domingo, 20 de diciembre de 2009

Santiago Cabanes Gabarda




La habitación del poeta*


  Suciedad y miseria, paredes amarillentas, descolchadas, sucias y enmohecidas, donde, pegados como sellos, aparecían algunos coloridos carteles anunciando funciones de teatro y algunos recortes de prensa; la única ventana, siempre entreabierta, ofrecía el espectáculo desazonador de un patio interior de ladrillos rojos, en el que se acumulaban oscuros charcos de agua de lluvia...; olor dulzón y espeso, a humedad y tisis, y una única puerta sin cerradura que comunicaba con el patio superior del edificio, donde se encontraban los baños compartidos.
      Entre los escasos muebles que se permitía en aquel lugar, destacaba la cama ancha y de patas alargadas, de sábanas descosidas y mantas escasas, que se adueñaba indecentemente de casi un tercio del espacio disponible, y que resaltaba a la vista por su colchón grueso y rasgado. También un carcomido y viejo arcón de madera de roble, de aire señorial y distinguido, con una cerradura de hierro negro y oxidado, que su propietario creía procedente del siglo quince, si no fuera impensable lo ostentoso y digno de poseer una verdadera antigüedad… Pendida de una pared, una estantería astillada donde reposaban varios libros polvorientos, la mayoría de ellos prestados. Y el resto del mobiliario lo constituía una jarra ornamentada con dos líneas rojas, a la que faltaba un trozo de barro en el borde, y una jofaina de porcelana tosca y esmaltada, resquebrajada y vuelta a pegar, donde reposaba, sobre el soporte de madera, el único espejo de la habitación, un trozo de latón pulido y reluciente que sustituía al original...
     Y esto era cuanto poseía el poeta, al margen de su pretendido talento y de su incuestionable espiritualidad, que últimamente se alimentaba de aires místicos orientales y de vapores de absenta. Ninguna otra comodidad, no había espacio para más licencias, pero el poeta amaba su reducido cuartucho, su reino decadente, porque se encontraba en el centro de París y podía acercarse por las tardes a los cafés, y compartir con los mejores artistas que escuchaban sus problemas y le invitaban a una copa de vino caliente y a algo de sopa aguada. Y con esto había sobrevivido durante varios meses, y se consolaba pensando que pronto el éxito literario llamaría a su puerta.
     Pero todo se transformó cuando los rigores del invierno le forzaron a admitir el regalo de uno de sus escasos admiradores, que modificó, por sí solo, el ambiente arruinado de su pequeño tabuco. Se trataba de una vieja estufa eléctrica, con su rejilla de hierro, dos botones anaranjados y una barra incandescente, que el poeta acató como indispensable en el rigor gélido de París…
     Pero pronto estableció con ella una extraña relación pasional que acabó por admirarle. En un principio, aquella estufa le evocó ensoñaciones de añoranza por la tierra perdida, pues su calor, aunque artificial y aséptico, le recordaba la atmósfera cálida de su Latinoamérica natal. Y creyó encontrar en su fuego un sol radiante, chispas ocasionales, aromas instintivos de naturaleza en carne viva y en su crepitar desacompasado los ecos lejanos de un ritmo de bolero, visiones fugaces de imponentes praderas y un vasto horizonte, de ríos rabiosos y bosques vírgenes… Y acudió conmovido y ansioso a acurrucarse junto a ella, tarde tras tarde, mientras se dedicaba a la lectura y exprimía su torturada creatividad, desparramada sobre un papel que apoyaba sobre sus rodillas. Y no tardó en hablar con ella y en preguntar su opinión sobre este o aquel verso, sobre esta o aquella persona, y alguna tarde de furia desatada, mantuvo alguna discusión encendida con su estufa animado por el alcohol y por su imaginación delirante, desgañitando su garganta en una habitación vacía…
     Y a raíz de estas trifulcas, sus humildes vecinos, que ya le tenían por excéntrico, no dudaron en apartarse de él y le tomaron por loco. De esta forma, el poeta se encontró más solo que antes y se refugió en su nueva amistad con mayor frecuencia, y reservó para ella en exclusiva sus más íntimos pensamientos. Finalmente, un día en que sus desvaríos fueron más acusados, dedicó un verso anhelante a una hermosa criolla de ojos oscuros y labios ardientes, cuando en realidad reflejaba el cariño hacia su nueva y radiante compañera, la única que le proporcionaba esa compañía, ese calor que despreciaba pero a la vez precisaba…
     Lo único que reprochaba a su suerte, y esta sensación le atormentaba y le provocaba la más sincera contrición, era la naturaleza de su estufa, pues se trataba de un producto industrial, fabricado en serie, moderno, que había precisado renovar la deficiente instalación eléctrica de su pequeño reducto. Representaba, precisamente, esa mediocridad sin espíritu y esa degeneración burguesas contra las que siempre se había alzado. Y en alguna ocasión, cuando las punzadas de su conciencia se hicieron más intensas, intentó renunciar a ella, intentó apartarla de su vida, y, una tarde vaporosa y de rabia desaforada, a punto estuvo de arrojarla por la ventana y comprobar cómo su cuerpo metálico se estrellaba sobre los charcos embarrados del sórdido patio, y sus incontables piezas diminutas se esparcían desmembradas.
     Pero no ocurrió así, nuestro moderno Diógenes no supo renunciar a la única comodidad que había aceptado, y continuó dependiendo de ella. El rigor del frío, su nariz enrojecida, sus pies entumecidos y su carácter enfermizo e hipocondríaco, siempre sometido a toses convulsivas, le convencieron que necesitaba el moderno aparato, y acabó por formalizar un trato con ella. Se propuso educarla, elevar su espíritu, sacarla de su espuria mediocridad acomodada, y aceptó por vez primera un trabajo como profesor particular. Y descubrió, para su asombro, que su estufa era buena en música.
     De esta forma, ambos compusieron dos canciones tristes. El poeta añadió las letras melancólicas, apagadas, de hojas amarillentas que se desprendían para siempre de la rama desnuda, y ella colaboró con un ritmo obsesivo de voces agudas y afiladas, polifonías exaltadas que parecían provenir directamente de otro mundo. Y sintió recelo al comprobar que, en algunos aspectos, su alumna aventajaba al maestro, y que se despertaba en ella una creatividad inédita que jamás hubiera soñado…
     Finalmente, una tarde de febrero, el poeta escuchó un traquetear inusual, y no le cupo ninguna duda de su significado. Y se adueñó de su ánimo un terror aciago y, después, le embargó el más agudo de los pesares. El poeta entendió que aquel chispazo, ese minúsculo estallido, eran las últimas palabras, los últimos estertores, de su amada estufa. Y, en efecto, el aparato fue apagando su brillo en una suave languidez, y pronto dejó de emitir calor, de palpitar. Todo había acabado.
     Y, por primera vez en mucho tiempo, los sentimientos del poeta se desataron y aprendió a escribir, lloró, rasgó sus vestiduras, imploró y suspiró. Y no se asombró de que su estufa se hubiera despedido de él, que le hubiera dedicado sus últimas chiribitas, pues era lo más natural que aquel pequeño aparato hubiera presentido su propia muerte... Era obvio que aquella pequeña estufa eléctrica tenía alma.

(c) Santiago Cabanes Gabarda

*cuento preseleccionado en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur (2009)

Santiago Cabanes Gabarda es español.

Vive en Valencia, España.

