martes, 16 de diciembre de 2014

Reinaldo Edmundo Marchant - Nube

tapa del libro El lugar donde la Nube Paraba - Reinaldo Edmundo Marchant
editorial Amanuense (Chile)


NUBE

Mi madre no me enseñó a leer ni a escribir, pues ella no sabía. Tampoco me inculcó matemática, lo ignoraba. No pudo adiestrarme en la historia ni la geografía. Permaneciendo en el vientre, aún sin saber cómo era mi cuerpo, le hablaba al Padre y a mí. A ambos no visualizaba.

Sólo tenía fe. Esa era su suprema confianza.

Al Padre Superior me encomendaba y en mí sembraba la creencia.

Cuando fui grande, descubrí que el triunfo de las cosas radica en reconocer que lo Celestial existe, aunque no se toca ni se ve. Ahí está el valor supremo. La convicción máxima. El Padre y yo éramos invisibles ante sus ojos, no así en su corazón. ¡Ahí palpitaba un hálito sagrado que jamás podré describir!

Yo la divertía con mis movimientos, el Todopoderoso le entregaba consuelos y esperanza. Todos los menesteres del hogar los realizaba hablando con Él. La escuchaba con oídos sorprendidos. Le preguntaba a quién se dirigía con sublime fervor:

-Al Hacedor de la tierra y los cielos que siempre nos ve- respondía con una certeza y naturalidad difícil de no creer.

Mi madre no pudo aleccionarme en la física ni la métrica. Nunca tomó un libro ni leyó un diario de la ocasión. Ni siquiera pudo ojear una línea de lo que escribiría su hijo menor. Su sabiduría estaba en los colores de la planicie. En los matices del tiempo. En los rayos azulinos del sol y en esas palabras que, desde el origen, atentamente escuchó.

Tenía un guía que nunca fallaba, el Señor.
Mi mente de niño no entendía esa confianza sobrenatural que derramaba. Testigo de carencia de puchero y de bienes, Rosa nombre que se inventó para confundir a ilusos- aún en los momentos materiales más lúgubres, no abandonaba el amor que profesaba ante el Creador.


-Jehová es mi Pastor. Nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar*- decía cual si fuera la letra de una canción.

Llanamente me explicó que fijara la atención en esa Persona justa, para ser cambiado de adentro hacia fuera. Para huir del mal y nunca ser alcanzado por el dolor. Insistentemente me pedía que pensara y creyera en su Salvador. Que lo hiciera limpiamente, crédulo a más no poder. Que de este modo bajarían sorpresas, que el mundo jamás podría entender.
Confesó con inenarrable inocencia lo sentía- que Jesús deseaba establecer un vínculo de amor y de amistad con seres que se han criado bajo el desamparo y distantes de quienes ostentan el poder.


Que sería el único Hombre misericordioso que jamás me desatendería, y que algún día en carne propia lo habría de reconocer.

"Comprobarás que velará por tus pasos en días con sombras y luz", aseguraba bañada en un agrado que contagiaba lo más íntimo de mi ser.
Con esas elementales enseñanzas las mayores de mi vida-, avancé por el rabioso bosque terrenal, tratando de evadir aquel polvo que soplaba aire rancio en la nariz. Me hice fuerte en la soledad, valiente en las penurias, un poderoso creyente de su bondad. Como carecía de progenitor, a Jehová nombré mi padre y a su Hijo le declaré una sincera amistad.


En días salpicados de nubarrones, recurro a aquellas primeras enseñanzas, levanto la vista para obedecer a la luminosa nube de lo Alto, y exhorto sumido en gratitud:

- ¡Amén, madre, amén, por presentarme Amigos cálidos que nunca dejaré de querer!







*Salmo 23: 1



(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

El cuento Nube pertenece al libro El lugar donde la Nube Paraba, de Reinaldo Edmundo Marchant, publicado por la editorial Amanuense (Chile)

Reinaldo Edmundo Marchant - Luz

tapa del libro El lugar donde la Nube Paraba - Reinaldo Edmundo Marchant
editorial Amanuense (Chile)


LUZ

Jesús es un amigo. Nuestro buen pastor. Le hablo lo que me ocurre. Nadie escucha con su atención. Todas las cosas imposibles revelo a su Corazón. Sé que el fruto de su Espíritu es amor y perdón. Está montado sobre un asno. Es sencillo y humilde, como la pequeña flor.

Jesús es luz en las tinieblas, libera a almas perdidas. Cada día diálogo con Él. Siempre agradezco lo que regala. La aparición del día. Aquel pajarillo que revuela tintineando notas alegres. Esa semilla que alimenta y la dicha que genera la fe. Enseña que a nada se debe temer. Que sigamos caminando con las manos abiertas, a la manera de un ave jugando con el sombrero de un rey.

Clemente y piadoso es este amigo. Lo que dice es sabiduría Divina, una deliciosa fuente de agua cristalina. Acompaña sin dejarse ver. Toca el hombro para que se entienda que se encuentra atento por ahí, vigilando el prado de aves que no les faltará qué comer. Brinda la misma protección que a Judas Iscariote, quien lo traicionó y luego santiguó con su perdón.

Jesús es palpable. Tiene franqueza de camarada. Es accesible como una ventana al sol. Dispone a los amados para que se fortalezcan en respeto y bondad. Con voz amable invita a recorrer los secretos eternos. De cuando en vez, utiliza metáforas de correcciones hacia el hombre que desea renacer.

En momentos de zozobras lo invoqué y mi ánimo comenzó a sostener. Aguardaba ese arrepentimiento que no podía desprender. Sin ostentación, me hartó de alivio. Robusteció la lámpara de los ojos. Traspasé sentimientos llenos de pesar. Desdichas. Heridas abiertas con sal. A menudo lo escucho decir: siempre cuéntale al Padre que hiciste lo que te vio hacer.

Cristo es un compañero universal. Diseñó un plan de adoración para los que están en faltas y no pueden avanzar. Le gusta amar que ser amado. Oír a los que padecen y no encuentran paz. Siembra consuelo en seres humildes. A aquellos quela gente llama basura, los declara tesoro del Reino Celestial.

Busca ovejas perdidas. Si falta una de un millar, a esa sale a encontrar. Hizo crecer una calabacera, que en una noche nació y en la otra noche pereció. Es inseparable incluso cuando nadie lo es con Él. Glorificó a quienes lo negaron. En la Cruz clavaron sus Manos, y a un ladrón aseguró su redención. Nunca olvida al huérfano. Al que está en abandono. Cuando la vida se pone dura, rescata de espesos bosques, sin esperar nada a cambio.

Sabemos que es el Hijo de María y José. Puso la otra mejilla. Predicó parábolas para librarse de la maldición. Es intermediario de un Ser Superior. A su tiempo satisface lo que necesitamos. De tanto apreciarlo en la piel, suelo imaginarlo a la manera de un niño sabio que recoge las desventuras que a modo de trampas ponen en los pies.

En medio de turbulencias paganas, a incrédulos resaltó que nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos*. Así es el Mesías, nacido en una modesta casa de Belén. Quien, en medio del bullicio terrestre, no se cansó de amar, dar y servir. Y hasta hoy derrama confianza, sentado a la diestra de su Padre, en el Tercer Cielo, frente a la música de un mar sonoro.




Juan 15:13


(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

El cuento Luz pertenece al libro El lugar donde la Nube Paraba publicado por editorial Amanuense, Chile.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Denise Lopretto - ¿Sueñan los androides con tareas domésticas?

El cuento ¿Sueñan los androides con tareas domésticas?, de Denise Lopretto resultó finalista en el Segundo Concurso de cuento de tema libre Revista Archivos del Sur


¿Sueñan los androides con tareas domésticas?


Cómo terminé en medio de una pelea a muerte con un robot humanoide es algo difícil de creer, incluso para mí. Pero eso fue exactamente lo que pasó.

Un día, al volver del trabajo, abrí la puerta de casa, ¿y qué veo? Una chica de un metro y medio de alto más o menos, muy bien formada aunque de contextura pequeña, vestida con ropa mía de entrecasa. Tenía el cabello rubio claro, lacio, largo hasta la cintura; los ojos, cerrados, y el rostro, inexpresivo. Era hermosa, pero no pude evitar sentir un escalofrío.

Un movimiento detrás de ella me hizo saber que Bruno, mi marido, estaba haciéndole algo; tan concentrado estaba que ni se había percatado de mi llegada. Carraspeé un poco y hablé.

-¿Y esto?

Asomó la cabeza por un costado, alegre como un chico el día de su cumpleaños.

-¡Llegaste antes! Estaba terminando de configurarla. ¿Te gusta?

-¿Qué es esto?

Se enderezó, puso la mano en el hombro de la cosa ésa, fuera lo que fuera, y dijo:

-¿Te acordás cuando dijiste que querías que alguien te ayudara con las cosas de la casa?

-Sí, pero con "alguien" me refería a vos…

Sin prestarme la más mínima atención, dio un paso hacia atrás, estiró los brazos abriendo las manos hacia el robot y dijo:

-Taráaaaaan!! ¿Qué te parece?

Con tal de no lavar los platos es capaz de cualquier cosa, pensé, aunque sabía que igual habría terminado construyendo algo por el estilo tarde o temprano. Yo sólo le había dado la excusa. Y mejor uno pequeño y constructivo, que uno gigante que destruya todo el barrio. No quise parecer desagradecida, así que traté de ocultar mi consternación lo mejor que pude. Después de todo, quién sabe los años que le había llevado. Di una vuelta alrededor del robot, y vi que en una muñeca tenía escrito R.O.B.O.T.I.N.A. # 5.

-Es muy bonita, amor… ¿Qué significa la sigla?

-Robot Ogareño Blindado Omnímodo Transformable Inteligente Naturalmente Adaptable. Es la quinta versión. El primer prototipo totalmente funcional.

Volví a mirarla, tratando de alegrarme.

-Muy, muy linda… Pero "hogareño" va con hache, amor.

Le levantó un mechón de cabello detrás de la oreja izquierda y presionó un botón. El robot se enderezó y comenzó a mover las articulaciones. Habría pasado por una persona real de no haber sido por el ligero chirrido de los servos.

-Los muchachos de la fábrica me ayudaron a construirla: el Chino hizo toda la parte de diseño y el Flaco programó la inteligencia artificial. Yo solo habría tardado el doble de tiempo. Igual, lo más difícil fue mantenerlo en secreto para que no te enteraras. A que es el mejor regalo sorpresa del mundo, ¿no?

El robot abrió los ojos y habló:

-Di-ga-la-de-no-mi-na-ción.

