esquiladas y envueltas en lanas de colores brillantes, fosforescentes. Pizarro y la mujer se empeñaron en tocarlas. Las ovejas, muy contentas cruzaban el camino de un lado a otro. Y era entonces que nadie tenía palabras para explicar lo que ocurría. Y por eso escribo, por eso escribí esto, para dar testimonio. Porque hacer la nota con ese personaje mudo fue imposible, no dijo una sola palabra. Y tengo que cumplir, entregar la nota como sea, esta tarde es el cierre de la edición, y seguramente no habrá champagne como habíamos planeado, tal vez un sándwich, tal vez, quién sabe.

(c) Araceli Otamendi

domingo, 6 de septiembre de 2015

Dolores González Opazo

CHICHA DE MANZANA

La densa nube de polvo que se divisa desde lejos, anuncia que son varios los jinetes que se acercan. Finalmente a la vuelta del camino polvoriento aparecen , sudorosos , cansados cuatro jinetes vestidos de verde , su uniforme indica que son policías, el cansancio se hace notar en sus rostros agotados. Separados de ellos por unos cuantos metros, va un muchacho en un caballo de larga cola, es el guía conocedor de los caminos mas intrincados del lugar .

Varios días hacen que siguen incansablemente las huellas dejadas, por la banda del "negro Juancho" que asola desde hace un tiempo los ranchos mas alejados del sector de "Las Lomas ", robando ganado , alimentos y lo que es peor cuando puede a las mujeres mas jóvenes .
-Alto grita el teniente aquí en este bajo nos detendremos por un descanso-

-Mi teniente , no es na bueno pasar aquí la noche refunfuña el muchacho "el negro " puede estar cerca-

-Entonces llévanos donde podamos sacar agua , tonto pa leso grita uno de los uniformados- no veis que estamos secos -

-Bien vuelve a intervenir el teniente descansaremos un rato los huesos y luego seguimos


Uno a uno fueron apeándose de sus monturas , para estirar las piernas lo mas que podían . Habían pasado la última vertiente de agua clara hacia mas o menos tres o cuatro horas , y eso había sido a media mañana . Hacía mucho que no veían otra cara mas que las de sus compañeros y el último rancho había desaparecido también hacía varias horas .
-Después de esas lomas apunta el guía esta el rancho del viejo Pedro , ahí podremos pasar la noche y comer algo de seguro


Ya mas tranquilos los Carabineros sudorosos se echan durante unos minutos al suelo , pensando que ojala , esta cacería termine hoy , para volver de una buena vez. Después de un rato el Teniente da de nuevo el "vamos" y algo desganados los hombres vuelven a montar sus caballos.

Pasada la primera loma el guía se acerca de vuelta al galope.

-Teniente , creo que por hoy , ya no encontraremos ni una cosa , " el negro " se hizo humo no ma- dice rascándose la chasca.
-Como es la cuestión tontorrón dice el jefe de mal humor vos dijiste que estaban cerca -

-Si poh , pero yo creo que ya pasaron pa la Argentina

-Y ahora que hacimos dijo uno de los policias yo ya no estoy pa volver hoy día, ya no me pueo la espalda-

-Sigamos no mas grita el muchacho ya les dije que en el rancho del viejo Pedro pasamos la noche-


Ya sin ganas de discutir por el cansancio , el grupo de jinetes , continuó tras el muchacho que parecía estar muy seguro de lo que decía . .

Pasado un largo rato , porque en esos lugares las distancias son largas , divisaron una tenue nube de humo .
-Ahí esta el rancho grito el guía ya estamos cerca-

-Como que te equivoquis refunfuña uno de los uniformados no te va a quear nada gueno- y lanza una sonora carcajada contagiando al resto.


El ladrido de varios perros a lo lejos ,les indica que ya llegaron , y ahí en medio de un pequeño oasis verde aparece el rancho . No es gran cosa una casita de barro rodeada de un amplio manzanal . Las gallinas corren alborotadas al ver a los jinetes , y entre medio de unos cuantos quiltros aparece un muchachito de cara sucia , a recibirlos .
-Güenas tarde para toos dice - apeense no mas grita saltando contento. No es común ver gente en esas soledades y cualquier cara nueva es bien recibida con amabilidad.