Es Licenciado en Historia, actualmente trabaja como profesor de educación secundaria.

imagen: Miguel Carlos Victorica, Naturaleza muerta, Colección particular (de la muestra de Alfredo Guttero en el Malba)

sábado, 19 de diciembre de 2009

DCF






Buceo literario


Estábamos todos en silencio, yo, miraba la copa de grapamiel… y me recordaba el frío que hacía afuera, vos, tenías la vista perdida en mis ojos, dulces de licor, y sentados en una mesa, tres niños pequeños devoraban muzarellas… haciendo uso de sus manos, enchastrándose el pantalón, limpiándose la boca con sus mangas y chupándose los dedos, mientras sus padres discutían afuera. En ese momento entró ella al bar. Traía consigo una cartuchera de lata, con muchos lápices de colores y varios papelitos sueltos; pasó con toda su adolescencia junto a nosotros; yo levanté la vista, vos te prendiste un cigarro; me llamó la atención esa flor roja, que le prendía en el pelo a la altura de la sien y la seguí con la mirada, vi cuando se sentó en una mesa, aislada, abrió su latita, y comenzaron a salir palabras; yo apuré el trago, vos fumabas, y los niños seguían a sus anchas cuando le hice la seña al mozo, pa´ que me traiga otra grapa:
     -¿Por qué camina usted así? –Le preguntaste
     -Para no pisarlas –respondió el mozo encogiéndose de hombros, y recién ahí notamos, que había palabras regadas por todo el suelo, hasta la altura del tobillo; observé a los padres, que seguían discutiendo afuera, mientras los niños chapoteaban en un mar de letras; tú apagaste el cigarro, yo me agache para tocar el agua… y allí viste por encima de mi hombro, como emanaban las palabras, se escurrían por la mesa de la muchacha… y las teníamos por la cintura cuando me terminé la grapa; los padres, entraron con las palabras por el pecho, las iban apartando con sus manos y braceando al avanzar, llegaron donde los niños; pasó una muzarella flotando; jugaban una guerrilla de agua locos de la vida, pero a vos te molestó, porque ya no podías fumar, claro, a esa altura los dos flotábamos, si yo, para terminarme la grapa, tuve que bucear; el trago se me había quedado abajo y lo saqué a flote mientras que el mozo, arrodillado sobre la más alta estantería, de cara contra el techo se niega a traerme la cuenta, insiste en que no las quiere pisar… y ella cierra su latita, todos caemos, dejamos de flotar, la poetisa se retira, se despalabró el bar.


(C) DCF

Montevideo, Uruguay

imagen: Roberto Rossi, Botellas y copita (de la muestra Vida quieta en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco)

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Daniel Campodónico






La velocidad de tu tiempo*





Y como Icaro…







      Ángela, venía con alas incluidas, por eso volaba siempre hacia el sol naciente, aquel que se ve por la mitad. Quería llegar, verlo al completo y viajaba tan rápido, que el tiempo, no le podía alcanzar.
      Ella siguió avanzando, más y más, con fuerza batía sus alas, viendo allá abajo, pasar el mar. Pero el sol jamás despuntaba, no crecía, ¿curioso?, ¡siempre está igual!
      Ángela comenzó a cansarse… y se quejó; allí un diablillo le dijo al oído: “nunca vas a llegar”, entonces se quejó más, y para exorcizar a esos demonios, ella, convocó a Satán. Este llegó ciego, y a cicatrices cerró su boca; ya no se puede quejar. A cambio: enlenteció sus alas.
      Ahora el sol trepa, el tiempo le pasa; pronto, callada, morirá.


(c) Daniel Campodónico
http://cuentistasami.blogspot.com




Daniel Campodónico es uruguayo
vive en Montevideo, Uruguay


*cuento preseleccionado en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur


imagen: Juan Batle Planas, El lama, témpera sobre papel 

martes, 15 de diciembre de 2009

José Angel Salas Andrés







Mujer otoño*


Mírala bien. Es ella corriendo hacia el invierno. Tierra desnuda de hierba. Árboles desnudos de hojas. Tallos desnudos con piernas vagabundeando por un bosque de corcho. Corriendo entre ensaladas y huertos silvestres. Entre metástasis y simbiosis insufribles. Cometas, estrellas. Grupos de novas y más estrellas. Susurrando el ocre murmullo de las hojas esparcidas hasta el tobillo. Crujiendo. Partiéndose las secas. Doblándose las recién caídas. Doblándome yo. Partiéndose ella conmigo. Una canción que silba. Suena a espacio dormido. A pesadumbre. Duermes. Duermes siempre que yo intento mirarte. Te digo "hola" y tú... asesinas las horas en duermevela. Atraviesas por las rendijas de tus persianas la luz. Que es un balance de la primavera. Savia. Clorofila amnésica. Añades más frío que calor intentas retener. Los frutos secos, secándose, agujerean la mollera de unos cuantos: de mí. De ti. Aunque sigues durmiendo, cuando te despiertas corres. Muy rápido. Como el agua estancada, como la rana disecada. Como la ira desencadenada de una estatua de sal. La sal. Caminos de rastros de flores. No las promesas: son otra clase de flores. Son las que nacen de la explosión del calor. Del aleteo. No hay zumbidos de abejas, sí de moscas. Las de ayer, rondando el cadáver cerca de la charca. Seca. Pero llega el otoño. Otoño y es mujer que da vida. Las primeras gotas que inundarán todo. Y habrá avenidas donde antes el prado ardía. Y habrá brillo del sol rebotando en superficies mojadas. Y así todo el día. Toda la noche. Pero ya te habrás detenido para quedarte. Para recordarme que la lluvia es buena compañera. Un nuevo turno. Los osos comenzarán a dormir. Entonces tú también querrás dormir. Y saltar. Lo harás navegando en canoa. Porque en la selva amazónica no hay balsas. Hay balsas en las islas desiertas, como también hay piratas. Pero aquí hay juncos, y lianas. Aquí estás tú.

(c) José Angel Salas Andrés





José Angel Salas Andrés nació en Zaragoza, España.

Vive en Teruel, España

*cuento breve preseleccionado en el Concurso de cuentos Revista Archivos del Sur

imagen: Covarrubias, Paisaje exhuberante, (de la muestra Papeles Latinoamericanos en el Malba)

lunes, 14 de diciembre de 2009

Helmut Jaramillo Peláez






De la Correspondencia entre Fantasmas*


     En memoria de Paul Vlaes

V C.    Esta es una de esas noches que no puedo dormir, solo quiero saber quienes son los habitantes de tus ojos.
N.M    Hace mucho no están, hace mucho no hay puertas ni ventanas ni ojos ni   ladridos de madrugada, ni motores ni manos, ni luz, ni fé ...
V.C.   Hace mucho que me esfuerzo en  ignorar tu fantasma desnudo atravesando el espacio entre la sala y la cocina, tu fantasma excitado lamiendo mis orejas y mis ojos.     Hace mucho que no tiemble tu alma montada en mi alma.
N.M   Me he quedado sin voz para cantarte, susurrar dulcemente e insultarte, me que quedado sin voz en la memoria, acabo de  enfrentar mi infancia muda, colgada en  tendederos de montaña lluviosa, expuesta a vientos cargados de rencor.
V.C   Alguien se acerca, alguien me percibe y me teme. Y su aliento me borra, me confunde con aretes de hojas de romelia, anillos de jazmines y  collares de lirios, me  pierdo en el aroma de un viejo relicario, y mi ser se congela en tu mirada desbordad en cenizas...
N.M  ¿Por otros treinta siglos?
V.C   Trata de ser espuma, yo seré ola que te mece.

(c) Helmut Jaramillo Peláez

Helmut Jaramillo Peláez es panameño-colombiano
vive en Envigado, Colombia

*cuento breve preseleccionado en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Raquel Forner, Bañista, (de la muestra de Alfredo Guttero en el Malba)

Ignacio Raventós Cardús





Peluquero a domicilio *


  Peino a señoras, afeito a ancianos, corto el pelo a niños y también me ocupo de que enfermos y discapacitados mantengan un aspecto pulcro, digno y aseado.   
  Soy peluquero a domicilio. Voy de casa en casa atendiendo a todo tipo de clientes que por uno u otro motivo no pueden desplazarse a una peluquería.   
     
  Viajo con mi maletín de útiles y mi espejo. De las tijeras, navajas, cepillos, peines, clips, pinzas y tirabuzones no tengo nada especial que decirte que tú no sepas.    
  De mi espejo, este espejo normal y corriente enmarcado en madera y con un base que lo mantiene en vertical, déjame que te diga que le tengo un especial cariño. ¿Que qué tiene de especial? Pues que nos proporciona, a mí y a mis clientes, momentos de gran satisfacción. Es el momento en que, acabado mi trabajo, me sitúo detrás de ellos y veo brillar sus ojos cuando se ven a sí mismos con la cara despejada, el cabello ordenado y bien peinado. Ese  instante es lo que hace que, pese a las duras condiciones, adore mi trabajo.    