Una voz femenina muy suave, sin ningún tipo de inflexión. El cabello de la nuca se me erizó. Sus ojos miraban más allá de mí con una inquietante expresión de vacío. Me sentí transparente.

-Quiere que le des un nombre, Ana.

Durante unos instantes, permanecí de pie en la sala, con el bolso en la mano y la campera todavía puesta mientras Bruno esperaba mi respuesta. Pero mi mente, para variar, iba atrasada en la conversación.

-Pará, ¿dijiste "inteligencia artificial"?

-Sí, aprende y se adapta re fácil, podría hacer los mandados si quisieras.

Pero yo tenía suficiente ciencia ficción encima como para saber que tal cosa sólo podía terminar mal.
-¿Pero vos estás loco? No aprendió nada viendo Matrix, pensé. -¿No te acordás de que el Flaco contó que sus I.A. hacían cosas raras? Vos mismo decías que…

-No te preocupes, me dijo que corrigió todo eso; ahora es perfectamente seguro. agregó, señalando al robot. Lo miraba con tanto cariño que era casi conmovedor. Como si no tuviera una hija ya, pensé.

Dale, ponele un nombre volvió a decir.


Ahora tenía otra, pero nacida de su cabeza.

-Minerva.

-Más horrible no se te ocurrió, ¿no?

-Mi-ner-va. Di-ga-su-de-no-mi-na-ción.

-Ana.

-A-na.






A la larga me acostumbré y llegué a pensar que el Flaco tenía razón. Minerva era dócil y eficiente, y aprendía muy rápido. En un mes limpiaba, lavaba y ordenaba exactamente como yo le había enseñado, e incluso mejor. Y como tenía las piernas y los brazos extensibles, adopté la costumbre de pedirle que me alcanzara las cosas en lugar de subirme a las sillas. Pronto olvidé mis aprensiones del comienzo, más que nada por el hecho de que tenía más tiempo para dedicarle a Zoe, al trabajo, al jardín, a mis amigas... Bruno también se vio beneficiado, pues a menudo se la llevaba al taller para que lo ayudara en sus proyectos, y siempre decía que era la asistente ideal. Incluso Zoe la había aceptado como niñera las pocas veces que la dejábamos con ella.

Pronto se convirtió en un miembro más de la familia.






No sé cuándo comencé a pensar que pasaba algo raro. Quizás fue una acumulación gradual de detalles que de pronto se hicieron notar, o sólo se le había quemado un circuito de un día para el otro. El caso es que de repente me obsesionaba la idea de que Minerva me odiaba. Me parecía que hacía de mala gana lo que yo le pedía. A veces se me ocurría que pasaba demasiado tiempo con Bruno. Me puse paranoica. Comencé a vigilarla constantemente, revisaba lo que hacía, buscaba cualquier excusa para salir de la casa con tal de no quedarme sola con ella.

Traté de tranquilizarme; me dije que era sólo mi imaginación, que había leído demasiados cuentos de Asimov, pero no sirvió de nada. Por supuesto que cuando le comuniqué mis inquietudes a Bruno, no me creyó. "Vos y tus cuentos apocalípticos", me decía, "Es perfectamente segura." Pero no llegaba a convencerme.

Hasta que una vez abrí los ojos a mitad de la noche y la vi de pie, de mi lado de la cama, observándome, si es que puede decirse tal cosa. Creo que desperté a toda la cuadra con el grito que di. Tuve un ataque de nervios, de modo que Bruno se la llevó al taller y la desactivó. Volvió con una taza de tilo bien cargado, y me calmó diciéndome que llamaría al Flaco para que revisara la I. A. cuanto antes.

Al día siguiente me fui a trabajar. Minerva había quedado encendida para limpiar el sótano, donde Bruno tenía su taller. Él se había llevado a Zoe a lo de su madre, ya que se había tomado la tarde libre, y me había prometido que estarían en casa antes que yo para que no tuviera que quedarme sola con el robot.

Sin embargo, al volver, me di cuenta de que aún no habían llegado. Minerva había salido del taller y estaba junto a la biblioteca, destruyendo sistemáticamente mis libros. Una montaña de hojas de papel desgarradas le cubría los pies. Me quedé helada en la puerta sin poder creer lo que veía. Ella giró la cabeza, y por un instante nos miramos en silencio, hasta que soltó el volumen que tenía en las manos y se lanzó hacia mí.

Me derribó e hizo que me golpeara la cabeza contra la puerta. Creo que me desvanecí por unos segundos, porque recuerdo despertarme y sentir que alguien me arrastraba del brazo derecho por las escaleras. Tuve la suerte de tomar a tiempo la escoba, que había quedado a un lado, y le di en la cabeza a Minerva con toda la fuerza de que era capaz. Siguió arrastrándome. Volví a golpearla donde podía, tres, cuatro veces, hasta que logré que me soltara.

Caí por los pocos escalones que había subido y me incorporé. El hombro derecho me dolía horrores, pero tomé la escoba con las dos manos y me puse en guardia. Minerva no se movió. Sólo estiró sus brazos hacia mí con una velocidad tal que apenas pude esquivarla. Las manos siguieron de largo y atravesaron la puerta. Ella permaneció inmóvil, salvo por sus brazos, que retrocedieron haciendo caer algunos trozos de madera y se volvieron hacia mí otra vez, como serpientes.

Una y otra vez siguió atacándome, y yo la evitaba como podía, defendiéndome con la escoba. Los golpes apenas le hacían mella, así que me vi obligada a improvisar. Mientras continuaba eludiendo sus embates, me las arreglé para subir las escaleras, sujetar a Minerva de los hombros y hacerme a un lado justo antes de que sus manos me alcanzaran. Se golpeó en pleno rostro y la solté para dejar que rodara escaleras abajo.

Se había dañado gran parte de la cabeza, por lo que había perdido el control de sus extremidades, pero así y todo seguía moviéndose. Sus brazos y piernas, ahora también extendidas, serpenteaban por toda la sala destruyendo lo poco que había quedado entero.

Me acerqué con cuidado y la golpeé hasta que dejó de funcionar.






Bruno llegó media hora después, con Zoe en brazos, pues se había quedado dormida. Yo estaba medio recostada en el umbral de la casa, tal como había quedado de la pelea. Había gastado la poca energía que me quedaba arrastrando a Minerva escaleras arriba hasta el dormitorio para arrojarla por la ventana a la calle, sólo para desquitarme. Algunos vecinos rodeaban el montón de metal y cables, como si eso fuera a darles algún tipo de explicación. Ninguno se me había acercado. Después de un combate a muerte con mi propio Terminator, no me sentía con ganas de conversar con nadie, y probablemente se me notaba en la cara.

Los ojos de Bruno, al ver el desastre, no podían abrirse más:

-¿Qué pasó?

-Nada respondí-, que ni a los robots les gusta hacer las tareas domésticas.



(c) Denise Lopretto

Temperley

Provincia de Buenos Aires

 

Denise Lopretto nació en la ciudad de Buenos Aires el 25/02/1983. Es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Desde 2013 vive en Temperley, provincia de Buenos Aires. En octubre de ese mismo año comenzó a participar del taller de escritura "Móntame una escena", de Literautas.com. En abril de 2014 creó el blog literario "Primera Naturaleza", donde publica la mayoría de sus relatos.

"Canción de medianoche" - Finalista en el concurso "La lupa ediciones 2013"

"Déjà vu" - Publicado en la 2º antología del taller "Móntame una escena" 2013 - 2014

"Ajo a todo" - Publicado en la antología "Vislumbrando horizontes 2014" de la editorial Libróptica







martes, 2 de diciembre de 2014

Federico Rivero Scarani - El imponderable Señor Azul

Federico Rivero Scarani


El cuento El imponderable Señor Azul, de Federico Rivero Scarani resultó finalista en el Segundo Concurso de cuentos de tema libre Revista Archivos del Sur, con el seudónimo Renato Russo.

El imponderable Señor Azul

No sé ni cuándo vino ni por qué. Preguntarse esto es valorar el tiempo y el hecho acontecido en ese tiempo. Es por ese motivo que comenzaré a narrar la historia en cuestión, tratando de ser lo más fiel a lo acontecido a pesar de ciertas lagunas mentales sufridas.

Tomando un largo café con el Señor Bordoli durante una fría tarde de junio, entablamos una animada conversación sobre diversos temas. El lugar era acogedor, y éramos pocos los que nos encontrábamos ahí. Los afiches y los cuadros sobre la pared inducían a una sugestión inefable en mi espíritu, que sino era de desagrado tampoco era de alegría ni muchos menos. El Señor Bordoli, de más de sesenta años y de un garbo envidiable, pasó rápidamente de una conversación a otra; el tono de su voz había cambiado, era grave y pausado, lo que me llevó a prestar más atención a sus palabras.

- Yo experimenté un inmenso desagrado y a la vez una fascinación tentadora aunque me contuve por temor.-, expresó fríamente mirándome a los ojos.

- ¿Qué fue lo que experimentó?

- El encuentro con el Señor Azul.- me respondió quizás con un dejo de temor y admiración a la vez.

- ¿Y quién es ese Señor Azul?

- Es indefinible, diría que estrambótico. Una "persona" que espero nunca más volver a ver.

- Le hizo pasar un mal rato.

- ¡Peor que eso! Me quitó las ganas de vivir; y si vivo es por puro instinto de conservación. Debí refugiarme durante años en la psiquiatría, me fui curando pero con el riesgo de perder la razón, no solo por el encuentro, sino por la desconfianza que despertaba en los profesionales de la salud.

- ¿Me quiere contar la historia?-, le pregunté con curiosidad nada disimulada.

- Si está dispuesto a tomar otro café conmigo lo haré, pero con la condición además de que no me haga ningún juicio mientras hable, ni tampoco me interrumpa. Después piense lo que se le antoje, no mitigue el desprecio y la burla si lo desea.

Accedí escuchar la historia del encuentro y fue así que comenzó.

En el invierno acostumbraba a pasar varios días en una casa que tengo en un balneario , pero no fui más después del encuentro con el Señor Azul. Me gustaba sentarme al lado de la estufa con el fuego ardiendo sobre un trafoguero mientras bebía un cognac escuchando a Vivaldi. Adoraba el Invierno de las Cuatro Estaciones, en tanto el mar y el viento rugían afuera envolviendo el paisaje de eucaliptos y pinos. Una tarde me excedí con el cognac trayéndome como consecuencia una borrachera inmunda que casi me lleva al vómito. Me dormí, o mejor dicho, me desmayé en el sillón al lado del fuego crepitante. Cuando desperté del letargo la resaca me hería las sienes y el espíritu; intenté levantarme para beber agua pero no pude, y fue en ese momento de enferma voluntad donde escuché un zapateo en la cocina, luego unos pasos que se acercaban y finalmente una figura toda de azul, camisa, corbata, pantalones y zapatos, ¡y también la cara, el pelo y el bigotito!, ¡y hasta los dientes se dejaban ver azules desde una sonrisa cínica!, pero lo peor eran los ojos de un azul profundo y malignos que me miraban con reproche y sarcasmo.