-Mejor llama a tu papá le dice el Teniente

-No están na responde - salieron en la mañanita pal pueblo y guelven mañana

-Entonces no podimos quedarnos vuelve a decir el jefe

-No responde el chiquillo bájense no mas , pueen pasar aquí la noche , mi hermanita les pue hacer una cazuela de gallina pal hambre


El cansancio que lleva el Teniente y sus hombres , le impide negarse , y gustosos al escuchar que les harán una buena cazuela de gallina y que podrán descansar por esa noche , se bajan rápidamente de sus cabalgaduras .
-Yo les saco los apero a las bestias no se preocupen na ustedes dice el amistoso chiquillo.


-¿Podemos sacar agua del pozo ? - dice uno de ellos con la voz ronca de tanto tragar tierra.
-¿les gusta la chicha de manzana ? les dice feliz el muchachito

-¿Tenis? responden al mismo tiempo , con los ojos brillantes de sed , los policías

-Si poh , hay un tonel llenito allá aentro y les muestra una barrica tapada con un saco llena del dulce liquido - tomen no mas , y les pasa a cada uno un jarro de lata .


Cuando estuvo lista la cazuela , ya habían tomado mas de la mitad de la barrica , la chicha de manzana estaba como pa dioses , y luego de comer ya ni supieron del mundo , se tiraron bajo las estrellas y durmieron como angelitos hasta que el gallo los despertó , ya entrado el sol.
-Gueno dice el jefe nos vamos a ir , gracias a ti y a tu hermana por toas las molestias-

-Tómense un vasito de chichita , antes de irse les dice amable el chiquillo.

-No es que ya tomamos mucha y tu mamá cuando llegue se puede enojar le dice el teniente

-No les dice el chiquillito corriendo alrededor de ellos no se va a enojarse na ,si antes de irse me dijo que la botara , porque anoche encontramos a dos ratones grandazos ahogados en ella-.


….Y así uno a uno los policías fueron bajando otra vez de los caballos , pa terminar echando las tripas afuera , después de semejante noticia…..

(c) Dolores González Opazo


Chile


Dolores González Opazo (1955) Nació en Villa Alegre pintoresco pueblito de la séptima región, Chile, lugar donde conviven la tierra, las uvas y los verdes naranjales. Pueblo tranquilo de calles solitarias . Sus escritos son inspirados principalmente en leyendas y vida campesina. Sus gustos en cuanto ha escritura son cuentos y leyendas de su tierra, que ha escrito y recopilados desde su niñez. En el año 2012 recién participó en un concurso, donde fueron publicados en una antología los 30 mejores escritos, entre ellos " El tren de mi vida" ,y luego en el año 2012 uno de sus cuentos fue premiado con una mención honrosa en el concurso de "Letras de Chile ".









sábado, 11 de abril de 2015

Maritza Morales Valero - Microrrelatos

DEJA VU





¡Eres una desgraciada!!!!!!!! me gritaba.


Irrumpió a llorar. Pateó con fuerza la puerta y con odio me miraba. Sentí miedo, miedo por mí, por ella. Miré el cuchillo; reposaba al borde del fregadero, tan cerca, pensé que me iba a herir o que se haría daño, siempre lo hacía cuando me culpaba.... Un temblor interno invadió mi cuerpo que se helaba, perdí el color, la sensación en mi vientre, el vacío en mi pecho... mi Deja vu, el que siempre me acompañaba, desde la primera vez que me hizo daño, desde que se lo hizo, desde que enfermó…., desde que me parió.


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Las cigüeñas son mudas

Mi cabeza apunta al suelo, hacia las nubes mis pies acomodé la postura, observé.

Tres alguaciles posaban en trajes inmaculados, proporcionaban ensueños a tres chicas que a su lado retozaban zalameras, manoseaban las esposas: las que someten a rehenes que cargan grises carrozas. A sus espaldas tumultos muchedumbres exaltadas recogía el aire insultos y a unas botellas aladas.