  Algunos de mis clientes me preguntan cómo consigo dejarlos tan guapos. Yo les digo que es el espejo quien me guía. Que veo en el espejo a la hermosa persona que en realidad es. "¿Y por qué yo me veo viejo, cansado, enfermo, feo?, me preguntan a continuación. Entonces me gustaría decirles que guarden en su memoria la imagen de sí mismos reflejada en mi espejo y traten de ser esa persona. Pero no se lo digo porque sé que en cuanto me vaya, la realidad de sus limitaciones, padecimientos y soledades volverá a apoderarse de ellos, creciendo inexorablemente como crece su barba, se desordena su cabello canoso o se enmarañan sus rizos. Pero eso no me desanima porque sé que dentro de mi espejo queda grabada la auténtica imagen de cada uno de mis clientes. Caras felices, rejuvenecidas, llenas de ilusiones y sueños. Caras agradecidas que me dicen que sigue habiendo vida para ellos, o que siguen siendo personas hermosas y bellas, como lo habían sido alguna vez en su pasado. Caras que se conservan intactas, inalterables al paso del tiempo y de los hechos, y que vuelven a aparecer, en la siguiente visita, cuando retiro la funda del espejo y me sitúo detrás de mi cliente, para empezar de nuevo.  


(c)Ignacio Raventós Cardús
Ignacio Raventós Cardús es español.
vive en Barcelona - España


 *cuento breve preseleccionado en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur (2009).






imagen:
David Lamelas (de la muestra en el Malba, septiembre de 2006)


Film Script (Manipulation of Meaning), 1972
[Guión de film (manipulación del sentido)]
Film 16 mm transferido a DVD y 207 diapositivas.
[16 mm film transferred to DVD and 207 slides]
Cortesía del artista y LUX, Londres
[Courtesy of the artist and LUX, London]


sábado, 14 de noviembre de 2009

Guillermo Bravo




Carlos



En un barrio de mi pueblo los ancianos jugaban campeonatos de memoria. Se sentaban todos juntos y uno gritaba una fecha muy alejada, a partir de esa fecha se ponían a recordar. Empezaban por los acontecimientos colectivos, que eran más fáciles, el derrocamiento de un general, una copa obtenida por el equipo favorito, Fangio ganando una carrera. Luego venía la parte que más nos gustaba a nosotros, la de los recuerdos particulares. Algunos ni siquiera podían recordar el nombre de su primera novia, pero otros eran capaces de narrar con detalle el primer encuentro, las manos, el color de pelo, los ojos celestes.
Solía ir con mis amigos, comprábamos un helado y nos uníamos al grupo de espectadores.
Carlos era nuestro favorito. Se acordaba todo mejor que los otros, se le notaba en la emoción que se colaba en su voz, en la profundidad de su mirada. A veces hacia un gesto, movía la mano como tocando cada una de las cosas de su memoria.
Una tarde el hermano de un amigo contaba que había perdido la billetera, con teléfonos, y fotos adentro. Carlos, que estaba escuchando la conversación, dijo: "En el estante donde esta la copa del Intercolegial, atrás de la pila de cds".
Empezamos a hacerle todo tipo de pruebas. Recordaba el nombre de mi maestra, del disfraz que me puse en segundo grado y en su memoria estaba el código que había perdido mi primo, o los nombres de las compañeras de mi mamá. A veces le dábamos un par de monedas por recobrar lo que nosotros habíamos perdido y el viejo las aceptaba.
Es cierto que esto lo dejó un poco afuera de los campeonatos, porque los otros consideraban que tenía ventaja. A veces quería ayudar a los participantes; cuando un viejo no se acordaba una cosa, él decía por lo bajo: "Era rubia, era rubia..." Pero con el tiempo ni eso le permitieron. Se volvió un poco amargo. Ya miraba los campeonatos un poco desde lejos, desde las últimas mesas del bar. Terminó de espectador de los campeonatos que con tanta gloria había ganado
Una tarde lo encontraron muerto en la verja de su casa. Duro, con los ojos bien abiertos, como si conservara la lucidez. Fuimos al entierro con mis amigos, pero la verdad es que no fue mucha gente. Al poco tiempo, todos se olvidaron de él.

(c) Guillermo Bravo

Guillermo Bravo es un escritor argentino, reside en París, Francia desde hace varios años. Dirige la revista
www.albamagazine.com

imagen: Benito Quinquela Martín, Boceto "El desfile del circo" (de la muestra Quinquela entre Fader y Berni, en el MUNTREF)

Elena Ortiz Muñiz






































OCASO


El atardecer empieza a morir. Al abrir la puerta, advierte las sombras que han comenzado a cubrirlo todo. Avanza con pasos lentos que arrastra al andar, observa su figura encorvada proyectada en la pared. Prende la luz y su imagen desaparece. ¡Qué triste! ¡Qué callada vida la suya! Y pensar que en su juventud fue un hombre de éxito, de empresas, de triunfos. Todos querían estar con él. Gente que salía de todas partes pidiendo favores, suplicando por un empleo, una recomendación, una ayuda.
Ayuda...como la que necesitaba él ahora. Y sin embargo, cuando por azares del destino se encontraba en la calle con alguno de esos jóvenes, ahora hombres maduros a quienes había ayudado, a veces sin conocerlos del todo, algunos volteaban el rostro y continuaban su camino disimuladamente. Otros lo saludaban brevemente, con cortesía...y lástima. Si supieran que lo único que necesitaba era platicar con alguien de cualquier cosa, de lo que fuera. 
Y qué  decir de cuando debía  hacer los pagos de cada mes, después de cobrar su pensión. Eso lo desgastaba considerablemente. Tenía que hacerse el tonto y no percibir ese tono imperativo y degradante que acostumbra la gente a adoptar cuando se trata de atender a una persona de la tercera edad, como él. Al principio, se enfurecía y peleaba reclamado una atención eficiente y digna. Ahora, ya ni gastaba fuerzas en exigir. Callaba y observaba fijamente pensando:
-¿Cuántos años puede tener esta muchachita? Si supiera todos los títulos que tengo,  los libros que me he leído, las experiencias que he acumulado a lo largo de tantos años, me hablaría con más respeto. Pobrecita ignorante ¿Cuántos estudios puede tener para sentir tanta soberbia y superioridad?- 
Terminaba agradeciendo parcamente por el "servicio" prestado y continuaba su camino reclamando entre dientes, siendo señalado como un viejito gruñón cuando todo su pecado era tener el alma apesadumbrada.


