viernes, 24 de febrero de 2017

Mis primeros cien días - José Respaldiza Rojas


De pronto me aburrí, si pues, cualquiera se aburre,  porque no pasaba nada diferente, todo el día metido en el agua, bucea y bucea, todo me parecía igual, y además encerrado, así que decidí salir, entonces me puse a patear y patear a más no poder, tanto que asusté a todos en casa.
- Que ya viene.
-¿Qué cosa?
- Sí, se mueve demasiado, de arriba para abajo, empuja que te empuja.
- Entonces, no perdamos tiempo y vamos.


Mi madre apareció en la Maternidad de Lima, en un cuarto individual y yo sin poder ver lo que pasa afuera.


¡Quiero salir!


Grité, pero nadie me escuchó, algo está funcionando mal, no puedo saber cómo es lo de afuera y los de afuera no pueden oírme.
Escucho decir o creo estar escuchando que estamos en el mes de mayo, si, ese es el mes en que me decidí aventurarme a conocer lo de afuera, ya pasaron veinticuatro días, no sucede nada, todos los días son iguales, ya se viene la hora de almorzar, si porque es costumbre que toda la familia se junte en torno a una mesa a las doce del día para almorzar, aún falta media hora cuando en eso un fuerte rumor salió de las entrañas de la tierra, guitarra llama a cajón, cajón a la voz primera, ajustarse la pollera, como dijo Nicomedes Santa Cruz y es que a la ciudad de Lima se le antojó bailar una marinera con su fuga más y arrancó un terremoto de padre y señor mío. Me estoy refiriendo al movimiento sísmico que asoló la capital y el primer puerto en 1940. Mi madre se sentó en el borde de la cama, metió sus pies en las chancletas que estaban en el piso, se ajustó la bata y chau maternidad.
Salió a la calle caminando como pato por lo abultado de la barriga, detrás de ella una enfermera trataba de contenerla, nada señor, proseguía caminando rumbo a su casa, señora por favor vuelva, todo se movía a su alrededor y ella camina que camina por el centro de la pista porque por suerte circulaban muy pocos automóviles. Llegó al jirón Ancash, bajó hasta la Plazuela de la Buena Muerte, bordeó la iglesia del mismo nombre y cuando iba a entrar a la casona de cadena, donde hoy funciona el Hospital San Camilo….zasss se vino abajo el balcón situado a la derecha, levantando una gran polvareda. Toda la casa bailaba, alguna de sus paredes se rajaron Nada de eso asustó a mi madre que procedió a subir las escaleras de mármol.
Mi padre laboraba como meritorio en el Museo Nacional de Arqueología, que por entonces funcionaba en la cuadra seis de la Avenida Alfonso Ugarte, donde actualmente funciona el Museo Nacional de la Cultura Peruana. ¿Qué es meritorio? Como el país atravesaba una crisis económica, por el efecto rebote de la II Guerra Mundial, escaseaban los nombramientos, había que hacer méritos para lograrlo, de allí el nombre y hasta entonces se recibía como salario una propina. Por efecto del movimiento telúrico, el lugar donde él se encontraba, la puerta se cerró por fuera, quedándose encerrado, felizmente el portero pasó revista por todo el local, antes de cerrar el museo y debido a esa acción pudo ser  liberado mi padre de su encierro involuntario. De inmediato empezó a correr rumbo a la casa, a donde llegó casi sin aliento, sudoroso y cansado
Armando Villanueva del Campo, que se encontraba preso en El Frontón, relata que vio cómo se venía abajo el acantilado de Magdalena y San Miguel elevándose una nube de polvo, así fue cómo se perdió la playa de los baños del Bertoloto, cuando gran paste del acantilado se desprendió, otro personaje que narra lo acontecido es Julio Ramón Ribeyro y está en su libro La Palabra del mudo.
Bueno, nada de lo narrado pude verlo, como tampoco escuché el yaraví 24 de mayo así como tampoco el vals Terremoto del Perú cuya letra y música se debe a Ernesto Nolli Lira.
Pepe ¿quién te eligió para que escribas tus primeros cien días? Yo fui elegido para ser el primogénito de la familia Respaldiza Rojas,  Creías que los únicos que tienen sus primeros cien días son los presidentes de la república, no señor, yo también los tengo ¿Cómo te quedó el ojo?