- ¿Qué hacés, viejito?-, dijo su voz gangosa-. ¡Te pasaste de la raya, perejil!

- ¿Quién es usted?-, le pregunté con la lengua trabada y reseca.

- ¿Quién soy?, ¡y que te importa quien sea, zapato! Igual me voy a presentar-, y comenzó a zapatear sacando no sé de dónde un bastón blanco y grueso con el que me pegó en una rodilla. Grité del dolor y me dijo que no fuese cobarde, que un hombre ni grita ni llora por un simple y maldito golpe en la rodilla. Me enfurecí y la resaca se me fue casi de golpe, pero me calmó de prepo amenazándome con el bastón blanco.

- ¡No te sulfures, pituco, que te voy a decir por qué estoy acá! Deberías saber a tu edad que "la gloria es el sol de los muertos" (Balzac) y estás ahí echado como un sapo en el paso sin hacer nada, y no es que ignores que la pereza es un pecado porque lo sabés más que yo; deberías tener en cuenta que en la vida "Taciti, soli, sanza compania/ n’andavam l’un dinanzi e l’altro dopo/ come i frati minor vanno per via" . (Canto XXIII, Infierno, Divina Comedia de Dante Alighieri: "Callados, solos, sin compañía, íbamos el uno detrás del otro como frailes menores por sus caminos").¡Y no te hacés problemas, claro, si la copa te quita la soledad! O te la trae como si fuese una muleta. ¡La disfrutas, viejito glotón, porque el pobrecito sufrió tanto ...!, "Tu as souffet de l’amour a vingt et á trente ans ... e tu bois cet alcohol brûlant comme ta vie, ta vie que tu bois comme eau-de-vie". ("Has sufrido de amor a los veinte y a los treinta años … y tú bebes este alcohol ardiente como tu vida, tu vida que bebes como si fuera aguardiente", Apollinaire, Zona). ¿No, mi querido?.

Luego de esta larga cháchara e incomprensible me acercó el rostro azul a mi cara abriendo la boca de lengua azul y me mordió la mejilla con sus dientes azules y no me soltó por un buen rato.

- ¿Pero estás loco o endemoniado, mamarracho?-, le grité tomándome la cara y con la intención de partirle la botella por la crisma; pero fue tan rápido y hábil que me tomó la botella y la partió contra la estufa avivando el fuego con el resto de líquido, con el pico de la botella se me acercó amenazándome y canturreando "Living la vida hermosa, living la vida hermosa, ¡olé!" Buscó un silla y se sentó cruzando las piernas frente a mí. No me dejaba levantarme del sillón, así que tuve que quedarme postrado escuchándolo.

- Nacés, vas a la escuela, crecés y comenzás a trabajar; te fornicás a la mujer que te pasa al lado, ¡asquerosa concupiscencia!, te jubilás, envejecés, te emborrachás y te ... ¡morís!, jajajajajajajarajaja, y rellenás todo ese tiempo con habladurías, consumiendo confort, criando los berretines de tus hijos, pagando cuentas etcétera, etcétera. ¡Y no te jugaste jamás por nada! "Questo misero modo/ tegnon l’anime triste di coloro/ che visser sanza infamia e sanza lo do" ("Esta mísera suerte sufren las almas tristes de aquellos que torpemente vivieron sin vituperio ni alabanza", Canto III, Infierno, Divina Comedia, Dante)

- ¿Y usted quién es para venir a juzgarme sin conocerme?¿De dónde salió? Supongo que de un tarro de pintura.

- ¡Exacto! Soy un genio moderno y por eso vine a cumplirte tres deseos que son: molerte a palos, arrancarte los pocos pelos que te quedan, y llevarte atado a un asilo.

- Usted está muy mal, mister Blue, en serio se lo digo; su facha lo dice todo: pintado y vestido de azul, ¡¿Cómo entró a mi casa?!
- Por algo llamado puerta mientras dormías la mona. ¿Acaso te olvidaste cuando prometiste aquella vez, desesperado por tu hijo accidentado, que serías capaz de vender tu alma? Pues te digo que ya lo hiciste, yo no la compré sino que vos la vendiste. Y ahora estoy acá para recordártelo. "¡Cuán por encima de todas la riquezas está la prudencia!" (Tiresias, "Antígona", Sófocles)y de esa virtud de las virtudes no tenés la menor idea. En ese momento saltó del asiento y se puso a representar una farsa mezclándola con un zapateo de music hall.



- ¡Usted está hablando estupideces! Jamás prometí nada, y si lo hubiera hecho no vendí ni un átomo de mi alma y pongo a dios por testigo.

- "No tomes en vano el nombre de Yavé, tu Dios, porque Yavé no dejará sin castigo a aquel que toma su nombre en vano", (Éxodo, 20:7),circunspecto y burlón deteniéndose con talante grave en tanto se retorcía el bigotito azul.

- ¡Por favor déjese de citar y de hablarme en otro idioma! Quiero saber qué lo trajo hasta aquí; yo no molesté a nadie ni me metí en casa ajena. Le suplico, de verdad, que me ahorre el sufrimiento que me está causando.

- ¡Ah, no no no no no! Usted se equivoca, doctor; usted está envilecido y eso es una enfermedad, yo soy el médico. ¡Alégrese que vengo a curarlo!- Y diciendo esto comienza de nuevo a bailotear, a saltar, tomó un charango que estaba colgado en la pared y lo rasgó sacando atroces sonidos infernales que me taladraban la cabeza. Nuevamente comenzó a canturrear.

- "Yo soy el tenebroso, el viudo, el desdichado,/ el aquitanio príncipe de la torre sombría./ Mi sola estrella ha muerto; mi laúd constelado/ ostenta el negro sol de la melancolía" (Gèrard de Nerval)

Parecía que sus palabras también eran azules como sus manos y todo ese rostro estirado y bufonesco. Le supliqué que parara, que se detuviera en su loca palabrería y gestualidad, pero era en vano; dejaba el charango y tamborileaba sobre la mesa con el bastón y la mano, cruzaba las piernas constantemente mientras cantaba sin fin el estribillo.

- "Y he cruzado dos veces el agua del Aquerón". (Gerard de Nerval) Me has dejado solo como un cabello en el peine -, y reía la estupidez que le salía de la boca azul.

- No seas tímido, vení a divertirte, ¿o acaso necesitas otra botellita, mamón? Te voy a contar la historia de ropero glotón y del bombón eléctrico. Resulta que una vez un ropero ...
- ¡Cállese, demente! grité como energúmeno y quise levantarme, pero el Señor Azul fue tan rápido que me atajó por los hombros empujándome hacia atrás con tal fuerza que casi vuelco el sillón con mi caída.


- Usted no está en condiciones de exigir nada: 1- tiene derecho a guardar silencio porque lo que diga podrá ser usado en su contra,, 2- si no tiene un abogado mejor porque no sirven para nada, 3- el Estado le brindará uno, si usted lo suplica, para que lo enloquezca, 4- "Los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur", (Vicente Huidobro).

Comencé a llorar como un chiquilín; era tan grande la angustia y la desesperación que no podía reprimir el llanto; sin embargo no impidió que me siguiera torturando con palabras y gestos. Era una maldición, una pesadilla de nunca acabar; creí que me estaba volviendo loco cuando de pronto se hizo silencio. El Señor Azul no estaba, se había esfumado con rapidez. Observé alrededor y no lo vi. Me levanté del sillón trastabillando y me dirigí a la cocina, tampoco lo encontré. Suspiré profundamente aliviado. Cuando volví al lado de la estufa tambaleándome lo encontré sentado en el sillón.