Cada día iba a la cama rogando al cielo para ya no despertar. Pero despertaba. ¡Y cómo dolía hacerlo! A veces tardaba mucho tiempo en ponerse de pie porque no sabía para qué dejar la cama. ¿Qué objeto tendría el hacerlo?. Pero igual, la terminaba abandonando. 
Entonces comenzaba el suplicio. Prepararse la avena para el desayuno, que por cierto siempre quedaba desabrida, para luego asear la casa tan eficientemente como su artritis y el dolor de espalda se lo permitiera. Luego se sentaba frente al televisor, su única compañía. 
Buscaba hasta encontrar la película del medio día, que siempre era un film antiguo, de sus tiempos. Y se ponía a recordar hablando para si mismo:
-Yo estuve enamorado de esta actriz, soñaba con ella, no me perdía ninguna de sus películas... -Se entristece un poco-... ¡Ah! Esta escena. Cuánto nos reímos mi hermano Pablo y yo cuando la vimos en el cinema... -Y ríe recordando-... Esa casa...esa casa se parece a la que tenían mis papás, en una  así crecí yo. También tenía una fuente al centro del patio y ¡metíamos en el agua los pies con todo y zapatos para no tener que limpiarlos!...-le emociona la evocación-... ¡Qué tundas nos daba mi madre! Mi mamacita...tan buena. ¡Cuánto sufrió la pobrecita!...Termina lamentando el paso de los años.
Luego seguían los noticiarios y las reflexiones de cómo ha cambiado el mundo, de lo diferentes que son las cosas ahora, de cómo es posible que haya tanta violencia, tanta pobreza...Hasta que se quedaba dormido murmurando frente al televisor que hablaba y hablaba mientras él seguía peleando consigo mismo, con sus años, con su suerte, con las decisiones de su vida, con sus enfermedades, con su soledad...
Al despertar, iba por su bastón y salía a caminar. Llegaba hasta la plaza y se sentaba en una banca, siempre la misma banca, siempre el mismo panorama frente a sus ojos, las mismas palomas buscando migas de pan, los mismos niños...Y volvían los pensamientos a su cabeza...En una plaza así nos encontrábamos mi chatita y yo. Tenía que esconderme de Manuel, su hermano, que siempre la estaba cuidando, ya después aprendí que con unas monedas era suficiente para que se hiciera de la vista gorda y nos dejara platicar a solas...¡Qué tiempos!...ahora todo es tan distinto...las parejas casi hacen el acto sexual en la vía publica, las mujeres ya no dejan nada a la imaginación, los padres no saben en dónde ni con quién están sus hijos. Y los jóvenes...ellos ya no conviven, todo el día en la computadora dizque "chateando", sin hablar unos con otros, sin tener comunicación real. No. Los tiempos han cambiado mucho.
Entonces era momento de levantarse y caminar hasta la fonda. La comida era sabrosa y barata. Hacían una sopa muy parecida a la de su difunta chata, aunque jamás con ese sazón que solo ella tenía. Lo único que le disgustaba era que la dueña creía, como la mayor parte de la gente, que por ser viejo era también sordo e idiota y le gritaba cada palabra acercándosele al oído y repitiéndole todo dos o tres veces.
Después de comer, la caminata hasta su casa. Llegaba, casi siempre cuando la noche empezaba a amenazar con cubrirlo todo, con sus sueños tristes y sus pesadillas. Con esas siluetas que lo asustaban como cuando era niño. Encendía la luz para que desaparecieran los espectros y se sentaba a cenar la concha recién comprada acompañada de leche. 
A veces, una que otra lágrima caía de sus ojos. Miraba el teléfono que casi nunca sonaba, parecía más un adorno que un aparato de comunicación, pero la manera más eficaz de saber de su hijo de vez en vez, cuando se acordaba de llamarlo para cerciorarse de que siguiera vivo. Él casi nunca le telefoneaba al muchacho pues tenía la sensación de que a la mujer, su nuera, no le hacía gracia que lo hiciera. Prefería aguantarse las ganas y esperar, aunque la espera significara semanas, o hasta meses.
Luego, una ducha rápida, muy rápida. No se detenía a observar su cuerpo. No le gustaba ver sus brazos y piernas flácidas y arrugadas, ni su vientre abultado colgar como pellejo sin vida. Desde que su chata murió, no volvió a mirarse al espejo ¿para qué? ni siquiera para peinarse pues ya ni pelo tenía.
Luego se metía a la cama, con la luz de la lámpara en la mesa de noche encendida para que no le pillaran las tinieblas y se le vinieran encima. Miraba el lado vacío junto a él, la casa silenciosa, se imaginaba cómo se veía acostado ahí. Solo. Con vida, pero sin ella. Muriendo día a día sin lograr fallecer del todo. Cerraba los ojos y oraba...oraba con fuerza y fe. Pedía por su esposa amada, por la felicidad del hijo que nunca llamaba...pedía piedad y suplicaba que le permitieran descansar. Casi siempre acababa llorando. Hasta que se quedaba dormido, con las lágrimas frescas en su rostro y la almohada húmeda de tanto llanto. Su cama olía a orines rancios, el olor de la vejez. La señal de que el cuerpo ya no funciona tan bien. Las gafas en el buró, junto a la dentadura artificial, en la pared los diplomas, premios y reconocimientos que a lo largo de su vida conquistó, bajo la cama el bacín por si llegara a hacer falta, en el vidrio de los cuadros el reflejo de su figura cansada y desvalida durmiendo como un niño mientras la luz, que siempre se queda encendida, le ilumina el rostro plagado de arrugas y hace menos sombría su desolada senectud.
Al día siguiente amanece,  y todo vuelve a empezar, con pequeñas variaciones, pero casi siempre igual. Lo único que le alegra es que ese día más, para él, es un día menos. La llegada del ocaso. Y arrastra los pies a la cocina para preparar su avena desabrida...




(c) Elena Ortiz Muñiz
México


imagen: Lino Enea Spilimbergo, de la muestra Quinquela entre Fader y Berni, en el MUNTREF

jueves, 12 de noviembre de 2009

Leonor Pla Manzanares






EL REGALO*

     Érase una vez existía un palacio en el lejano Oriente el cual se encontraba en medio del desierto. Nadie sabía su ubicación exacta y para llegar a él había que seguir a una estrella que sólo se mostraba a los puros de corazón.

     En el palacio vivían tres sabios llamados Melchor, Gaspar y Baltasar, que permanecían la mayor parte del año recibiendo peticiones de todos los habitantes del mundo, pues se decía que eran unos poderosos magos. Ellos se dedicaban a recogerlas y entre los tres decidían si esos deseos se concedían o no. Al comienzo del año siguiente partían de su palacio con un pequeño séquito y sus camellos llenos de regalos correspondientes a las peticiones atendidas.

     Cierta tarde todos los habitantes del palacio se hallaban muy atareados preparando la marcha de sus señores ya que había llegado la hora del reparto de regalos. Los presentes se amontonaban nerviosos en una gran sala a la espera de ser colocados en los camellos de los magos. Se respiraba una envolvente emoción pues todos se encontraban muy impacientes por llegar a sus destinatarios. Sin embargo, en un rincón había un regalo que sollozaba sin cesar.

     De repente, en medio del revuelo apareció el sabio Melchor, dando un enérgico silbido toda una montaña de obsequios se puso en marcha camino de las alforjas de su camello. Dos pajes ayudaban a los regalos a introducirse en las alforjas mágicas que metían y metían regalos sin aumentar de tamaño.

     Cuando el primer montículo de presentes estuvo totalmente empaquetado Melchor se dirigió a su camello, montó en él y comenzó la ruta.

     Los regalos que quedaron empezaron a gritar de alegría despidiendo a sus compañeros y dando saltitos una segunda montaña emergió apilando a otro montón de paquetes. Mientras tanto, el sollozo del regalo que se encontraba en un rincón se había transformado en lloro y el envoltorio que lo rodeaba se había puesto un poco mustio.

     Acto seguido, el mago Gaspar entró en la sala y dando un par de palmadas indicó que la segunda montaña de regalos se metiera en las alforjas mágicas de su camello. Así lo hizo una alegre procesión de cajas que emocionadas deseaban llegar cuanto antes a sus destinatarios. Una vez la segunda montaña de regalos estuvo embutida en las alforjas mágicas, Gaspar se montó en su camello y partió siguiendo la estela que había dejado Melchor.

     La actividad en la sala del palacio se volvió frenética de nuevo, pues sólo quedaba un sabio y todos los presentes debían apilarse en una nueva montaña. Los lloros del regalo se habían transformado en un llanto y el lazo que lo cubría había tornado de vivo rojo a triste gris. No paraba de sollozar y hacer pucheros pero como todos los demás se afanaban en colocarse en su sitio para ser recogidos por el último mago no tenían tiempo de fijarse en él.

     Al final, el sabio Baltasar apareció en la sala y con un leve movimiento de cabeza indicó la dirección de la puerta. Todos los regalos que quedaban empezaron a desfilar ante él introduciéndose en las alforjas mágicas de su camello. Todos a excepción del regalo que continuaba sin parar de llorar en un rincón de la sala del palacio.