Gritos procurando apoyo, manchas de sangre en el piso, un teléfono corría reportaba a algún occiso. Del otro lado una voz dispuesta solicitaba detalles, ubicación: La asistencia está enviada. Mientras esto acontecía, solitaria en casa estaba la esposa fiel que colgaba de las rejas de una cuna.
(c) Maritza Morales Valero
Guayos,
Sancti Spíritus
 Cuba


Maritza Morales Valero (Guayos, Sancti Spíritus, Cuba, 1968) es poeta y narradora (literatura infantil y para adultos). Graduada de nivel medio superior, de formación autodidacta.
Se incorporó en el 2014 al Taller Literario Fayad Jamis de Guayos, donde ha participado en encuentros de escritores aficionados y ha obtenido premios y menciones en narrativa infantil, para adultos y en poesía. Tiene inéditos cuentos y relatos, para niños y adultos, y poesía. Ha colaborado con revistas infantiles y programas radiales. Fue finalista en el Concurso Nacional de Microrrelatos, auspiciado por la revista mexicana Papeles de la Mancuspia donde fue publicada su obra Cena Homenaje.

Los microrrelatos Deja Vu y Las cigüeñas son mudas fueron enviados por la autora para su publicación en la revista Archivos del Sur








































































 

sábado, 3 de enero de 2015

Emanuel Carrizo - El zapato que no se perdió

El cuento El zapato de no se perdió, de Emanuel Carrizo, resultó finalista en el Segundo concurso de cuentos de tema libre Revista Archivos del Sur (2014).

EL ZAPATO QUE NO SE PERDIÓ

Detrás del atril, con la espalda encorvada y la sobresaliente nariz apuntando hacia el enorme libro abierto, Javier permanece en silencio. Me acerco a él sabiendo que el ruido que provocaban los tacones de mis zapatos desafía el silencio imperante en la sala de la biblioteca.

Ya tomó el tren le informo.

Javier no se inmuta, sin embargo percibo con claridad el rápido movimiento de sus ojos indicándome que acaba de notar mi presencia.

¿Liz llegó a tiempo? me pregunta al cabo de unos minutos sin apartar la vista de las arrugadas páginas del libro.

Me acerco hasta la mesa alargada donde Javier ha separado los libros que piensa llevarse y reviso las portadas.

No. Tuvo que esperar hasta el siguiente tren.

Javier continúa leyendo en silencio, apartado de la realidad. El ventilador del techo produce un ruido similar al que provoca Javier cada vez que da vuelta una página amarillenta del libro. Me siento en una silla al costado de la mesa alargada y cruzo las piernas apretadas por la falda mientras espero que Javier termine.

¿Siempre está tan vacía la biblioteca? pregunto mirando alternativamente hacia diferentes direcciones y consigo captar de reojo el momento en el que Javier levanta ligeramente la cabeza y me mira por encima de sus gafas.

Es una biblioteca ¿qué esperabas?

Miro aburrida como Javier retoma rápidamente su lectura y pienso sin querer en Liz viajando en el tren con la mejilla a pocos centímetros de la ventanilla, observando el paisaje exterior corriendo a toda velocidad cual si estuviera adosado a la superficie de una rueda que gira sin principio ni final; y ese asiento amplio y acolchonado que refuerza la creencia de que es el exterior el que se mueve mientras ella, inmóvil, lo observa.

¿De qué trata ese libro?

¿Cuál?

El que estás leyendo.

Javier se toma unos segundos para desenredarse de las líneas del libro y lo veo enderezarse por primera vez desde que entré en la sala.

Es el viejo libro recuperado de una biblioteca anglicanadice.