Estamos en 1935, un año terrible para quién va a ser mi madre, su prometido, estudiante de la Escuela de Ingeniería, debido a las constantes huelgas, su familia decidió enviarlo a estudiar a Chile. Parece que en tierras mapochas conoció a una chica con quien mantuvo un ligero amorío, al graduarse de ingeniero, corta con ella y regresa a Lima, pero ella decidió seguirlo y al llegar zasss se metió en su casa, ocasionando un lío mayúsculo. El declaró frente a sus padres que tenía un compromiso formal con mi madre y que debía cumplir con la palabra empeñada. La chilena se negó a salir de la casa.
Debemos señalar al lector que mi madre nació en Iquique, cuando aún era tierra peruana ocupada por tropas chilenas y que la familia, por la fuerza, se vieron obligados a abandonar el suelo natal, la pasión y devoción por la patria era una bandera que flameaba al tope.
El incidente que tuvo dicho ingeniero con una chilena bastó para que mi madre rompiera todo compromiso matrimonial, atravesando un período depresivo.
Por entonces para festejar un cumpleaños u otro acontecimiento trascendental se organizaba, la persona agasajada ponía la casa y la fiesta se financiaba vendiendo tarjetas de entrada. La tía Angelina, la segunda de los nueve hermanos, celebraba su cumpleaños y como era estudiante de enfermería, profesión mal vista por la sociedad por lo cual debía esconder su nombre y una amiga, que vivía en La Victoria prestó la casa y fueron a donde mi abuelo Ruperto Rojas Chirinos, hombre poco acostumbrado a las fiestas pese a ser chiclayano, para que concediera el permiso para que mi tía Angelina se trasladara a la casa anfitriona. Mi abuelo se negó de plano, aduciendo que todo aquel con compraba la tarjeta de entrada tenía el derecho de asistir sin que nadie pudiera impedírselo. Tras tiras y aflojes la fiesta se realizó en la casa de la Buena Muerte, porque mi abuelo corrió con todos los gastos. Mis tíos quedaron encantados con ese tipo de reunión y continuaron practicándola a escondidas de mi abuelo, pero con el consentimiento de mi abuela Rosa Amelia Zorrilla Parrilla, que como buena norteña ayabaquina gustaba de las fiestas
Por entonces estaba de moda estudiar piano e inglés y se tenía como de muy buen gusto tener un profesor particular. Para que enseñara inglés contrataron los servicios de quien luego sería mi tío Alfonso y como le daban una sorpresa a la que sería mi madre, por ser su cumpleaños, el profesor de inglés adquirió una tarjeta y le dio otra a quien luego sería mi padre. Así, se conoció María Teresa con José Ricardo.
Tras un largo periodo de enamorados, en 1939 decidieron ser novios, al año siguiente, en el mes de junio, decidí salir de todas maneras. Mi padre y mi tía Georgina salieron en busca de una partera.
El 12 de junio pedí mi desayuno y arranqué a mamar, chupa y chupa, pero nada, pedí un palito para desatorar el pezón y nadie me hacía caso, bueno digamos que no me entendían.
-¿Por qué llora tanto
-¿Tendrá gases en su barriguita?
-No sé – dijo mi madre – ya le saqué su chanchito.
-¿Quizá se ensució?
-No, ya lo revisé y está limpio.
-Tengo hambre – dije.
-Cámbiele de posición.
-Tengo hambre -insití- tengo hambre, tengo hambre.
-¿Le dolerá algo?
-Ya les dije que tengo hambre ¿no me entienden? hambre.
-Dámelo, lo sacaré al patio, pueda que se calme.
Me quedé dormido de tantas vueltas que me dieron y a pesar de mi insistencia mi hambre no se sació. Este problema duró casi una semana cuando el médico que me vino a ver se dio cuenta de mi feroz apetito, ya que bastaba que algo se pusiera a mi alcance para que volteara de inmediato para intentar cogerlo con la boca de manera desesperada.-¿
-Alguien de la familia está dando que lactar? – preguntó el médico.
-Nadie – contestó mi mamá.
-¿No conocen de alguien que lo esté haciendo?
-La esposa de un amigo tuvo una mujercita - acotó mi padre.
- ¿Y tienen confianza?
- Sí, este amigo es mi compañero de colegio.