     Ya estaban todos dentro cuando el mago Baltasar reparó en él y se encaminó hacia donde se encontraba sonriendo amigablemente. Se plantó delante del regalo y agachándole le dijo con voz dulce:

    -¿Qué  ocurre pequeño? ¿Por qué no te has metido en las alforjas?

      El regalo apenas podía hablar pues hipaba con fuerza debido al llanto.

    - Señor, yo no sé donde tengo que ir. La pequeña niña que me encargó se olvidó de decirme donde vivía así que no tengo ni idea de donde debo bajarme ¿Cómo la encontraré?

     El sabio sonrió en silencio, cogió el regalo tiernamente y se levantó. Elevó su mirada al techo y le dijo:

    - Mira. ¿Ves?

     El regalo no daba crédito a lo que sus ojos percibían. En el techo de la Gran Sala del palacio de los tres sabios había dibujado un mapa del mundo todo lleno de luces.

     Baltasar continuó:
    - Cada vez que alguien nos escribe una carta o nos formula un deseo y se les concede, una luz se enciende en este mapa. No tienes por qué preocuparte. Tanto Melchor, como Gaspar, como yo mismo sabemos exactamente dónde hemos de dejarte.

     El regalo empezó poco a poco a iluminarse, su cinta gris volvió  a colorearse de un rojo intenso y su envoltorio se estiró quedando liso y brillante. Baltasar emitió una sonora carcajada y señalando el techo le indicó que volviera a mirar a lo alto.

     El regalo quedó maravillado. Todas las luces del mapa mundial se habían apagado menos una. La visión de esa oscuridad a excepción de la chispa de luz le provocó una tremenda paz.

    - Ahí es donde has de apearte. Ella te espera y te diré que le vas a hacer muy muy pero que muy feliz.

     Y tomando en sus brazos al regalo se dirigió a la puerta. Montó en su camello y siguió la estela dejada por Melchor y Gaspar. Pero no colocó el regalo en las alforjas sino que lo reposó en sus brazos durante todo el viaje. Hasta su destino.

(c) Leonor Pla Manzanares

*El regalo resultó finalista en el concurso de cuento Revista Archivos del Sur

sobre la autora:

Leonor Pla Manzanares nació en Castellón de la Plana (España) en 1977. Reside en esa ciudad.


imagen: Ricardo Castro, El nacimiento del cartonerito, pesebre en cerámica

Victoria Lozano Díaz
































Antillanca*




Antillanca significa en mi pueblo, perla del sol. Así me llamó mi abuela el día que mi madre dio a luz en medio de araucarias, junto a un pozón de aguas calientes, cuyo vapor termal me salvó de no morir de frio aquella tarde otoñal. Mi abuela Millaray asistió a mamá en el parto que según los cálculos estaba pronosticado para 20 salidas más del sol.
Alejadas de casa e internadas en la profundidad del bosque las dos mujeres avanzaron extasiadas por la senda que el olor de los pinos y la tierra virgen les dictó como natural destino. Cuenta mi abuela que mamá quiso lavar sus pies cansados en la orilla de la poza calurosa y que el relajo fue tal que se recostó y  apoyó la cabeza en la arenilla húmeda que bordeaba las piedras. Sin premonición cerró los ojos, abrió las piernas y comenzó a pujar. Millaray alcanzó a estirar los brazos y sujetarme la cabeza que ahí mismo bendijo lanzando salpicones de agua tibia, mezcla del agua densa y purificada de mi madre Relmu y la sangre de la tierra misma, que brotada entre las piedras.
Relmu, que en mapudungun significa arcoíris, me besó en la frente mientras lanzó un gemido de dolor tan intenso, que la hundió en el barro que toda la sangre derramada había formado en el suelo y con sus enormes ojos negros abiertos, entregó su cuerpo a la pacha mama.
Sus relieves de hembra aguerrida formaron un firme montículo rocoso multicolor.
Mi abuela me tapó con su manta negra, esparció hojas de eucaliptus en los rastros de Arcoíris y me cobijó en su canasta acostándome sobre yerbas recogidas, cuyo olor se quedó a vivir en mi cuerpo  y según decían tenía un efecto pacificador en la gente.
La sonrisa de mi abuela demostraba orgullo por mi llegada, su mirada en cambio dejaba ver la espina que la muerte de su única hija le dejó para siempre, clavada en el espíritu.
Mis abuelos me criaron hasta el día de sus muertes. Millaray como flor de oro cubrió con sus raíces el recuerdo del abuelo Curihuentro que se esparció como un círculo negro al centro de la última fogata que alcanzamos a encender juntos.
Yo tenía 7 años, cinco ovejas, un perro y gallinas con pollos a los que les perdía la cuenta. Recuerdo que los días siguientes a la partida de mi abuela, me sentaba con los pies en el río a comer las frutas cocidas que quedaban en la olla grande.
No duró mucho, porque la vecina enterada ya de la tragedia, decidió dar aviso en la municipalidad del pueblo más cercano de la terrible situación de la niña huérfana. Recibí muchos apretones cariñosos en las mejillas, hasta que una tarde en que el frío me estremecía los huesos llegaron en una camioneta a buscarme unos señores que se hacían llamar tíos. Estuve en varios lugares, pasé por doctores, papeles y muchas preguntas hasta que una noche me encontré durmiendo en mi nueva habitación, en casa de la familia Sarmiento.
Aprendí mucho con ellos, llegué a dominar tan bien su idioma, que olvidé el mío casi por completo. Aquí llevo viviendo cinco años, sé levantarme al amanecer, prepararles pan para su desayuno, hacer las camas, limpiar los pisos, ordenar las cosas que casi nunca están en su lugar, cocinarles cazuelas, carnes, porotos o lo que me pidan.  Por las tardes lavar las ropas, plancharlas y dedicarme a coser prendas rotas o jugar con los niños de la casa.
Siempre hablamos de lo muy agradecida que debo estar, ellos me salvaron de ser devorada por pumas o malcriada por indios salvajes que vivían por ahí.
Además amablemente decidieron conservar las tierras y la antigua casa que pertenecía a mis abuelos, aunque para no distraerme con recuerdos, nunca me llevaron a visitarla. Pero me quedo tranquila porque ellos me cuentan que cuidan el lugar y a los animalitos.
A veces me da pena que tengan que hacer sacrificios por mí, como pagarles a más de quince personas para que mantengan ese lugar. Me cuenta la señora que es muy grande y que las frutas, verduras, animales y árboles crecen sin parar. Si hasta un negocio debieron montar, porque no hallaban que hacer con tantas cosas. Y con el tiempo incluso tuvieron que comprar camiones.
Por todo lo que han hecho por mí es que me da vergüenza lo que voy a hacer, pero mis pensamientos ya no me dejan opción. He intentado acostumbrarme a mis nuevas tareas, pero el asco es tan profundo que por las noches, su olor se me impregna en la nariz y las arcadas me nacen desde el alma.
Yo sé que les debo la vida y que nunca tendré la forma de pagarles, pero mis lágrimas ya no se detienen. Siento una pena muy grande.
Esa noche, don Raúl vino como de costumbre y me golpeó en la cara por no estar desnuda. Me tiro las trenzas y cuando estuve en el suelo se me enterró como una lanza afilada. Con mucho dolor en el vientre tomé el cuchillo con que había cortado los choclos, porque a doña Elvira le ha antojado comer pasteles toda la semana. Y en una de las vueltas en las que quedé encima de él, en un solo suspiro mío, le rebané el cogote. Su sangre hedionda impregnó mis manos con las que le cerré los ojos, para que nunca más se atreviera a mirarme.
Por la mañana, cuando doña  Elvira abrió bruscamente la puerta, en busca del marido perdido, un rayo de luz que se colaba por la techumbre con forma de una esferita radiante, la encegueció un instante. Para luego descubrir la escena, que extrañamente emanaba un olor a yerbas tan fuerte que la mujer debió salir de la habitación a desmayarse más allá.
              La perla del sol se quedó hasta el anochecer iluminando la cara del difunto, mientras que de Antillanca nunca más se volvió a saber. 