Javier se quita los lentes y camina hasta uno de los estantes, allí recorre los lomos de los libros con el dedo mientras balbucea palabras que no pretende que yo escuche. Y quizá Liz no está sentada junto a la ventanilla del tren, después de todo ¿cómo podría yo saberlo? De hecho lo más probable es que le haya tocado el asiento del pasillo. Casi puedo ver al hombre que está sentado junto a ella, pero ese hombre no mira por la ventana a pesar de que puede, prefiere mirar hacia adelante y hacia los lados, parece que buscara algo en el vagón. Liz está inquieta, se podría decir que incómoda porque le parece que el hombre de rostro borroso mira repetidamente sus piernas le sugerí que no llevara una falda corta, ya no es una chiquilla, y observa esa mano de dedos resecos que tiembla ligeramente sobre el apoyabrazos, tan cerca de ella, como una serpiente al acecho, dispuesta a lanzarse relampagueante hacia su presa.

Javier retira del estante un libro azul con expresión de triunfo y lo lleva hasta el atril donde aguarda el libro de hojas amarillas.

Y ese libro… ¿cuál es? pregunto sólo para combatir el silencio.

Diccionario de latín. Hay palabras que no recuerdo qué significan.

Se coloca nuevamente detrás del atril. Parecería un predicador si no estuviera obsesivamente encorvado sobre los libros, se podría pensar que carga los libros sobre su espalda en lugar de tenerlos frente a él.

¿El libro grande está escrito en latín?

Javier hace una vanidosa señal invitándome a comprobarlo. Camino con paso cansino hasta colocarme junto a él y al observar el libro desde esa perspectiva compruebo primero que sus páginas son más pretéritas de lo que me he imaginado, y luego que efectivamente está escrito en un lenguaje que yo no comprendo y con una caligrafía que oscila entre la manuscrita y la impresa. Cada línea es una sucesión de palabras incomprensibles. Entrecerrando los ojos, las palabras se transforman en vagones oscuros, difusos, apenas separados. Finalmente cada línea se convierte en un tren. Un tren como en el que viaja Liz, probablemente ahora más tranquila porque el hombre que viaja junto a ella se ha dormido, o al menos eso calculo yo; pero es difícil estar segura pues el tiempo transcurre con mayor lentitud en una librería debido a que el peso de los libros entorpece su avance. Me imagino que de vez en cuando Liz intenta ver el paisaje a través de la ventanilla, tiene debilidad por este tipo de cosas, pero pronto desiste pues se siente incómoda al tener que mirar a través del hombre que viaja con las piernas separadas y que ha comenzado a roncar.

No sé cómo podés entender eso le digo a Javier abandonándolo en su altar privado. Vuelvo a merodear aburrida cerca de la mesa con los libros que él ha separado acariciando las portadas con los ojos ¿Te falta mucho?

Cuando venga Matilde nos vamos.

Pero yo calzo en mi mente la idea de que no nos vamos a marchar hasta que Javier acabe ese libro enorme y de repente recuerdo el ruido del ventilador del techo que rota inútilmente, y recordarlo es volver a escucharlo en primer plano. Esto me lleva a pensar que Liz debe estar sufriendo por el calor en el tren. Pero el vagón acaba de entrar en un túnel oscuro y Liz que no puede ver nada percibe la presencia de ese hombre a su lado como una lámpara exageradamente resplandeciente en medio de la oscuridad y no puede dejar de imaginarse esa mano recortándose en las tinieblas, indecisa y peligrosa, una garra, sí, es una garra.

Son cinco libros sobre la mesa alargada colocados verticalmente uno junto a otro. Sólo reconozco uno titulado: "El zapato que no se perdió", Liz y yo lo hemos leímos hace tiempo. Lentamente, con desinterés hago rotar cada libro aproximadamente noventa grados y los dejo a todos en posición horizontal, uno detrás del otro, como vagones de un tren unidos por un lazo invisible.

Un tren concluyo mirando los libros desde arriba, pero mis palabras se pierden entre las hélices del ventilador que producen ahora un ruido intenso, difícil de soportar ¡Mirá Javier!

Él me mira sorprendido, casi asustado porque estoy gritando y los libros no tolerarán esta falta de respeto en una biblioteca, pero él no comprende que el ventilador hace mucho ruido y si hablara más bajo no me escucharía.

¡Mirá, los libros, parecen un tren!