- "Veritas non est vernilis (La verdad no es servil)- dijo con parquedad. Y continuó: Soy lo que soy, una fiebre, un trastorno, una alucinación, un enigma que nace de tu cerebro. Se nace hormiga, o paloma, o medusa; se nace hombre y por qué no nacer como entidad superior? Siéntese, por favor. Hay pájaros que parasitan a otros pájaros, el tordo, por ejemplo. Y el hombre no debe extrañarse de tal conducta, sea de un animal o de una planta. El león mata los cachorros para que la hembra entre en celo. Son irracionales. Sin embargo el hombre se distingue de ellos aunque asumiendo conductas similares. Un sistema político o económico es una abstracción, pero las consecuencias de los mismos se perciben. Durante milenios el hombre abusó de su prójimo, y lo sigue haciendo con la ilusión, creada por el sistema, de que ahora se vive históricamente mejor que siglos anteriores. La comodidad y el confort embrutecen tanto como la ignorancia, de hecho es una clase de ignorancia refinada. Las alas de las mariposas en Pekín provocan huracanes en la Florida; esto ilustra que todo está interrelacionado. Un atentado en Londres mata decenas de personas, a los días significativamente, en Pakistán, mueren centenares de personas por el choque de trenes; ¡vaya casualidad, los terroristas eran de origen pakistaní! Otro caso: hacen estallar un misil en un asteroide con el objetivo de "estudiar" ciertas reacciones, como si las potencias humanas fueran análogas a las de una piedra que flota en el espacio; unos días después un cometa cae aquí en el río a unos centenares de kilómetros. El dedo toca el péndulo y éste se mueve; y a veces con esto no alcanza; intentan tocar el péndulo dentro de cincuenta años, a partir de ahora se planifica, se estudia, se observa, se calculan probabilidades y se construye un modelo de futuro para ser aplicado en próximas décadas. El poder del capital se invierte en nuevas probabilidades de vida para sí mismo; se construirá para un sistema dominante y no para el hombre. El símbolo se lo tragará. Millones de seres humanos ignoran el movimiento de hilos y quiénes lo manejan. La realidad se va construyendo al ritmo del látigo de los poderosos; guerras étnicas, guerras económicas nacen del mismo germen. El dominio y el poder se construyen paralelamente a la realidad, ¿acaso no existe otra alternativa de realidad?. No me pongo metafísico. Res rei. El instinto de supremacía junto al de conservación hacen que muchos se mantengan de pie sobre la humanidad de tantos. El hombre actual extingue a su hermano como lo hizo el cromagnon con el neardenthal, pestes elaboradas en laboratorios estelares, división entre los pueblos, hambre fomentada y mientras la hipnosis de la información en aludes no permite procesar ni reflexionar nada; se multiplica hasta la n potencia creando un noctambulismo que lleva a la rutina e impide un instante de reflexión sobre "cómo estoy parado en el mundo" o "adónde voy con tanta prisa; y se cercena la espiritualidad, esa vitalidad anímica que, aliada a la imaginación, hace que el hombre sea un ser humano. Al no haber espiritualidad ni imaginación la persona se anquilosa y satisface sus deseos precarios o naturales por medio de la adquisición simbólica del consumismo. ¿Y la insatisfacción? Cuando se tienen todas las necesidades básicas satisfechas, al costo del trabajo, de los horarios y del rumor de la "máquina", algún vacío queda por llenar. Ese vacío está insatisfecho, y podrías satisfacerlo con las bellezas del arte o de la naturaleza, o con una buena comida, o con un reloj; pero cuando ese monstruo no se satisface con nada, ni material ni emocional, ¿qué queda? Un deseo frustrado que acarrea, en ocasiones, la ira, o un hambre feroz de poseer algo, apropiárselo, como si la cosa o el objeto tuviesen alma para beberla igual que un licor. Por eso la constante búsqueda de satisfacción y de hedonismo sino deviene la frustración. Quizás sea esa la meta del hombre en esta tierra, su objetivo primordial, su quintaesencia. Es posible que la suma de voluntades, que de hecho están dirigidas y digitalizadas, sea esa búsqueda de lo inefable que en definitiva no es más que un puzzle de infinitas cosas materiales y emocionales. ¡Vaya el libre albedrío! Cada persona, como tú, tiene su puzzle y jamás lo logran armar. Los desdichados, los olvidados y postergados de alguna manera también lo tienen a menor escala. Y esa entelequia denominada humanidad conforma un gran rebaño dirigido por voces del poder, por signos producidos por este y por tradiciones anquilosadas. Toda la aventura del hombre se resume en la constante búsqueda que equilibra y desequilibra, y en este vaivén den vueltas bajo la sombra del árbol de la Ciencia para el Bien o para el Mal. Aquella serpiente es el gran símbolo de la insatisfacción humana durante aquel tiempo sin tiempo en el que se hablaba directamente con Dios y este respondía. Con el lenguaje dado como don el hombre habló directamente con Dios, pero también habló y escuchó a la serpiente, es decir, se escuchó a sí mismo aún desconociendo su innato deseo de poseerlo todo. Ya Babel habría sido el prístino intento de globalización, se dirá que terminó con el magno proyecto de soberbia, el pecado más de moda. La vanidad, que refleja el autoengaño de la ignorancia, la ceguera de la vanidad.
Ahora que te observo mientras te hablo, aprecio que tu gesto se ha demudado pasando de la crispación a la tolerancia atenta de mis palabras. Creíste que por ser yo una quimera no podía hablar con cierto tono de seriedad, más allá de mis estultos conceptos, al menos me reconozco como una entidad con falencias. Y te diré, además, que desconfío de los virtuosos. suficiente don es una virtud, porque cuando muchas se tienen se mezclan entre ellos haciéndose oscuras y turbias. Descubrir tu virtud se asemeja a los dones de las Hadas de las que escribió Baudelaire; se nace con uno y se lo lleva siempre aun en las peores tormentas emocionales. Descúbrelo y serás otro hombre. No te confiaré, porque no estás apto pues desconoces las negras puertas de diamante, de cual región provengo. Deberás, si quieres, dilucidarlo por tus propios medios, y ni aún con la mejor buena voluntad, creo, en lo personal, que descubrirás dicha región vedada a la gran mayoría de los hombres. No estamos solos en el mundo, y no es una frase manida; se está solo cuando la voluntad se enferma, o la tristeza embarga, cuando la insatisfacción corroe el tuétano y el espíritu (y no olvides que este es parte del alma junto con la memoria, la voluntad y el entendimiento, sus tres potencias) El quid estriba en mantener la armonía, como una dulce melodía, y es tarea ardua. No soy un filósofo ateniense, pero los conocí y dieron mucho que hablar. Lo voy dejando, mi buen señor, y espero no haberlo trastornado.

Mientras largaba su discurso no paraba de mover sus piernas cruzándolas de acá para allá; en un momento escuché un ruido en la cocina y me di vuelta, fue en ese momento que el Señor Azul se esfumó por la estufa. Desde ese momento nunca más lo vi. Se detuvo dejándome impávido, confuso y sobre todo diferente. Su presencia me cambió; su último discurso me llevó a la reflexión, que aún hoy la practico porque fueron muchas idea que me lanzó y que yo desconocía. Tuve que ponerme a estudiar nuevamente para comprender algo.


El Señor Bordoli encendió un cigarrillo y aspiró con ganas. Me mantuve callado un par de minutos y luego agregué.

Fue una experiencia de pesadilla si "realmente" sucedió. ¿Quién era el Señor Azul?

- Quizás un ángel, quizás un demonio, o ambas cosas .Tiene derecho a no creerme, resulta tan inverosímil.

- Desde luego que sí-, afirmé.

Nos despedimos hasta un próximo encuentro; tal vez tuviera que agregar algo más a este estrafalaria historia, o probablemente no se refiriera más a ella. La cuestión es que cada vez que me siento en mi sillón solo temo por la aparición del Señor Azul. Ahora que voy terminando de contar esta historia en base a lo que me confesó mi amigo, acabo de escuchar una risa en la cocina, y percibo una sombra, y esa sombra es azul.

(c) Federico Rivero Scarani

Montevideo

Uruguay


Federico Rivero Scarani Nació en Montevideo, República Oriental del Uruguay, el 25 de enero de 1969. Docente de Literatura egresado del Instituto de Profesores Artigas, Obras: "La Lira el Cobre y el Sur "(1993), "Ecos de la Estigia" (1998),"Atmósferas" (Mención Honorífica de la Intendencia Municipal de Montevideo, 1999), participó en el CD "Sala de experimentación y trabajos originales", Maldonado 2002,"Synteresis perdida"(2005), "Cuentos Completos" 2007, "El agua de las estrellas" (2013), "Desde el Ocaso" (2014) editado en las páginas digitales EspacioLatino.com/Camaléo.com. Colaboró en diversos medios del país como El Diario de la noche, Relaciones, Graffiti, y también en Verbo 21. com y Banda Hispânica.com Publicó un ensayo sobre el poeta uruguayo Julio Inverso ("El lado gótico de la poesía de Julio Inverso") editado por los Anales de la Literatura Hispanoamericana de la Universidad Complutense (Madrid-España). "El simbolismo en la obra de Julio Inverso", escritores.org/baobac.com/ Agulha-Banda Hispánica. Participó en antologías de poetas uruguayos y colombianos ("El amplio jardín", 2011) y Poetas uruguayos y cubanos ("El manto de mi virtud"). Mención Honorífica por el trabajo "Un estudio estilístico de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca", 2014, Organizado por el Instituto de Estudios Iberoamericano de Andalusíes y la Universidad de La Plata (Argentina). Accésit Premio José M. Valverde, Catalunya, 2014. Fue docente de la cátedra de "Lenguaje y Comunicación", en el I.P.A. Corrector de las Pruebas para Aspirantes a ingresos a Institutos de Formación Docente, Aplicador de las mismas pruebas, Dictado de clases para la preparación de los Aspirantes.








lunes, 1 de diciembre de 2014

Aldo Rosales Velázquez - Los bares en Málaga

Aldo Rosales Velázquez
El cuento Los bares en Málaga, de Aldo Rosales Velázquez resultó finalista en el Segundo Concurso de Cuentos de tema libre  Revista Archivos del Sur.

 
Los bares en Málaga

 

 
-Piensa en un lugar, digamos… Málaga, ¿cómo son los bares ahí?

Ernesto tiembla al escuchar la pregunta. Cierra los ojos, respira hondo, comienza a imaginar ese lugar, aunque nunca había oído hablar de él. Las calles son rústicas, forradas de piedras lisas y brillantes, color miel, como panecillos duros. Toca la puerta de un edificio que cree reconocer como un bar, aunque no sabría decir por qué.

-Tocaste la puerta, eso es raro. Bien. ¿Y te han abierto?

Abre un hombre entrado en años, de pelo lacio y escaso, como cabellera de bebé. Contesta el buenas tardes con un español raro, ahuyenta las moscas sobre un trozo de queso en un pequeño plato de bordes desportillados sobre la única mesa. Regresa a su lugar tras la barra y recarga los brazos sobre ella.

-¿Es la única mesa?

Más al fondo, apenas iluminada por un foco en la pared, hay otra: frente a ella un hombre inmóvil; parece dormido. Entre sus manos, un vaso de líquido ámbar y, sobre sus piernas, como si fuera una cobija, un diario donde se lee: torero perdió la vida en la faena. El hombre tras la barra sirve cerveza en un vaso largo, delgado; lo coloca frente a Ernesto, espera.

-Vas a beber, supongo. En los bares, así como en las fiestas, se bebe, ¿no?; es algo inevitable. Digamos que en Málaga es de mala educación rechazar el primer vaso que, por cierto, es gratis; al menos eso te harán creer, porque al fin y al cabo te lo cobrarán discretamente. Así se estila allá.

Ernesto toma el vaso, inclina la cabeza en señal de saludo y bebe. Mira tras el hombre un calendario de 1986: los Alpes Suizos lucen esplendorosos, irreales. El techo es de vigas de madera y ladrillos rojos, como la casa de sus abuelos.

-¿De veras? ¿Como la casa de tus abuelos? Bien.

Quiere platicar algo con el hombre tras la barra. Habla del clima en Málaga: templado con posibilidades de lluvia, raro en esa época del año ¿no? Bueno, cómo saber. El hombre de cabellera de bebé sonríe: extranjeros, quizás se esté diciendo por lo bajo, cómo saber eso también. Bebe otro poco y mira alrededor: el bar está demasiado vacío para esas horas de la tarde, ¿no? Claro, cómo saberlo. El queso vuelve a llenarse de moscas que toman su tiempo para hacer lo que sea que hagan las moscas en Málaga.

-¿Sigues bebiendo…? No, está bien, tú dime.

Ernesto pide otro vaso antes de acabar el primero. Vuelve a mirar el calendario: no recuerda si había visto el año 1986 o 1996 la primera vez, pero ahora ha cambiado. El hombre de la mesa del fondo también ha cambiado: ahora es una mujer. El queso lleno de moscas ha desaparecido, así como la mesa donde estaba. Ernesto mira el vaso, como si ahí estuvieran las respuestas o las cosas que ya no encuentra. Nada. Un líquido violáceo que dice bien poco, casi nada. ¿Será normal el calor así de húmedo en Málaga?