 (c) Victoria Lozano Díaz

*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur

Victoria Lozano Díaz nació en Concepción, Chile. Reside en Santiago de Chile

imagen: Chañüntuku, muestra Mapuche, Arte de los Pueblos del Sur, Colección Nicolás García Uriburu

sábado, 17 de octubre de 2009

Juan Carlos Pérez López




Salvoconducto 

La suerte es un duende que buscamos en los sitios más insospechados. Nos acecha burlón. Quiere que lo atrapemos, pero es escurridizo. A veces, sin pretenderlo, lo dejamos escapar delante de nuestras narices. Mientras huye nos hace una pedorreta; nos sentimos desgraciados. Echamos la culpa de nuestras desdichas a la propia vida; no somos capaces de reconocernos como responsables de nuestro propio infortunio. Erramos destino; llegamos al desastre personal.
     Intento agarrarme a la verdad del vino; me ahogo en mis propias mentiras. Como el Titanic, me he hundido al chocar mis cuitas contra los hielos que enfrían los tragos largos o cortos por los que navega mi existencia. Soy un náufrago dentro de la desolación de mi vida, de una vida que se ha ido a pique de manera lenta, pero imparable, de manera silenciosa, pero estrepitosa. Yo di rienda suelta a mi fatalidad. Todo lo demás compone un batiburrillo de excusas baratas que me ha costado caro.
     Yo creía controlar mi espacio vital. Sin darme cuenta, me estaba haciendo esclavo de un invitado que se coló en él a hurtadillas. Pero es que yo le abrí la puerta. Y entró hasta la cocina, arrasando con todo a su paso. Para cuando quise darme cuenta, había perdido mi libertad.
     Cada vez que escurro un vaso, en su fondo veo cómo mi mujer y mi hijo me han pegado una patada en el culo. Pero también cómo mis hermanos, aunque siempre que los necesito salen en mi auxilio, me miran con recelo, quién sabe si también con desprecio, pues sufren en sus propias carnes el dolor, el sufrimiento que causo a mi padre por causa de mi adicción irrefrenable al alcohol.
      Papá es el único que me soporta; la sangre liga. Sobre él descargo mis mayores arrebatos, las llamaradas de mi lengua cuando se desata sin control, azuzada por los latigazos de mis borracheras sin recreo. Él no me ha abandonado. Creo reconocer sus lágrimas en las gotas que quedan en el fondo de mis fieles compañeros, los vasos, de los que sería capaz de beberme hasta su cristal si fuera líquido. En definitiva: he perdido a mi familia, y si no lo he hecho, estoy desorientado y no atino a dar con su paradero. Quizá ella ya no quiera que la encuentre. Ahora me doy cuenta de mi ruina: mi mundo se ha desmoronado delante de mis ojos, con la complicidad de mi cobardía.
     Siempre dicen que nunca es tarde, pero mi tren ya pasó. Yo me he quedado a pie firme en el andén, viéndolo llegar, viéndolo parar, viéndolo marchar. Me han faltado las fuerzas, quizá la valentía, para montarme en él y ver pasar de largo desde su interior una estacón tras otra sin que yo echara pie a tierra, manteniéndome firme en la verdad de un viaje agreste que no he sabido emprender: la abstinencia, el único trayecto que puede llevarme del lado de los que siempre me han querido.
     Mantengo una relación de amor y odio con el alcohol. Él me posee, me disfruta. Nuestros abrazos son espirales, tolvaneras que conducen a ninguna parte, al reino de los tarambanas. Soy uno de esos peleles que han dejado escapar entre sus dedos sus mayores tesoros del mismo modo en que la fina arena se escurre entre ellos. Hoy sólo me quedan ansiedades a las que reto sin lucidez, la mejor forma para encararlas sin que te revienten el alma, el corazón… la cabeza. Porque sólo bañado en la confusión soy capaz de enfrentarme con mis demonios, los mismos que yo liberé de sus infiernos para que alzaran su dictadura en mi vida, en esta vida sin aliados, hartos estos de que les hiciera la puñeta sin descanso.
     En fin, a estas alturas comprenderán que ando sobrio, que estoy en un momento de claridad que me angustia. Mis manos temblorosas buscan un asa que les dé serenidad. Por desgracia, ese asidero, hoy por hoy, sólo sé reconocerlo sobre la barra de cualquier bar, sobre ese campo de batalla en el que he sido derrotado por la torcedura del alcohol. Pero aun queda la esperanza de que no esté destruido del todo.
     Ojalá  gane fuerza en algún alto el fuego, me llegue valor para pedir el armisticio, valentía para reconocer, al fin, mi enfermedad, único salvoconducto que me puede ayudar a escapar de ella, a reencontrarme conmigo, a ser digno de darme a los demás de nuevo. La soledad da tanto miedo…

(c) Juan Carlos Pérez López

Bormujos, Sevilla, España


*cuento finalista en el concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Roberto Rossi, Tazas y frutas, muestra "Vida quieta", Buenos Aires.

Noemí Orella Fernández


ADAGIO*


La peluca bien puesta, las pieles recién lustradas, los zapatos a estrenar. Nada diferenciaba a Doña Rosita del resto de ricachonas que colaboraban anualmente en el Rastrillo de Nuevo Futuro.
Planeó  hasta el perfume que se pondría aquel día. Las joyas también: las justas. Si bien el evento estaba destinado a recaudar dinero para los pobres, cuando perteneces a cierta clase social no puedes prescindir del oro ni del qué dirán antes de salir de casa. Volvió a su mansión de Conde Rodezno -aún a sabiendas de que llegaría tarde- porque se le había olvidado cepillarse los dientes. Todo en ella debía deslumbrar, y su nueva dentadura, implantada con titanio a sus débiles encías -herencia de una familia pobre-, no debía revelar lo podrida que se sentía por dentro.
Mauricio hubo de esmerarse en la conducción para robar unos segundos a chronos y que su señora no llegase tarde al día más especial del año. Una impecable azafata la recogió a pie de calle y la acompañó al pabellón 9A en el que se ubicaba su stand.
Cierto mareo la turbó al incorporarse a su puesto. En un rápido gesto, comprobó ante su espejito de mano que todo, hasta su estudiada sonrisa, estaba perfecto.
Comenzó  la inauguración. Reverencia ante Su Majestad la Reina, presidenta de honor del Comité Organizador. Repitió, como hacía año tras año, los rituales obligados de las damas de la alta sociedad. Besó a una y a otra, sin posar sus labios en sus carnes. Repitió hasta la saciedad lo guapas que estaban todas; presentó a la nueva al resto; preguntó a Doña Margarita qué tal le iba en su nueva mansión, y comentó hasta la ridiculez lo difícil que es encontrar una buena sirvienta en estos tiempos que corren.
Doña Rosita palideció cuando supo que el mejor pianista del país -un gitano-, iba a interpretar a Chopin. Hacía cuarenta y tres años que el piano de su casa había enmudecido, asesinado por ella misma sin causa aparente, sus cuerdas cortadas con un cortaúñas, una a una, sin compasión.
-Aquí  huele a pobre, dijo.
Y se retiró  al baño a aliviarse las arcadas. Pero no era su estómago, sino su corazón, quien se revelaba. Notaba cómo subían a la boca sus pecados más íntimos; aquellos que no conocía ni su sacerdote. Casi podía masticarlos. Intentó vomitar, como hacía antaño, pero una vez perdido el hábito le resultó imposible. Volvió a mirarse en el espejo, pero esta vez le traicionó. Lo que vio era una caricatura de sí misma. Pintarrajeada y envuelta en celofán, sólo ella podía ver que ocultaba un alma en descomposición.
Adherida a su carne, justo debajo de la ilustre insignia de la Cruz Roja, traslucía la putrefacción de sus actos pasados. Sintió pánico de delatarse. Se descalzó y salió corriendo del pabellón, no sin antes haber robado las partituras del pianista.
Descalza, en un banco de la calle, escondió entre los cinco renglones del pentagrama los pecados que la asediaban. Schubert, Chopin y Schumann fueron testamentarios de sus idilios con un joven pianista anarquista, al que rompió el corazón para casarse con un viejo ricachón fascista que le proporcionó todo lo que ahora tiene: celofán.
En un adagio ma non troppo describió cómo llevó a la locura al pianista, que acabó su sufrimiento ahorcándose con las cuerdas de su piano al saber que ella había asesinado al hijo que ambos, ilusionados, esperaban. Debussy supo, sin haberlo querido nunca, cómo ella hubiese delatado sin pudor su escondrijo si él mismo no hubiera puesto fin a su sinfonía.
El abrigo y el broche le quemaban. Se quitó la peluca como los hombres se quitan el sombrero en misa, para mostrarse ante el mundo tal y como es. Semidesnuda, habiendo encarado su pasado, ya no sentía náuseas. Pero no era suficiente para deshacerse del lastre que la acompañaba desde su juventud.
En una mesa improvisada con cartones, con unas viandas que ella misma compró, preparó  amorosamente unos bocadillos que, envueltos en las partituras manuscritas, regaló a todos los necesitados que encontró.
Allí, semidesnuda, disfrutando de la compañía de los que bien pudieran haber sido sus vecinos o sus familiares, permaneció doce horas. Las mejores horas que había pasado hacía mucho tiempo. Sólo le quedaban tres bocadillos por regalar cuando apareció su hijo mayor -alertado por el personal de seguridad del evento- y la sacó de allí en representación de todos sus hijos; los hijos del puro humeante, el dinero, y el celofán.
Sin saberlo, había caído en su propia trampa. Había proporcionado a sus vástagos la excusa perfecta. Encerrarían a mamá y, alegando demencia senil, cobrarían la herencia quince años antes de lo esperado.