Liz se alegra cuando el túnel se termina y ver la luz de nuevo es como escapar de una tumba. Pero el ruido incesante del tren la aturde. Los pasajeros se inquietan.

Javier se acerca mirándome con el ceño fruncido, mueve los labios pero el ventilador o el ruido del tren no me deja escuchar lo que dice. Me cubro los oídos para mostrarle que no puedo escuchar sus palabras.

¡Mirá! repito señalando la mesa con la cabeza ¡Es un tren, tus libros forman un tren!

Yo sé que Liz comprende que algo está mal. Cada vez más pasajeros se acercan a las ventanas y comentan lo que ven afuera, pero no puedo escuchar qué dicen por culpa del ventilador. Javier se quita los lentes y me reclama algo furioso. Me señala los libros, enojado, e intenta despegarme una mano de la oreja, pero yo no se lo permito. Él no comprende que no puedo seguir soportando el ruido del ventilador.

Forcejeo con él intentando con todas mis fuerzas mantener las palmas pegadas a mis orejas. En medio de la lucha pierdo el equilibrio y al apoyarme sobre la mesa para no caerme arrojo al suelo uno de los libros que formaban el tren. Cuando el libro cae al suelo produce un sonido estridente, como el que escucha Liz en el tren. Todo el vagón vibra, la gente grita presa de la histeria mientras todos los vidrios retumban amenazando con romperse, y al ensordecedor ruido de la explosión le sigue un sonido de metales retorciéndose; el vagón se zarandea de un lado a otro y la gente se cae y se golpea. Liz intenta ponerse de pie y se sostiene del asiento donde el hombre que la ha acompañado sigue durmiendo, o quizá se ha desmayado.

¡Qué hiciste! grito recogiendo rápidamente el libro del suelo.

Javier me mira desdeñoso y suelta unas palabras que las hélices del ventilador rebanan con facilidad y que no consiguen llegar a mis oídos. Toma el libro que yo levanté del suelo y en un arranque de furia desarma bruscamente la formación ferroviaria que yo había construido con los libros sobre la mesa. Miro impotente el libro "El zapato que no se perdió" que Javier ha empujado hasta el borde de la mesa. Al volcar el vagón muchas personas salen despedidas por la ventana, una de ellas es el hombre que ha viajado junto a Liz. Ella se aferra con todas sus fuerzas al pasamano hasta que el vagón impacta contra el suelo y luego todo es vueltas y oscuridad.

Javier me ayuda a levantarme, su mirada se ha ablandado, parece más preocupado que furioso.

¿Estás bien? puedo escucharlo porque el ventilador va silenciándose poco a poco, ya ha pasado todo.

Asiento y veo a Javier recogiendo los cuatro libros y luego caminando hacia la salida con ellos.

Vamos, escuché entrar a Matilde dice.

Yo lo sigo, se voltea y al verme me pregunta por el libro que llevo entre mis manos.

Querés que lo lleve yo me ofrece tendiéndome su mano.

Observo el libro y niego con la cabeza al ver una mancha que parece de tinta roja asomándose entre las páginas.

© Emanuel Carrizo

Salta

Argentina





Emanuel Carrizo nació en Salta Argentina el 7 de Febrero de 1989. Graduado como licenciado en comercialización y diseñador gráfico publicitario. Recibió formación literaria en los talleres del escritor Julio Diaz-Escamilla.

En el año 2011 fue uno de los ganadores del Certamen de Cuentos Regionales del NOA, organizado por el Consejo Norte Cultura, siendo su cuento: "Por qué no se debe escribir frente a un espejo" publicado en la antología de ese Certamen. En el año 2012 recibió Única Mención de Honor en el certamen de Cuentos organizado por la Editorial argentina "Ruinas Circulares", participando también en la antología de cuentos publicada como resultado del evento. Y en el año 2013, se desempeñó como jurado en el siguiente certamen organizado por la misma editorial. Ha tenido otras breves participaciones en diversas antologías.

Actualmente reside en la provincia de Salta y se desempeña como consultor comercial.