-Bueno les aconsejo que lleven a su bebé a donde esa señora para que le dé de mamar.
-Gracias doctor, eso haremos
Y fui a dar a casa del doctor Roberto Gallesi Manzanares. Pasé de una teta blanca a una de color negro, Pepe se dice seno, que seno ni que coseno, los bebés decimos teta y yo digo teta y teta será. Bueno, por esos avatares del destino, pasé de tener una madre biológica a tener una madre de leche. La institución de las madres de leche desapareció, creo ser el último que gozó con tener dos juegos de teta.
Todo eso sucedió en mis primeros 100 días. Casi se me olvida, por fin sacié mi hambre, mamé de lo más bien de esa teta y la mengua en la producción de lácteos de mi madre se arregló con una pezonera. Yujuyujo tú no tienes dos madres que llenan la pancita, y cuatro tetas que te ponen virolo, yupiiiii.



(c) José Respaldiza Rojas
Lima
Perú

José Respaldiza Rojas (Lima 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.



sábado, 28 de enero de 2017

Allende, la leche y yo*- Reinaldo E. Marchant

tapa del libro Allende, la leche y yo


Reinaldo Edmundo Marchant (centro) con Manuel Silva Acevedo
Premio Nacional de Literatura 2016
(derecha) y el diputado
Daniel Melo en la presentación del libro 





