-Sí, dicen que Málaga es como una lágrima: húmedo, salino, doloroso. Eso dicen, ¿tú lo crees? Bueno, ¿y la mujer?

Ernesto se acerca a la mesa y mira a la mujer que lee un periódico donde se anuncia que al día siguiente picará "Manos" para Manuel García. Se sienta sin preguntar si puede. Conversan. El ventilador hace el sonido de un moscardón, descuartiza el techo de tabique rojo y tablas apolilladas. La mujer huele a cigarro y a perfume dulzón, una combinación de mujer fuerte.

-¿Así son las mujeres fuertes? ¿Qué más?

Hablan de las corridas de toros. Ella dice que son muy, cómo decirlo, ¿españolas? Un adjetivo que nada dice a Ernesto: no sabe si es bueno o malo. La mujer agita el vaso sobre la cabeza, en dirección al hombre de la barra, y se lleva un cigarro a la boca. Enciende ambos, el de ella y el de Ernesto, aunque él no recuerda haberse llevado uno a la boca, ni siquiera sabía que fumaba: debe ser Málaga.

-¿Una mujer que bebe y fuma? Sígueme diciendo cómo es Málaga.
Málaga es de calles fuertes. Sí, así las describiría Ernesto: calles fuertes, veredas de viejos panecillos de miel. Avanza del brazo de la mujer. En una esquina, bajo una farola inútil como todas las farolas durante el día- unos viejos hablan a gritos, pero no riñen: celebran que el sábado entrante pelea el hijo de uno de ellos. Es mecánico durante el día, boxeador durante las noches. Debe oler a grasa, porque el aroma que uno carga denuncia lo que uno es. La mujer sigue amarrada al brazo de Ernesto.


-¿Cómo es ella?

Ernesto la mira: no sabría describirla. Es bella, de eso no hay duda, pero quizás de una belleza muy, ¿malagueña?; lo de los adjetivos ambiguos se contagia, piensa Ernesto. Ella le dice que está ahí para escribir un libro sobre psicología infantil, que al otro día buscará un fotógrafo que le dé imágenes para ilustrarlo. Bien, es una buena idea. Caminan lentamente, como si cada paso los acercara a un lugar que los ha de separar para siempre; no saben. La noche les empieza a llover encima, tan a prisa que sienten como si pesara, como si las sombras tuvieran cuerpo.

-Te gusta Málaga, ¿no es cierto? Ahí no hay carros. Bueno, en tu Málaga. A mí me suena como Portugal, o tal vez es aquí, nuestra ciudad, sólo que con tantas cosas tuyas que ya ni la reconoces. ¿Van a viajar en carro?

Ernesto avanza con la mujer al lado. Ella le dice que tiene un auto, que mejor vayan en él, que ella conduce porque lo nota cansado, un poco ebrio; él sabe que eso sería lo correcto, pero no puede contestar. En un café, un hombre escribe en una libreta: parece esperar a alguien; voltea a cada momento hacia la entrada. Una fuente en medio de la plaza, como un recuerdo de otros tiempos: bordes húmedos y resbalosos, diseño antiguo, hecha de piedras redondas y grises como vientre de pez. Él y la mujer se acercan, se inclinan sobre el agua y lanzan una moneda a la que va amarrada un deseo. El choque del metal contra el agua le destroza el rostro a la mujer, y no se le reconstruye por más tiempo que pase, como si hubiera tenido un accidente… Ernesto no puede más, abre los ojos, mira al terapeuta apagar su cigarrillo. Sobre el escritorio hay una revista de psicología, "La convención de Málaga". La calle, a través de la ventana, es una película muda. La voz de la secretaria se escucha detrás de la puerta, de donde también llega su perfume: habla con otros pacientes.

-Fue un buen ejercicio, ¿no lo crees?

-Creo…

-¿Por qué no hay carros en Málaga? ¿Por qué ahí sí beberías otra vez?

-No sé, yo sólo…

-Está bien, sólo preguntaba. Así lo dejamos, ¿te parece? Ahora sí, ¿hablamos de lo que quedó inconcluso la sesión pasada?

Ernesto calla, se lleva a los labios un vaso de agua. Respira hondo. Tiembla.

-Sí… hablábamos sobre el día que la conocí… me duele pensar que se parece a ese otro día.

-¿Qué día? Dilo, anda.

-Ese día….ese otro día.

Ernesto mira los autos pasar: aprieta los ojos. Recuerda la calle de ese día, resbalosa como las piedras de la fuente. El doctor se acaricia la cabeza casi calva, brillosa, luego apunta algo en una hoja amarillenta, maltratada, donde aparece, en la parte superior, el nombre completo de Ernesto. A un lado, en letras subrayadas, viudo.




(c) Aldo Rosales Velázquez
Ciudad de México
México


 

 

Aldo Rosales Velazquez, ciudad de México, 1986. Autor de los libros de cuentos Luego, tal vez, seguir andando, Río arriba ,2012, y Entre cuatro esquinas, Fondo editorial Tierra adentro, 2013. Coordinador del taller de creación literaria del Faro indios verdes.


domingo, 30 de noviembre de 2014

Anali Ubalde Enriquez - Supay Creador

Anali Ubalde Enriquez

 
 
Supay creador cuento de Anali Ubalde Enriquez ha sido seleccionado como cuento ganador en el Segundo Concurso de cuento de tema libre Revista Archivos del Sur.
 
SUPAY CREADOR
Caminaba entre los pasadizos iluminados a media luz, a Sandino se le había ocurrido colocar este tipo de focos, de luz amarilla, como estrellas apagándose. Desde la puerta principal, hecha de madera, aunque ya desgastada por la humedad y el tiempo hasta el rectángulo que servía de recibidor, todo tenía ese gesto esplendoroso que Sandino creaba.
Cada casa tenía ese soplo azul de un tiempo paralelo, hechas por igual, con el zaguán iluminado a medias por la noche y el patio con huertas de papas brillando al sol de ese diciembre intenso cuando los pobladores comenzaron a vivir en la ciudad de Sandino. Tan parecidas eran en todo que en algunas ocasiones confundida con la estandarización había llegado a la misma casa para entrevistar a los habitantes, quienes entre monosílabos de su dialecto difícil le indicaban que ya había pasado por allí. En más de una ocasión y cada vez que ordenaba sus sentidos comentaba con Sandino acerca de esta elaboración mágica que podía tal vez causar algún perjuicio en la vida de los pobladores. Sandino le explicaba que por una pura razón práctica, no era buena idea volver al crecimiento de la ciudad de manera empírica como las invasiones en la capital que la habían hecho crecer de manera monstruosa y deforme, aquí tenían la oportunidad de planificar el entorno, la vida y su devenir.
Habían trabajado juntos desde antes que se anunciara la reubicación de los afectados por la minería. Recordó como habían trazado con delicadeza cada casa, cada pozo de agua, lo delimitaron todo juntamente con Manuel León, una especie de patriarca con el que prácticamente vivían. El y Sandino trazaron la ciudad de los sueños rotos de los desarraigados. El éxodo había comenzado en setiembre, los diez mil habitantes en reuniones febriles habían decidido otorgar la ejecución de la obra a la empresa de Sandino, quien con su mirada de otro mundo insertó el estilo rococó en la nueva ciudad ante la sorpresa de Manuel León, que prefería más bien algo muy andino, acorde a los cuatro mil metros de altura donde estaban casi tocando el cielo, que ella todavía recordaba cuando alguna luz le obligaba a entrecerrar los ojos.
La ciudad fue edificada entre el apu Cusipata y el rio Yanamayo, oscuro como la noche, los pobladores habían tenido largas conversaciones con Manuel León y los otros líderes y acordaron que ésta sería la tierra prometida, Sandino tenía su confianza por ser parte de ellos, a ella en cambio la miraban desde adentro como queriendo saber su pasado y hasta su ultimo latido. Sandino tenía aspecto de faquir, en algún momento se había pensado que era un brujo o en todo caso, para ella al menos, alguien distinto, que hablaba el dialecto prohibido pero con la mirada en otro sitio. Ella que trabajaba con él y siempre estaba a su lado concluyó que tal vez no volvería  a verlo.
Había sido una extraña serie de casualidades llegar a trabajar a aquí, desde la capital ella escuchaba las noticias de la creación de la nueva ciudad y cuando llegó a lo que había sido Jayllihuaya, sentir vértigo al ver la enorme boca abierta en medio de la ciudad, el aire viciado en sus pulmones y la visión de Sandino fue todo uno. Parecía haber salido entre los vapores del cobre, como un supay o menos cómico que un muqui, esas fantasías que ella todavía creía cuando vivía en la cordillera nevada de su niñez, a lo largo de los meses de trabajo concluía que el mal era así, como Sandino, con la perversión en el rostro, entre la burla y el juego, como un sarcasmo.
Cuando los planos estuvieron terminados, vio con prudencia la rapidez con que fueron apareciendo la plaza de armas, las quintas y la municipalidad con su retintín de mudéjar. El supay creador, pues Sandino era arquitecto, había pensado con desenfreno hasta los lugares más remotos de encuentros ocasionales, haciendo que el azar sea controlado, las calles empedradas orientaban hacia el sol, sin importar la dirección que tomaba uno y con la misma precisión del teodolito se determinó el tiempo de los paseos familiares y posiblemente la duración de los días.
A veces ella echaba de menos los hados que en su vida anterior en la capital se había regodeado en creer, pero miraba a Sandino y su exactitud rayana en la locura de medirlo todo, y comenzaba sus dudas. De alguna manera extraña se sentía sin ánimos de contrariar a Sandino, porque era agradable sentarse después del almuerzo a conversar con él cerca al río, corregido en su cauce por supuesto, al extremo izquierdo de la ciudad nueva y radiante como una paloma blanca, nunca había tenido al mal tan de cerca, tan tibio y  tan suave.
Cada palabra de Sandino parecía tener un peso especial, tenía un signo intenso en su frente, algo que decía que pertenecía a estos lugares altos, le parecía verse a sí  misma ya lejana, cuando volviera a la capital y el quedándose como el dueño de esta ciudad que más bien parecía un mundo aparte. Manuel León, que al principio se mostraba escéptico con el aspecto del quattrocento que había adquirido la nueva Jayllihuaya, terminó por amoldarse perfectamente a las nuevas construcciones y aplicar a la población misma un estilo que no desentonara con el espacio por completo dominado por las manos expertas de Sandino.
Lo cierto era que Sandino se quedaría a vivir aquí en Jayllihuaya, mientras ella debía volver a la capital, alguna vez en todos los meses que pasaron trabajando se había preguntado si por esas cosas que tienen los golpes de suerte Sandino habría sentido lo mismo, el latido acelerado desde la boca del estómago hasta el temblor en las manos. Posiblemente no, Sandino parecía estar interesado en cosas más altas, la iglesia había sido recientemente inaugurada, el día domingo antes de Navidad lo vio por última vez incitando a los pobladores a ir al templo de trazos exquisitos, vestido de negro, con botas y mirando al crucificado desde la plaza como a un rival, tiempo después incluiría a este atuendo un látigo con el que solía amenazar a los borrachines amanecidos el día sagrado, aunque ella nunca lo sabría.
Una vez en la capital, dejando de lado los espectros, se sentaba mirando a la avenida y se imaginaba a Sandino en el mediodía feroz de Jayllihuaya y sus más grandes temores retornaban a ella, el olor a cobre que había adquirido en casi un año de estar tan cerca a él brotaba cada vez que escuchaba en las noticias acerca de la creación de nuevas ciudades, poblaciones trasladadas por las secuelas de la minería, donde estaría él otra vez levantando desde sus cimientos nuevos universos.
(c)Anali Ubalde Enriquez