(c) Noemí Orella Fernández

Pamplona - Navarra -España

*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Jesús Rafael Soto, Sphere Concorde, de la  Muestra en la Fundación Proa, Buenos Aires)

miércoles, 14 de octubre de 2009

María Jesús López Martín


El pájaro, Afrodita y un pastel de chocolate *


     Un pájaro ha pasado por mi ventana. Me ha mirado de frente. Ha piado a voz en grito. Se ha girado así sin más, me ha dado la espalda y se ha ido. Me ha graznado con el pico abierto y la mirada de reírse.
      ¿Será posible, digo yo mientras escribo, que un pájaro abra el pico y me grazne a la cara mientras ríe? Que yo sé seguro que reía. Si se le veía en los ojos de pilluelo sabio grajo que grazna y rebuzna frente a mi ventana.
      Y luego yo, ¿qué hago? Me quedo sola y pensativa, nada más. Me quedo sola contando los pelos que se sueltan de mi cola y cuando caen, me los como despacito después de haberlos utilizado como hilo dental. Luego me agarro el brazo y me lo mezo porque estoy sola y un pájaro cuervo me ha rebuznado desde su pico desmesurado abierto de par en par. Y que sus ojos sigan riéndose en mi recuerdo… Qué lamentable. Qué extraño. Qué encerrona de mí misma a mí misma desde mí misma. Y nada más, ya digo.
      El pájaro se ha marchado y desde mi pelo recién arrancado que me monda el diente me levanto y me miro en el espejo mientras me pregunto: quién soy.
Ya me di miedo.
Cuánto tiempo sin decírmelo.
Y que haya tenido que venir el pajarraco y abrir su pico para que me lo haya preguntado…
      El espejo se quiebra y aparece Afrodita que me guiña un ojo y me sonríe con picardía. Ay Afrodita, le digo, que me estoy sola. Y Afrodita venga que venga a guiñarme el ojo hasta que al final me doy cuenta de que es un tic y que su sonrisa picarona es marca de cicatriz de cuando se cayó de la bici a los cinco años. 
Me cae una lágrima de soledad.
Resbala.
      Me doy la vuelta y me dirijo a la cocina. Allí me como un pastel de chocolate que desde sus inicios me decía cómeme por favor cómeme. Y me lo como porque me llena de negro dulce. Pero el negro dulce en el estómago se convierte en agujero en el corazón y me apuñala en la costilla el graznido del pájaro con su pico abierto que no cabe en ningún sitio.
Me siento sola.
      Luego me levanto y tomo una decisión. Agarro la escopeta del armario y me asomo a la ventana. Llamo al pájaro a graznidos, lo invoco alareando, lo grito ya con ojos ya con dientes y, cuando lo veo, lo apuñalo. Le saco los ojos y los como fritos. Chafo su picazo con una piedra. Despedazo sus plumas. Le arranco patas. Lo degüello. Lo mastico. Lo como. Crudo. Bebo sus líquidos. Cuando he terminado, eructo. 
Entonces quedo tranquila. 
      Por la noche me desvelo y me asomo a la ventana. No veo nada y me miro en el espejo. No veo nada y me dirijo a la cocina. No veo nada y me quedo sentada en una silla de madera. Me tiembla el cuerpo. Me llega el frío. Recuerdo al pájaro y me duelen las entrañas. ¿Por qué me ha entrado el miedo?
Lo llamo alareando, lo invoco con graznidos.
El pájaro no viene y yo sudo y me bebo mi líquido empapándolo en esponjas. El pájaro no viene y yo me caigo al suelo, y el pájaro que sigue sin venir y yo me corto uno a uno mis cabellos y el pájaro que nada y yo que ya al final me he arrancado los ojos y me miro desde ellos y descubro que mi boca no es ya más que un pico enorme que devora y ríe y grazna y que, en un momento de descuido, acaba por engullir los ojos que se encuentran en  mi mano. Desde ellos puedo observar mi intestino.
En un último momento de lucidez, me digo: ¿todo esto por un pájaro que grazna? Y por dentro de mi cuerpo noto cómo resbala una lágrima mientras alguien –no sé quién- cierra las cortinas de la ventana.

(c) María Jesús López Martín
*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur
Terrassa, Barcelona
España

imagen: Francesco Clemente (de la muestra La Transvanguardia italiana, Fundación Proa)

O´Kanny Blandón Mariscal




Después del invierno vienes tú *


   Después del invierno viene el invierno. Eso me lo dijo un viejito mendigo tiritando en su esquina cuando le ofrecí mi chaqueta y él me alargó su botella  de vino. Preferiría no creerlo pero no tuve argumentos en su contra. Si me gustaría que supieras, pequeña Rosalía, que con los años los ojos de tu muñeco de trapo le vuelven un testigo ciego. Hay bastantes brujas y forajidos y veneno en muchos de los platos. Las monedas que menos valen son de chocolate. No quiero que nunca tengas miedo. No quiero que hoy te sientas sola. La vida puede ser maravillosa como una nave llena de caramelos o despertarse con una risa. Si vivieras conmigo, Rosalía, no habría monstruos bajo la cama pero si pelusas como gatos. Llenaríamos veinte globos con butano y nos iríamos volando por la ventana hasta el parque mas cercano.
   Cuando me pongo a pensar en la playa los recuerdos se vuelven amarillos, el sol, la arena, las caras de la gente, los polos, quizás de limón, todos ellos amarillos. Lo único diferente era  el bikini de tu madre, que era negro como también lo era su verdadero pelo. Recuerdo que nos metimos hasta la cintura sólo en el agua dorada porque aún estaba fría. Las olas salpicaban a tu madre en el pecho y a mi en el alma. Después todo corre muy deprisa como un flash back que va a perder su tren. Está un curioso imán de manos, cenas en a saber qué parte, un saco lleno de caricias, una estampida de minutos en la sábana de mi vida, días, noches, días, noches, días y una tarde vimos un arco iris desde un autobús. Supongo que para entonces ya ibas viniendo de Ningún Lado. Luego todo se murió estúpidamente como un pez tropical en agua fría. Yo la quería y ella me quería, ambas cosas son ciertas pero ni siquiera eso a veces es suficiente. Aún la echo de menos. No te voy a explicar más del tema. Si te apetece, pregúntale a tu madre, pero no le digas de qué hemos hablado. A estas alturas ya debes de saber que ser una acúsica es algo feo.
   Si te preguntas con el tiempo qué carajos he estado haciendo, que sepas que sigo estudiando mi carrera, si, la de maneras de fracasar constantemente. Entre derrota y derrota estoy bastante bien, bastante tranquilo. No dejes que te engañen, seguro que lo intentan, para ser razonablemente feliz sólo se necesita un sueño. Es cierto. Todos los hombres tienen sus fantasmas. también es cierto. Fantasmas de sí, fantasmas de sus trozos, los vidrios de las cosas que rompieron. Yo camino sobre cristales y el crujir me acompaña. Pero sí, a pesar de eso, estoy bastante bien, bastante tranquilo. Pienso en ti, no sé si demasiado porque no sé cuanto es demasiado, quizás sea  poco, aunque creo que no, creo que mucho. Sí sé que pienso en ti. En los grandes árboles de la plaza donde vivía tu madre y seguramente ahora tú vivas. No sé que tipo de árboles eran. Pienso en el tatuaje que le habrás visto en el hombro. En sus pequeños pies corriendo por la arena, saltándose torpemente los castillos.
   Después el invierno. Me gustaría que supieras que muchos hombres son como los mimos que después de la función hablan mientras se desmaquillan. Me gustaría que supieras que muchos hombres son como dragones y queman todo lo que les rodea. Me gustaría que supieras que muchos hombres son sapos, simplemente sapos. Sé que te irá bien porque soy incapaz de imaginar lo contrario. No te puedes morir mientras yo viva pero por favor, no lo pruebes. ¿Qué vendrá después del invierno? Después del invierno quizás venga el invierno. Yo no creo que sea así. Prefiero cerrar los ojos para imaginar que después del invierno vendrá el título de este texto.