Salvador Allende fue un amigo que conocí, siendo un niño, en un masivo encuentro de campaña política que se realizó  en el Teatro de San Miguel, hacia  fines  de los años sesenta.
La noche anterior, mi madre me pidió que la esperara a la bajada del micro, en el paradero seis de Gran Avenida, frente de donde luciera la famosa efigie del guerrillero argentino Ernesto “Che” Guevara, a eso de las seis de la tarde.  A esa hora ella quedaba libre de su labor de empleada doméstica.
De ahí caminaríamos hasta el popular acontecimiento, que movilizaría  a miles de adherentes. En el lugar, además, se hallaban mis cuatro hermanos mayores. Lo que mi madre no sabía era que los viejos del barrio también habían invitado a un grupo de muchachos que jugábamos en el club de fútbol Unión Milán, nos pasaron  banderas, chapitas y afiches con la figura del candidato de la Unidad Popular. De modo que cuando  descendió del microbús, yo estaba agitando  un pequeño lienzo  y en la otra mano sostenía un  afiche con el rostro del “Chicho”.
Al verme, se  alegró sobremanera. Me preguntó dónde  había conseguido esos materiales. Luego del explicoteo,  para no quedar mal, ella extrajo de su cartera un montón de panfletos que llamaban a votar  por el candidato del  pueblo: mi progenitora era una declarada allendista, abrazaba  sus sueños y proyectos sociales, y cuando se enteró que lo ejecutaron en La Moneda, abandonado por sus cobardes  aliados, dijo: “murió solo, igual que Cristo”.
En aquel bullicioso y alegre acto, no me senté al lado de ella. Los  productores del evento,  tenían una ubicación cercana al escenario para toda una camada de adolescentes,  jóvenes,  dirigentes vecinales, líderes de la legendaria Sala Chile y partidos políticos que apoyaban la aspiración política de Salvador Allende.
Previo al discurso de él, se presentaron grupos musicales, luego hablaron dueñas de casas, trabajadores y representantes de sindicatos. Un muchacho de la rama juvenil del  Unión Milán, quien luego sería un destacado militante del MIR, hizo uso de la palabra ganando la admiración por su locuacidad y determinación revolucionaria. Un dirigente del club, al oír con atención su decidido mensaje, aseguró: “si Ramoncito jugara como habla, sería Pelé…”. Nos matamos de la risa.
Hasta que al fin anunciaron la presencia del postulante a la Moneda, Salvador Allende.
Yo me levanté como resorte para verlo, a la vez, buscaba la cara de mi madre que, intuía, debía estar llena de complacencia.  La aglomeración era tal, que no la divisé. ¡Ahí está el compañero Allende!, dijo don Mario Álvarez,  encargado de las inferiores donde jugábamos, y se rompía las manos aplaudiendo.
Salvador Allende se puso frente al micrófono, con una serenidad pasmosa y un halo de  prestancia a toda prueba. En el bolsillo pequeño de su chaqueta sobresalía un pañuelo color lila. Cuando comenzó su alocución, un silencio de respeto solemne cubrió al enorme teatro, que sólo era alterado cuando la multitud celebraba con vítores  sus simple pero profundos mensajes, que siempre tenían un destinatario: los pobres.  El mejoramiento de vida de los pobres. La dignidad de los pobres. La justicia e igualdad que merecerían los pobres. Y, algo que llamó mi atención, ¡los niños! ¡El futuro de los niños!
Uno de los momentos estelares fue cuando anunció la creación del Ministerio de la Infancia. El teatro casi se vino abajo aplaudiendo esa noble creación, que una sanguinaria derecha política más adelante no permitiría que la convirtiera en Ley.
Cerca de la medianoche, cuando regresé a casa con mi madre,  hermanos y grupos de amigos, ella lucía feliz. Le generaba  satisfacción  constatar que en esa lucha sus hijos la acompañaban. Notaba en su cara la esperanza de un futuro promisorio. Que se avecinaban épocas -si los sempiternos grupos económicos lo  permitían- luminosas con el doctor Allende en la Presidencia.
Cuando me extendí en la cama, pasé  largas horas cavilando  en esa experiencia única. Había aprendido muchas cosas.  Yo casi exclusivamente me dedicaba a jugar fútbol. Los  avezados dirigentes del club me habían enseñado que asumiera esa aspiración como un  oficio hermoso aunque demasiado transitorio en la vida. Todo mi porvenir estaba colocado en esa posibilidad, propia de niños de condición humilde, que crecen prácticamente divirtiéndose en canchas de tierra. Esa vez, sin embargo, comprendí que la existencia era más amplia, diversa, con mil maneras conviviendo a su alrededor. ¡Vislumbré dolor y necesidades! Vi rostros rendidos. Abnegados. Con el tormento de sacrificios marcados en las frentes.  ¡En los ojos de esa multitud palpitaba el anhelo de desprenderse de aquella perpetua mendicidad!