Lima
Perú


Anali Ubalde Enriquez nació en Lima el 27 de octubre de 1984, aunque toda su infancia y adolescencia las pasó en el departamento de Puno, al sur del país, lo cual sirvió para orientar sus cuentos hacia este ambiente y vida en provincia. Actualmente es casada, estudió Sociología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, tiene un post grado en Literatura con especialidad en Estudios Culturales en la misma Universidad y ha ganado premios literarios en España, Chile y Argentina:
 
Cuento "Un olvido", finalista en el concurso "Voces de mi país" de la Editorial Mar en Proa, España 2011.

Cuento "Las perversiones de Nena Hidalgo", 1er puesto en el concurso de cuento "Bajo el don de la ebriedad" de la editorial Innovalibros, España, 2011.

Cuento "Techos Blancos", 1er puesto en categoría internacional en el concurso "Casa de la UNCO, Mundo Literario de Limache", Chile, 2012.

Cuento "Fantasma", finalista en el concurso "Cuentos por correo" de la Editorial OSIRIS, España, 2013.

Cuento "Planificación", publicado en la Antología "Profesor Dimarco", Argentina, 2013.

Cuento "Letanías de Marzo", publicado por el diario El Comercio, Perú, 2014.

Cuento "Voz en Off", publicado en la Antología de "Vislumbrando horizontes" Editorial Libróptica, Argentina, 2014.

Microcuento "Urbe", publicado en la Antología "Amores" de la Editorial Letras con Arte, 2014.






 

Matías Bragagnolo - El asesino de Luisiana


Matías Bragagnolo



El cuento El asesino de Luisiana, de Matías Bragagnolo resultó finalista en el Segundo concurso de cuentos de tema libre Revista Archivos del Sur.


El asesino de Luisiana




Pobre Jerry Lee. Seguramente vivió maldiciendo, como yo. Quizás todavía lo haga con más frecuencia, ahora que es un viejo zorro. El Asesino fue un incomprendido. Como yo. Somos iguales. Somos uno. Desde el primer día que lo escuché.

Oí por primera vez "Great Balls of Fire" a los nueve años, por la radio. Ya vivíamos en el departamento de la calle Venezuela, y a partir de ahí la canción sonó una docena de veces más en la radio de casa. Dejaba la radio encendida las veinticuatro horas del día y cada vez que la ponían (una o dos veces al mes) no podía sino vibrar al compás de la música. Pero ni siquiera sabía el nombre de la canción ni quien la tocaba. Creo también haber escuchado "What I’d Say" en algún programa de T.V., pero no estoy seguro. Hasta que en un noticiero de la T.V., cuando ya había cumplido mis diez años, lo vi. Era un concierto viejo, en blanco y negro, pero estaba un tal Jerry Lee Lewis tocando "Great Balls of Fire". En un principio me sentí confundido porque pensé que quien cantaba la canción era el cómico Jerry Lewis, pese a que el pianista de las imágenes no se parecía a él; pero en seguida comprendí que no podía ser así. Lo que decía la voz del cronista era que El Asesino había estado tocando en Buenos Aires. Se habían vendido unas cuantas entradas para las dos noches, y en una de ellas (no recuerdo cual) el desgraciado se había marchado luego de tocar un par de minutos. La turba había arrojado todas las butacas al escenario. Ese era mi Jerry.

Desde ese día no pude menos que vivir para él. Lamentablemente en casa sólo teníamos una radio con casetera, nada de bandeja para compact discs ni tocadiscos. Así que lo primero que conseguí fue un "Grandes Éxitos" de edición nacional. Que bastó para enloquecerme. Esa música representaba todos mis deseos insatisfechos. Esa música estaba hecha por el mismísimo y complaciente Satán. Jerry Lee había sido más grande que Elvis. Lo probaban muchas canciones que ambos habían versionado: "Hound Dog", "Whole lotta shakin’", "High Heel Sneakers", "Just a Little Bit" o "Green Green Grass of Home". Jerry Lee Lewis era superior al Rey mismo. Jerry Lee Lewis era superior Chuck Berry también (sus versiones de "Roll over Beethoven" o "Sweet Little Sixteen" expusieron esta verdad). Ni siquiera la aclamada Janis Joplin pudo superarlo con su asquerosa versión de "Me & Bobby Mc Gee".

Simultáneamente con la compra del "Grandes Éxitos", algo fantástico ocurrió un domingo luego del almuerzo: enciendo la tele y, luego de ver el final de una estúpida película con animales que hablaban, me encuentro con el inicio de "Grandes Bolas de Fuego", la historia de Jerry Lee dramatizada. Eso terminó de extasiarme. Jerry Lee era Dios. A Jerry Lee le importaba un rábano todo. ¡Se había casado con su prima de 14 años! ¡Había prendido fuego un piano sólo porque había sido obligado a ser telonero de Chuck Berry! Jerry Lee había vivido la vida tan intensamente que se había hecho odiar por un montón de gente que, al fin y al cabo, no la había pasado ni un poco tan bien como Jerry. Ese domingo por la noche no pude dormir, y al día siguiente me quedé dormido en el banco durante uno de los recreos.

Lo primero que tuve que hacer (aparte de seguir ahorrando monedas y comprando cassettes de Jerry Lee) fue convencer a mi mamá de que me enviara a clases particulares de inglés luego de la escuela. Mi papá no estuvo muy de acuerdo porque odia a los ingleses por lo de la guerra de Malvinas, pero yo insistí y él le dio el dinero a mami para que me pagara dos clases semanales con una profesora que vivía en nuestro edificio y que había pasado un volante por debajo de nuestra puerta.

El inglés no me costó nada, y en cuanto pude me compré una revista con fotos de Jerry Lee, su historia y algunas letras de sus canciones. Eso ayudó muchísimo, porque aunque yo ya llevaba dos años aprendiendo inglés y entendía a la perfección los cassettes de práctica, no lograba entender una sola palabra de lo que cantaba Jerry Lee. Así, pude aprenderme de memoria seis de sus canciones.

El siguiente paso, a los trece, fue convencer a mi mamá para que me enviara a clases de piano. La situación económica no era buena, así que ella me dio a elegir entre seguir estudiando inglés o empezar con las clases de piano. Mi inglés era ya muy bueno, y si podía cantar a la perfección el "Lewis Boogie" sin equivocarme, eso quería decir que podía prescindir de las clases. Así que todos los martes a las seis en punto, después de tomar la leche luego del colegio, caminaba dos cuadras hasta la calle Saavedra, donde vivía la señora Margarita, que era una mujer algo mayor que mamá, sorda de un oído y con una ternura tan infinita como su falsedad. Vivía sola en un departamentito de la planta baja de un edificio bastante antiguo, con paredes muy ornamentadas. El lugar en el que la señora Margarita daba sus clases era una habitación tupidamente amoblada con mesas, sillas, sillones y bibliotecas de madera, en la que apenas cabía el fabuloso piano de cola en el que yo tocaría. El papel amarillo que empapelaba las paredes, las cortinas con florcitas rojas, los cuadros que mostraban imágenes de patos y de cazadores a caballo con perros me hacían fantasear pensando que Jerry Lee podía haber crecido en un ambiente así.

Dedicábamos la primera media hora a la maldita teoría y al más tedioso solfeo, para después disfrutar frente al piano. Mi corazón se aceleraba con cada minuto que pasaba mientras se acercaban las seis y media.

Lo primero que aprendí a tocar fue el "Arrorró". Me costaba mucho coordinar con el acompañamiento de la mano izquierda, y eso me ponía muy tenso. Entonces trataba de pensar en la forma natural de tocar el piano que tenía Jerry Lee, y en eso que había dicho de que sus dedos tenían cerebro. Trataba de pensar en eso y trataba de no pensar en que, según cuenta la leyenda, Jerry había aprendido a tocar el piano en sólo dos semanas. Y así lograba relajarme, pero con la relajación venían los errores y, para colmo, la señora Margarita no me dejaba pasar a otra pieza hasta que no aprendiera el "Arrorró".

Al final de cada clase, la señora Margarita me hacía tocar entera la pieza que estuviera aprendiendo, para saber si yo podía pasar a la siguiente. La clase que siguió a la clase en que toqué a la perfección el "Arrorró", estaba tan orgulloso que llevé un peine de bolsillo que había encontrado tirado detrás del botiquín del baño, en casa, y luego de que la señora Margarita hubiera puesto ante mí la partitura de "Cuando los santos vienen marchando", yo saqué mi peine y peiné mi flequillo ondulado (igual al de Jerry Lee, sólo que pelirrojo) delante de ella. "¡Uy! Te viniste coqueto hoy", me dijo, y yo respondí, torciendo la boca: "Se equivoca, señora, es una vieja costumbre". Me miró asombrada y atemorizada: yo siempre era algo afectado para hablar y jamás decía algo rudo. Pero bueno, el momento de tensión pasó y luego, al verme sacar el peine cada diez minutos, ya no decía nada.