(c) O´Kanny Blandón Mariscal

Alcora
Castellón
España

*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Rómulo Macció, El pato de la boda, (de la muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes)

martes, 13 de octubre de 2009

Oscar Raúl López





Buenos pensamientos*

         
     La pared me parece enorme, increíblemente grande, pero me resigno. Me acomodo el birrete, subo las escaleras y me dispongo a pintar. No van más de cinco pinceladas cuando un bocinazo me hace girar, me doy cuenta que es lejano y decido seguir, pero en ese momento me detengo y veo que soy dueño de un paisaje distinto.
     Las casas del pueblo se ven totalmente diferentes desde aquí arriba. Las chapas ahogadas en  óxido contrastan con las nuevas, luminosas. Las copas de los árboles aparecen redondas, corpulentas, llenas de vida, con el tráfico incesante de los pájaros que las sacuden, las modelan, las despiertan con su música.
     Sigo en mi observación minuciosa hasta que la presencia humana me detiene. El cartero ha llegado a la puerta de los Ruiz con su vieja bicicleta azul. No golpea, busca apresurado en la gran cartera de cuero depositada en el canasto sobre la rueda delantera, hasta que da con el sobre indicado. Sin bajarse, se inclina tratando de depositarlo en la ranura de la puerta, parece perder el equilibrio, pero se ve que domina muy bien la acción porque la ejecuta con la confianza de un trapecista al caminar por la cuerda, con un aire de inmunidad ante el peligro. En ese preciso momento, la puerta se abre y se endereza alterado. En el umbral aparece Luisa, la esposa de Pedro Ruiz, que le entrega una sonrisa generosa. Ricardo, el cartero, tiene unos 25 años jóvenes, es largo, de piernas y brazos vigorosos y parece un talle más grande que su rodado. Tímido, se aleja un poco y hasta me parece avergonzado por intentar violar ese hogar con la misiva. Ella no luce ofendida, por el contrario, sonriente, apoya una mano en el marco de la puerta y con la otra se marca la cintura. Si fuera soltera, pensaría que trata de seducirlo, pero…no. Luisa es una cuarentona atractiva sin prontuario en los archivos indiscretos de las chismosas del barrio…hasta ahora. Él está apresurado, lo noto en su mirada recurrente al reloj y en la gordura de la cartera que delata una larga jornada por seguir. Intenta irse, poniendo el pie sobre el pedal, acomodándose brioso en el asiento;  pero ella lo detiene. Le clava una mirada lastimera reclamando su atención, primero él resiste, alegando la tiranía del reloj al que señala con un repiqueteó del índice sobre el cristal, pero después  lo veo doblegarse, como una rama se somete al peso subyugante de sus frutos, sin más remedio. Se baja de la bicicleta, la que apoya en la pared, sensiblemente ofuscado, lo noto en sus brazos como asas en la cintura. Ella le paga el gesto con una sonrisa renovada que lo invita a entrar. ¡Entran! ¡No lo puedo creer! Camino hasta la punta del tablón como si al acercarme tres pasos pudiera ver el interior. Busco en la vereda desierta otro testigo con quien compartir esta primicia, pero la calle muda me devuelve su silencio. Me he olvidado del pincel que se seca cerca del balde, y del balde, que se aburre junto a la escalera. La pared reclama su blancura, pero resuelvo que puede esperar si quiere verse bien. Pasa un minuto, con sesenta largos segundos, pero el siguiente es  aún más lento  y el décimo interminable, y ya no aguanto más. Me monto a la escalera y empiezo a bajar lentamente sin perder de vista la puerta del número 752. En el tercer escalón, decido que lo que estoy haciendo está bien, y acelero. En el piso, descubro un panorama achatado por los primeros rayos de sol. Las cosas han cobrado otra dimensión e inexplicablemente me siento pequeño. Me dispongo a cruzar la calle rumbo a la casa de los Ruiz, la cual he perdido de vista ahora por la presencia de un camión. Camino rápido cuando la puerta se abre de repente y Ricardo sale apresurado. Me zambullo detrás del vehículo al que uso para esconderme sin caer en la cuenta que no hago nada malo. He perdido la inmunidad que sentía en la altura y espío nervioso. Él está desalineado y una gota de transpiración engorda en su sien hasta dejarse deslizar vertiginosamente.
     ¡No lo puedo creer! Me incorporo despacio pensando que ahora puedo ser yo el observado y miro mi andamio abandonado. Ricardo monta la bicicleta dispuesto a irse y siento que debo llevar esto hasta el final, pero tengo poco tiempo. En la casa lindante, donde funciona el kiosco de Don Otto no hay nadie y no dudo en dirigirme hacia allí. Aparezco por detrás del camión como si nada, con paso firme y seguro. Apunto a la ventana multicolor en publicidades de golosinas, aunque tengo mis sentidos puestos en la pareja que sigue su charla, a unos metros de mí. Cuando piso la acera, Ricardo se voltea, me saluda y me confunde, pues no veo en su rostro ni sorpresa ni vergüenza…nada. Casi me freno tropezando con mis dudas, pero me doy cuenta que no puedo hacerlo y continúo hasta detenerme en el kiosco. Demoro en  tocar el timbre que traerá a Don Otto y su renguera. El cartero monta el pedal, indicando su salida y ella arranca una risa esplendorosa, más grande y feliz que la anterior. En ese momento un pequeño gatito gris aparece en el umbral y le hace una caricia en las piernas con su cuello. El cartero se va sonriente lanzando una advertencia que me silencia, me frena, me congela:
    —¡Cuídelo! ¡Qué si se sube otra vez al árbol, yo no se lo bajo!
     Don Otto hace un ruido tremendo, como un trueno, al abrir la vieja ventana y me sobresalta. Su rostro viejo, de facciones grotescas me asusta y su voz ronca, gastada por el cigarrillo, me golpea:
    —¿Qué te hace falta muchacho?
     Frustrado, señalo un paquete de pastillas que me alcanza en un instante y mientras busco monedas en el bolsillo, le devuelvo una respuesta entre dientes que su sordera nunca escuchara:
    —¡Buenos pensamientos!
(c) Oscar Raúl López

Humboldt, Provincia de Santa Fe
Argentina


*Buenos pensamientos resultó finalista en el concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Eugenio Daneri, Magnolias, (muestra Eugenio Daneri, La mirada desde la sombra, Museo Benito Quinquela Martín)