Comprobé que brotaba una gran expectativa de mejoramiento de condiciones  para el mayor segmento de la población: ¡al fin podía llegar al poder  por la vía pacífica  una autoridad que demostraba  conocer sus reales miserias y ambicionaba modificarlas en un acto de suprema humanidad!
Repasé, durante horas,  incansablemente la figura de aquel señor de lentes, médico de profesión, proveniente de una adinerada familia, que utilizando un lenguaje fluido, a ratos poético, ofrecía su empeño superior  para crear un país igualitario, donde los que tenían la voracidad de las riquezas cesarán de explotar a seres  quebrantados  como…¡mi madre!
En esa oportunidad  me hice amigo para siempre de Salvador Allende. Y esa fraternidad crecería el doble cuando, más adelante, participé en la distribución del medio litro de leche que se otorgaría a cada niño de Chile.
En ese temprano período vital, llevaba una vida  simple.  Consagraba los  días a practicar fútbol.  Estudiaba en una escuela  pública y desarrollaba  trabajitos esporádicos para conseguir unos pesos. Como la mayoría de los chicos de mi barrio, vendía helados en el cine San Miguel, lustraba zapatos en las paradas de microbuses de la Gran Avenida y era uno de esos tantos canillitas que ofrecían el diario de la tarde. Cuando el asunto andaba bien, le alcanzaba algún dinero a mi madre. O compraba algo de alimentación para nuestro  hogar. ¡Tenía una maravillosa infancia, donde el desarrollo de la sencillez era la enseñanza constante que recibíamos de parte de los mayores!
Cuando se confirmó el histórico triunfo de Salvador Allende, el movimiento popular, social y deportivo de la comuna de  San Miguel adquirió  una efervescencia extraordinaria que nunca se había experimentado.
Un hecho especial  quedaría grabado a fuego,  para siempre,  en mi memoria: ¡ver en las calles a la gente abrazándose y llorando de emoción por el histórico triunfo popular! Una de esas personas era mi madre. ¡Jamás vi repetida  esa imagen en Chile!
Brotaba en el país una esperada conquista  de justicia largamente esperada.  Posibilidades  de convivir en una democracia que tomara en cuenta y  pusiera los ojos en las eternas precariedades para subsistir que padecía el setenta por ciento de la población.
La tradición indica que los gobiernos de turno dedican todo su capital en presentar logros pequeños pero mediáticos, ojalá de una poderosa casta  de élite, porque resuenan mucho más en los medios: ¡para ellos no es noticia sacar del estiércol a la clase desamparada!
¡Los pobres seguirán siendo la principal causa por la cual  vale la pena combatir de verdad! Salvador Allende quería, con ímpetu y honestidad, terminar con esta afrenta. Por esa razón me declaré soberanamente su amigo.
A partir de entonces, se propagaron las actividades sociales  y el compañerismo a lo largo del territorio nacional. San Miguel, en ese momento   la comuna  más poblada y grande de Chile, reconocido bastión de lucha contra la oligarquía, que luego la dictadura dividió  en tres zonas para acabar con el “cáncer marxista”, se convirtió en un sólido estamento que defendía los propósitos esenciales de la Unidad Popular.
A su vez, la Sala Chile (sitio histórico que para el Golpe de Estado fue  allanada y utilizada para fusilamientos masivos), permanecía abierta todos los días de la semana. Ahí se desarrollaron talleres culturales y de formación política. Además, los diversos gremios de trabajadores se reunían para cooperar activamente en ese proyecto único de la vida nacional. Se crearon en esta comuna  Asociaciones de Fútbol y nacieron más de cien clubes amateur. Abundaban las canchas deportivas, las agrupaciones musicales, los talentos literarios, las asociaciones teatrales y muchas disciplinas artísticas.
Ese inolvidable año 1970 ofrecía al mundo dos perlas que surgen  cada cien años: la perfección absoluta de la Selección de Fútbol de Brasil, Campeón  del Mundo en México,  y el prohombre Salvador Allende, que abrazó la causa de los desvalidos hasta brindar su vida como pocos personajes en la historia universal.
Así conocí las Primeras Cuarenta Medidas del Gobierno Popular, que contenía, entre otras grandes ideas,  educación y alimentación gratuita, entrega de libros y útiles,  y ese medio litro de leche diario a los estudiantes, que nunca olvidaría.