Luego vino un breve fragmento para principiantes de "Para Elisa", y a esa le siguió el vals de Strauss "Rosas del Sur", que nunca llegué a terminar de aprender por lo que paso a relatar:

Había pasado ya un año y cuatro meses desde que había empezado mi aprendizaje, y como otra vez era invierno, mi mamá iba a buscarme cada noche a las siete en punto. Una noche el portero sonó más temprano que de costumbre, digamos unos diez minutos antes. La señora Margarita, al escuchar el timbre, sólo se disculpó y me pidió que siguiera practicando solo. Al igual que siempre hacía cada vez que la señora Margarita salía de la habitación para atender el teléfono en la cocina, empecé a tocar algo de Jerry Lee. Era algo difícil, pero yo siempre lograba improvisar y tocar sus temas a la perfección, cantándolos por lo bajo y tratando de evitar que mi pie presionara demasiado el pedal que aumenta la resonancia del piano. (Me daba risa ver la cara de extrañeza que ponía la señora Margarita al volver, luego de haber escuchado con un oído todo nuestro rock and roll. "¿Estuviste practicando?", decía, o "¿Y? ¿Cómo va?", fingiendo no haber escuchado nada, atemorizada por la música del Asesino). Pero bueno, esa noche los minutos pasaron y el reloj dio las siete. Dejé de tocar y esperé en silencio hasta que las agujas del reloj cu-cú dieran las siete y cinco. Decidí acercarme a la puerta para investigar qué estaba pasando. Me paré a la puerta de la cocina, junto al pasillo y escuché. Las voces susurrantes de mi mamá y de la bastarda señora Margarita llegaban desde la puerta, que daba al patio central del edificio. "Mire, yo soy todo lo sincera que puedo ser, y no me gusta robarle la plata a nadie", decía la vieja. "Pero, vio, no... no es lo de él. A lo mejor en los deportes anda mejor, pero... no... no tiene aptitudes para la música. Yo lo veo, y lo veo con ganas y entusiasmo, pero le falta... es talento lo que le falta". A lo que mi mamá replicaba "Y sí, yo entiendo, pero vio que él está entusiasmado...".

No quise escuchar más. Nadie insulta al Asesino. Me volví, tomé de la mesada una cajita de fósforos y volví al living. La tapa del piano estaba levantada. Prendí un fósforo y lo tiré adentro. Se consumió y se apagó, sin que la llama abrazara la madera o alguna cuerda. Prendí otro y lo tiré. Se apagó también. Entonces prendí dos a la vez, y otros dos y otros dos, y todos caían entre las cuerdas pero no lograba el incendio necesario para tocar "Whole lotta shakin’", tal como Jerry Lee lo hizo cuando fue subestimado. Era increíble: una colilla de cigarrillo puede causar un incendio forestal pero una decena de fósforos encendidos no servían para incendiar un piano.

Y estaba a punto de encender la caja de fósforos con los fósforos restantes adentro, para finalmente lograr mi cometido (eso no podía fallar), cuando la señora Margarita entró en la sala. Concentrado como estaba, no había escuchado sus pasos al venir por el piso de madera.

No sabía si continuar con el plan o insultarla. En lugar de eso me quedé inmóvil, mientras la vieja empezaba a gritar y me arrastraba del brazo al pasillo. Por un momento me dejé arrastrar, hasta que reaccioné: tenía catorce años, y por más que mi contextura física no me ayudara, ya no era un niño. Me zafé de un tirón y estuve a punto de atacarla, pero la entrada de mi mamá me dejó tranquilo como un corderito. Entonces vino una reprimenda en estéreo, en la cual las dos me miraban como si acabaran de ver un fantasma.

Conclusión: nada de música por dos meses y no más clases de piano con la aterrorizada y gorda señora Margarita. Y ¿qué importaba? ¡Si yo ya podía tocar a la perfección los temas de Jerry Lee!

Por esos días las poluciones nocturnas se habían hecho cosa de todos los días y ya estaba harto de levantarme mojado: tenía que conseguir una novia. Una novia como la que tenía Jerry Lee.

Yo tenía muchas primas, y una de ellas era Silvina, que cumplía quince y festejaba su cumpleaños en un boliche de la calle Ayacucho. Fuimos todos (mamá, papá y yo), y Silvina estaba espléndida. Bailé el vals con ella (hasta que el idiota de Adriano, su hermano, me quitó el lugar) y logré que mi mamá me dejara quedarme aún después de que ellos se fueran, con la promesa de que volvería antes de las tres y media en un taxi. Una vez se hubieron ido, traté de todas las formas de acercarme a mi prima. Pero no encontraba la forma correcta de hacerlo; a decir verdad, sólo había hablado con ella una o dos veces en mi vida. Ni siquiera solíamos jugar de niños. Tuve que morderme de bronca cuando pasaron "Great Balls of Fire": no pude llegar a ella para bailar porque estaba bailando con todas sus amigas.

Finalmente vi que salía de la pista y se sentaba sola en una silla junto a una mesa desocupada. Me peiné mientras me paraba de mi silla y, mientras me acercaba caminando lentamente, saqué un cigarrillo que había llevado para la ocasión y lo prendí. Yo no fumo, pero días antes de la fiesta acepté, en el baño del colegio, un cigarrillo que me ofreció uno de los chicos. Todos se rieron cuando tosí, pero a mí no me importó y lo terminé. Durante el resto de la semana había vuelto al baño para practicar un par de veces, y ese viernes pedí uno antes de volver a clases, uno que guardé para la fiesta. Tenía que parecer más grande, ya que aún no había cumplido los quince. Me senté junto a ella y le dije: "Estás muy linda". Ella sonrió y me preguntó por mis padres. Yo le dije que se habían ido pero que yo prefería quedarme. Y agregué: "Que se vayan ellos, si quieren".

Ella sonreía, coqueta. "Bueno, me voy a bailar de vuelta", dijo. Y ya eran las tres menos diez. Fucking shit.

Mi primer fracaso no me desanimó, porque yo también soy el Asesino. Pero era evidente que no le interesaba a Silvina. Así que traté de pensar en otra prima que quisiera ser mi novia y, eventualmente, mi esposa. Tenía que seducirla y ganármela, no valía violarla o abusar de ella, porque Jerry Lee no lo hizo así.

Pero no había muchas posibilidades de encontrar alguna otra prima que yo conociera. Casi todas estaban casadas o eran demasiado feas. Sólo Silvina valía la pena. Empecé a llamarla por teléfono cada vez que mis viejos salían de casa. Al principio me atendía con un tono de voz más bien divertido, y las llamadas no eran muy largas. Pero después parecía aburrirse. Claro, había muchos silencios en la línea, ninguno de los dos sabía demasiado acerca de la vida o las preferencias del otro. En las últimas llamadas tengo que admitir que me sentí bastante idiota, ya que ella ponía cualquier excusa para cortar la comunicación. Lamenté haber sido tan cordial con ella.

Pero todas mis penas y mis infructuosos intentos iban a ser compensados. La semana después de mi cumpleaños número dieciséis aparecieron de visita una prima de mi papá con sus dos hijos: un chico y... una chica, quien, al fin y al cabo, era algo así como una prima. La verdad es que no estaba para nada buena, ni siquiera era linda. No tenía buenos senos, ni trasero, ni nada. El único atractivo que tenía, pese a ser algo retardada y excesivamente dependiente de su madre (no estudiaba ni trabajaba), era su edad: diecinueve años. Yo ya tenía barba y había alcanzado el metro setenta que ahora tengo, y eso creo que hizo que la fea se fijara en mí, con mi jopo undulado en la frente.

Esta vez tenía que actuar con cuidado para no fallar otra vez. Ya no tocaba el piano, y si no conseguía engancharme con una de mis primas, ya nada me acercaría a Jerry Lee. Ni la miré. En vez de eso me dediqué a hacer amistad con mi primo, José. Le mostré mis cassettes de Jerry Lee y escuchamos música, pese a que él escuchaba esa mierda del heavy metal. Paradójicamente, fue ella la que se interesó por Jerry Lee al ojear una de mis revistas. Durante esa tarde logré encandilar a mis primos, y ellos le rogaron a su madre que me invitara a pasar unos días con ellos en Monte Grande, donde vivían con su padre, que trabajaba como camionero. Mientras ellos la convencían, yo me encerré en el baño y me peiné el jopo frente al espejo. Si a ella le había agradado Jerry Lee, seguramente era porque yo también le gustaba.

La invitación quedó firme, bajo la condición de que no reprobara ninguna materia, y ni bien terminé tercer año partí de Constitución en tren para Monte Grande. No puedo explicar cuán enorme fue mi gozo al ver a mi prima (de ahora en adelante, Ana) parada en el andén esperándome. Y... si bien es cierto que mi gozo fue grande, más grande fue la emoción que me embargó cuando entré en la sala de la hermosa casita de mis familiares arrastrando mi pesado bolso azul. Parado majestuosamente junto a la pared opuesta a la puerta de entrada había... había... un piano. Un piano. ¡Para terminar de convertirme en Jerry Lee! Era la situación perfecta, pero me desagrada verme obligado a contar los días que siguieron, no por lo que fueron, si no por lo poco que significaron. Ana pasaba gran parte del tiempo conmigo, debido a que José estaba siempre de viaje con su padre. Y empezamos a tener una química que yo consideré (fuck it!) romántica. Incluso a veces, al atardecer, ella, mi tía y yo solíamos ir a tomar un helado a la heladería de la esquina. Ana y yo hicimos tortas, jugamos a los naipes y miramos telenovelas. Bah, yo, en realidad, soportaba esas telenovelas con la mirada perdida en la pantalla, totalmente aburrido. Sólo lo hacía para complacerla y terminar de enamorarla. Pero ella fue una ingrata. Esperé el momento que yo creí justo y decidí preguntarle qué era lo que ella sentía por mí. Fue un día en que José y el padre también habían salido de viaje. Había convencido a Ana para que me dejara tocar ese intocable piano (nunca nadie pudo explicarme con qué propósito lo habían adquirido), mientras su madre dormía la siesta. Toqué un tema de Jerry Lee atrás del otro, y ella, parada detrás de mí, no paraba de reírse. Incluso cuando toqué unas notas con el talón me tomó cariñosamente de los hombros. Entonces era el momento oportuno.

La tomé por la barbilla e intenté besarla de la manera más romántica posible. Pero no sólo se resistió, sino que tuvo una especie de ataque de nervios, y me preguntó una y otra vez que qué carajo pretendía de ella. Ni siquiera me molesté en querer explicarle algo. Salí al patio y ahí pasé el día hasta que su madre se levantó. Mientras tanto, ella estaba en su habitación del primer piso. Mientras mi tía estaba distraída preparándome una leche chocolatada y cortando torta, marqué en el teléfono el número 115 y colgué. El teléfono sonó al instante y yo corrí a atender. Fingí hablar con mi mamá, diciendo que sí, que a mí también me parecía que ya era hora de que regresara. La prima de mi papá había escuchado todo, así que no necesité repetirle que por la mañana me iría. Se apenó, pero no sospechó nada, ni lo de Ana ni lo del falso llamado.