Cursaba el sexto año de preparatoria por  esa fecha. Era un alumno de notas  algo mediocres. No obstante, mis compañeros me eligieron para cumplir una tarea imperecedera: repartir cada mañana el  medio litro de leche caliente a los demás estudiantes.
Para realizar semejante cometido, docentes del establecimiento nos prepararon, enseñaron el procedimiento y el delicado sentido humano de aquel  cumplimiento solidario. Uno de ellos, el maestro de filosofía y educación cívica,  nos dijo que en cada jarra de alimento que entregábamos,  se compartían los sentimientos  más caros del Presidente Allende.
De modo que ese sería mi aporte en el inicio  del gobierno popular: luego del primer campanazo de recreo,  concedíamos junto a otros alumnos la porción de leche a toda la comunidad de  la escuela, que la aguardaban con ansia haciendo una correcta fila, en perfecto orden.  Unas señoras encargadas de la alimentación, nos ponían unos enormes recipientes llenos de  ese sustento, que íbamos sacando y pasando en su justa medida a los compañeros.
Cuando le narraba a mi madre la dinámica de esa experiencia, se ponía contenta, y me instaba a desarrollar un espíritu fraterno permanente, que se ocupara siempre “por las necesidades de los demás”.
Sin embargo, con el pasar de los agitados  meses, en lo sucesivo ella comenzó a expresar  su preocupación por el surgimiento de una extrema derecha violentista, avalada y financiada por poderosos grupos económicos, que abiertamente alimentaban la desestabilización  hacia el  gobierno escogido democráticamente.
Igualmente, no le caía  en gracia  muchos dirigentes que aparecían constantemente al lado del mandatario en sus actividades y presentaciones. No creía en ellos porque suponía que reunían todas las características de  “Agentes de la CIA”. Discurría que no lo ayudaban ni, menos, lo defendían con la fuerza con que la oligarquía  chilena lo hacía por su intocable fortuna, “¡lo peor que puede ocurrir es que esos dirigentes estén sirviendo a los intereses de los yanquis para derrocar al régimen del doctor Allende!”, le oí decir en varias oportunidades.
Hasta que vino el Golpe de Estado. Un 11 de septiembre de 1973. El día más infausto de la historia de Chile.
Ese ominoso hecho  detuvo el tiempo, la vida, los sueños, ¡todo! Empezaba a carcomer la piel una larga pesadilla que se extendería por diecisiete años, perjudicando la vida libre y plena de varias generaciones. Aquella tarde, como solía hacerlo, esperé a mi madre en la esquina de Milán con la Gran Avenida.  Los aviones y helicópteros transitaban como culebras vivas por los cielos.
Con megáfonos en mano, uniformados que se movilizaban en vehículos de guerra, exigían  con autoritarismo y violencia verbal  que las personas  entraran a sus casas, mostrando con animadversión las subametralladoras.
No había locomoción ni medio de transporte alguno. La clase trabajadora regresaba a sus hogares a pie, en silencio, cabizbajos.  A través de  la radio se comunicaban Bandos Militares y una veintena de prohibiciones para transitar por el territorio nacional.
El Palacio de Moneda ya había sido bombardeado e incendiado en un acto antipatriótico sin precedentes.
La gente se hallaba confundida. Amedrentada. Muchos preguntaban por sus seres queridos. Hasta que, hacia el atardecer, al fin,  divisé a mi madre.
Venía exhausta y bañada de un desconsuelo que se mezclaba con la frustración.  Esos sus ojos de color  trasuntaban  una  infinita melancolía imposible de borrar de mi memoria.
Nos abrazamos, en medio de la presurosa aglomeración que retornaba a sus hogares. Luego me preguntó por mis hermanos. Le conté que, junto a otros dirigentes, los dos mayores  habían pasado a la clandestinidad.  Era la recomendación que recibieron y que finalmente salvaría sus vidas. Avizoró que vendrían años terribles, “al Presidente Allende lo traicionó la derecha y  un montón de políticos “gallinas” cercanos a él”, insistió, con evidente malestar.
Señaló que era el principio de una tragedia que en ese momento inicial no se podía medir en su dimensión. Enseguida, comentó  un asunto que tampoco olvidaría, “¡me desilusionaron los curas que apoyaron el Golpe de Estado!”.  Le resultó duro señalar aquello: Rosita Marchant, mi  progenitora, era una ferviente devota  de Jesús y de Jehová. Tenía pegada en la comisura de los labios sus maravillosas Enseñanzas.
Mientras caminamos a casa,  me consultó si había concurrido a la escuela por la mañana. Respondí afirmativamente.