Esa noche no podía dormir. Permanentemente sonaba en mi cabeza el "Lovesick Blues". Tengo que admitir que tenía el orgullo destrozado. De veras había creído que ella estaba enamorada de mi. Pero no podía dejarme abatir por la desesperanza. Quizás ella realmente estuviera enamorada de mí, sólo que no se animaba a admitirlo. Quizás mi osadía (digna de Jerry Lee) la había asombrado.

Bueno, pero todavía tenía una carta en la manga que la asombraría aún más. Y si con eso no se animaba a demostrar su amor por mí, entonces que se fuera al demonio.

Sigilosamente salí del cuarto de José. Me paré junto a la puerta del cuarto de Ana y escuché con una oreja apoyada en la puerta. Parecía que dormía. O no. Como fuera, no estaba llorando. No había bajado a comer, argumentando que le dolía la panza. Mentirosa de mierda.

Bajé las escaleras ceremoniosamente. Dentro de la estufa a leña, donde en invierno se consumían los troncos, había una botellita con kerosén. Le quité el tapón de corcho y esparcí el contenido sobre el piano. Traje fósforos de la cocina, y esta vez el piano sí ardió, al compás de "Whole lotta shaking". La prima de mi papá tenía un sueño muy pesado, pero Ana había logrado despertarla para que presenciara el show del discípulo más fiel de Jerry Lee Lewis. Cuando llegaron la ambulancia, los bomberos y la policía, yo ya había dejado de tocar no sólo porque ya no tenía audiencia, sino porque además el piano había dejado de emitir sonidos armónicos. La casa se quemó íntegra, y yo estuve detenido un par de horas, hasta que el abogado que mami contrató me sacó. Dicen que, con suerte, me van a internar.

Mis padres están devastados. Me tratan con cuidado. Casi no me hablan. Incluso el abogado parece tenerme miedo. Me explica con mucho cuidado que, pese a no tener yo dieciocho años, el Estado tiene todo un sistema para encerrar a los chicos con problemas de adaptación. Por eso dice que hará todo lo posible para que no me encierren en uno de esos institutos de menores, que sólo debo seguir actuando como lo hago siempre. Sólo así lograremos algo. Aunque me aclara que es posible que aun cuando salga todo bien yo tenga que pasar igualmente un tiempo encerrado, pero en un lugar menos peligroso. Manicomio, le llaman.

Pero yo soy como Jerry Lee: no me importa un carajo de nada. El rock and roll es así. Y Jerry Lee Lewis es como yo. Yo también soy El Asesino, pese a no haber nacido en Louisiana. Pese a no haber matado a nadie. Bueno... Jerry Lee tampoco lo hizo. ¿No?

(c) Matías Bragagnolo

La Plata

Provincia de Buenos Aires

Matías Bragagnolo nació en la ciudad de La Plata en 1980. Se graduó de abogado en 2005, profesión que ejerce desde entonces. Su ensayo "La insignificancia, lo ilustre, lo efímero y el final autoimpuesto de la existencia" fue publicado en 2004 en la revista semanal Una Theta de Puebla, México. Su poema "En el establo" fue publicado en la antología de poesía erótica Sexo bonito (Sensualia.es, julio 2014) luego de obtener un puesto como finalista en el concurso respectivo. Su poema "El vórtice de la hipnosis estelar" fue finalista del Certamen de cuento y poesía La lupa cultural 2013, y en enero de 2014 fue publicado en la Revista Kundra (Argentina). Su novela "Petite Mort", centrada en el mito del cine snuff, fue finalista del concurso Laura Palmer no ha muerto (Editorial Gárgola, Argentina, 2010) y del concurso de novela negra Extremo Negro - BAN! (2013); y fue publicada en agosto de 2014 por el sello Extremo Negro del grupo editorial Del Nuevo Extremo. Entre su producción aun inédita se cuentan cinco novelas más, una veintena de cuentos y una centena de poemas.








 

lunes, 17 de noviembre de 2014

Margarita Wanceulen Rivas - La enfermedad


Margarita Wanceulen Rivas
En la sala pequeña donde él esperaba los resultados de la última prueba, se podía oír apenas un hilillo de música ambiental, que salía por los pequeños altavoces instalados al efecto para amenizar aquellas largas horas. No estaba del todo mal aquella idea, sobre todo teniendo en cuenta que a veces los resultados se hacían de rogar bastante y los pacientes, así entre medio aterrorizados y medio aturdidos por una conciencia suspendida, presuponían amargamente como sería así, de golpe, transitar de repente por el lado oscuro de la vida donde nadie desea habitar, en el de la enfermedad.

Él lo sabía bien. No era la primera vez que acudía a aquella sala. Todo comenzó cinco años atrás aproximadamente, cuando en una revisión de rutina, le diagnosticaron aquella enfermedad innombrable. Recordaba cuando acudió con su esposa. Fue entonces la primera vez que transitó por el lado cenagoso, en esa espera oscura donde el cuerpo no tiembla, no grita, no llora, sino que se encuentra suspendido en ese paréntesis del tiempo que significa la espera de los resultados que le devolverán como con una ola gozosa a la orilla, a salvo como un niño reconfortado por una caricia. O lo tragará el océano si los resultados no son buenos y se verá envuelto en una tormenta permanente, encontrándose mañana en una hora velada, en un despertar ausente, donde no se sabe a ciencia cierta si es posible el futuro.

Varias veces fue engullido por estas olas, por esta mar bravía, varias fue expulsado del paraíso que transitan con normalidad por la calle los que pensaban en otras historias: qué comerán mañana, qué prenda vestirán o quién se encargará de recoger a los niños del colegio.

"La vida no deja de transitar", pensó mientras se apretaba con fuerza la chaqueta. Tenía frío. Estaba solo. Su mujer había volado, se había esfumado años atrás. No aguantó la presión.

"Hizo bien, después de todo, ¿qué hace una mujer joven como ella al lado de un enfermo?".

No se contestó a sí mismo. No hacía falta.

Se preguntó si hubiera aguantado él la situación en caso de ser al revés, y qué habría hecho de ser ella la que hubiese enfermado gravemente.

No se atrevía a contestárselo a sí mismo. Si era realmente honesto no lo sabía del todo. En realidad no habría puesto la mano en el fuego por él tampoco. Quizás habría salido corriendo como hizo ella aquel primer día en que él se sostuvo de pie, después de la intervención.

"Lo he arreglado todo. No te preocupes, no te quedarás solo. He hablado con tu hermana la menor, ella te auxiliará. Después de todo, sabes que lo nuestro ya hacía tiempo que había terminado. No me guardes rencor, tú mejor que nadie sabes que no soy tan cruel, solo es que esta situación ya no la aguanto. Es imposible que continuemos así. Hoy ya has dado un paso adelante hacia tu curación, te han extirpado el mal. Ya verás como todo sale bien".

Y firmaba la carta con un "Te quiere. Isabel". Ese "te quiere, Isabel", le pesaría como una losa a lo largo de toda su vida. Cuando se encontraba ante situaciones como la de hoy, en la frontera, como él las definía, siempre recordaba las últimas palabras de la misiva de su esposa, las que le dejó el corazón paralizado:





"Te quiere, Isabel"

"Te quiere, Isabel"

"Te quiere, Isabel"










Y lo seguía repitiendo como un mantra, como una secuela de su enfermedad de la que no lograba desprenderse. Ya no la odiaba, al principio sí, la detestaba, no quería ni oír hablar de ella, la definía delante de sus familiares como "el gran error de su vida". Nunca creyó que llegaría a perdonarla. Pero ahora la veía de otra manera, el tiempo lo había suavizado todo:

"El tiempo lo suaviza todo", repetía mentalmente también, como si en esa repetición se convenciera de que el rencor ya hacía tiempo que había curado.

Su hermana menor le aconsejaba continuamente:

"Olvídala, era una mujer que no te merecía, pero no le guardes rencor hermano, el rencor te pudre las tripas"

Y entonces ella, volvía de nuevo a las tareas domésticas que le ayudaba a realizar ya que desde la primera operación él ya no había sido el mismo. Andaba con dificultad y se cansaba con frecuencia. No sabía exactamente si todo aquello era producto de la debilidad o era resultado del puro abatimiento.

Ahora allí se encontraba de nuevo en esta sala, como tantas otras veces. Se sabía de memoria el escenario: el cuadro con una fotografía donde aparecía un mar revuelto, con oleaje. Parecía un mar del Norte, quizás el Cantábrico en un día de temporal. Desde luego no era el Pacífico. Allá la litografía un tanto ajada por el tiempo donde se representaba una escena cotidiana del centro de la ciudad, sus puentes, el tornasolado del río, las luces de un día que bien podría ser del intenso verano. Era un cuadro bien elegido, reconfortaba, invitaba a disfrutar de la vida.

En ese momento, se escuchó una voz femenina que salía del fondo del pasillo:

"Señor Miravet, pase a la consulta del doctor Ibáñez"

Se levantó del sillón que había ocupado durante todo el tiempo con un impulso vigoroso, jovial que no le permitían sus piernas habitualmente.

La puerta del doctor se abrió lentamente y engulló a aquel hombre desorientado por la larga espera, como si no hubiese existido nunca. Como si nada, nunca, hubiera ocurrido.

© Margarita Wanceulen Rivas

Sevilla

España


Margarita Wanceulen Rivas  nació en Sevilla, lugar en el que reside y donde cursó sus estudios universitarios.

Ha realizado numerosas colaboraciones en blogs y revistas digitales, tales como:

- MUNDOPALABRAS.

- CANAL LITERATURA.

- ALAS( Asociación Literaria de la Sierra Norte).

- ASOCIACIÒN CULTURAL EL LABERINTO DE ARIADNA.

- REVISTA LETRAS TRL.

- REVISTA ESTILO AÚREO.

Hasta la fecha son dos los libros que ha publicado:

- " EL GRITO", selección de cuarenta relatos que significó su estreno ilusionado de la mano de Editorial Círculo Rojo en 2013.

- " LOS INOCENTES: CUENTOS, POESÍAS E HISTORIAS FELICES"( Uno Editorial, 2014), donde aborda el tema del maltrato animal y que constituye el nexo de unión de todos los relatos y poemas que en él aparecen.

Entre los reconocimientos recibidos, se pueden enumerar los siguientes:

- Segundo premio de poesía" LIBRO DEL TRIMESTRE MP" (diciembre, 2013)

- Seleccionada para formar parte de las siguientes Antologías: una de poesía " VERSOS EN EL AIRE III, y otra de relatos, que surgió del CONCURSO DE MICRORRELATOS DE TERROR, ambos convocados y publicados por Diversidad Literaria.


El cuento La enfermedad, biografía de la autora y fotografía han sido enviados por Margarita Wanceulen Rivas para su publicación en la Revista Archivos del Sur.