     -Llegué temprano como siempre y los militares nos mandaron de regreso a  casa… –expresé. Y redondeé, de forma natural-. No pude entregar la leche a los estudiantes…

Escuchó con sabiduría materna esa mi ingenua explicación.
Hecho esto, apuramos el paso.  Repicaban las balas, ¡bah, desde temprano se escuchan a la manera de detonaciones en distintos lugares! En mi cabeza  ahora de adolescente,  palpitaba  una gran preocupación: ¿cuándo volvería a entregar el medio litro de leche a los demás niños?

(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

Reinaldo Edmundo Marchant es un escritor y diplomático chileno.

*cuento que da el título al libro de Reinaldo Edmundo Marchant, presentado en Santiago de Chile
editado por Editorial Mago.











jueves, 29 de diciembre de 2016

Piezas de ajedrez - Araceli Otamendi

piezas de ajedrez encontradas en una vidriera (c) Araceli Otamendi 

El poeta ciego escribe el poema, sabe que Dios mueve al jugador y éste la pieza.(*)
¿Qué juego de ajedrez traerá el nuevo año? ¿Dónde estarán los peones, dónde la reina?
¿Las torres? ¿el alfil? ¿caballo? ¿rey? ¿Qué juego nos depara la suerte? ¿piezas blancas, piezas negras?
El destino sabe - pero no lo dice - Dios sabe. ¿Qué niños con máscaras pintadas de colores
aparecen en la noche? ¿quiénes son?
¿Qué lugares inhóspitos habré de recorrer una vez más? Deambulando, la oscuridad
se achica al límite. Camino por ahí, piso papel picado, serpentinas azules, violetas.
Húmedos papelitos, pisoteados también. Hay que dejar salir el agua, para
que todo seque, se escurra, se vacíe, el agua se irá alguna vez.
La suerte está echada en el tablero de ajedrez, las piezas se mueven incansables
Durante un segundo, parecen mirarme, serias, calladas, tal vez al acecho.
Será inútil interrogarlas, desconozco el juego.
Sola, frente al tablero de ajedrez miro las piezas cara a cara.

(c) Araceli Otamendi

Ciudad Autónoma de Buenos Aires 


(*) "....Dios mueve al jugador y éste la pieza..." (del poema Ajedrez
de Jorge Luis Borges

viernes, 2 de diciembre de 2016

La muertita o la novela que (fragmento)- Susana Szwarc

Susana Szwarc

tapa del libro La muertita o la novela que-
 editorial La mariposa y la iguana






                                               

Se te ve cabizbaja, le dijo un vecino y la muertita hizo una inclinación con la cabeza.
Ya empezaban a darse cuenta, no del todo pero sí de algo.
Un olor a tristeza iba segregando y quedaba la segregación por el aire por el piso.
La muertita estornudó, para su sorpresa. No había supuesto eso. Tendría que cuidar los detalles. Tendría que aprender.

La muertita comenzó a viajar, pensó que esa era una forma de distraerse o mejor, de entretenerse.
Se aburría, había aprendido que ese estado -el de muertita- era fatigoso sobre todo por el aburrimiento.
Tomaba el subte en cualquier parte, llegaba al final del viaje, cambiaba de vagón, llegaba a una estación cualquiera, volvía a cambiar de vagón. Hasta el último tren. A veces salía a la calle pero prefería los subsuelos.

Vivir en el subsuelo. Dormir en el suelo, dormirse y, después, abrir los ojos.   Preguntarse: ¿por qué aquí?
La boca dice: morí. Un mucho, un poco, un rato, un para siempre. No hay respuesta.
Intentar, entonces, moverse y llegar a la verticalidad.

Estaba quieta aunque tenía la sensación de mecerse como si estuviera en un trapecio.
Entonces movió las manos, se tocó una ceja para tener idea del cuerpo.
Cuerpo de carne. Cuerpo de aire. Cuerpo despojado.
Quieta, se mecía.

Lo que no podía dilucidar la muertita era ese susto que le salía de alguna parte. Piel de gallina, eso le daba el temblor como si hiciera un gran frío. Sin embargo, en el subsuelo, por lo general hacía calor, como  en la calle;  se daba cuenta por la ropa de los otros. Brazos al desnudo. Pero volviendo al susto: ¿a qué?
Cuando la miraban veía también el susto ajeno. Ella daba miedo. Era como ese perro que intentó tener. Los dos se temían y retiraban el cuerpo, los huesos. Se reiteraban.

La muertita mira por la ventana y ve a un niño chino tomando una mamadera.
El niño chino tendrá unos cinco años y cada uno que pasa le dice que está grande para tomar mamadera. Pero él sigue su acción, como si no entendiera.
Pusieron rejas en la puerta de esa tintorería- lavadero y hasta parece que cambiaron los dueños.
Hicieron ellos mismos las rejas y un ruido de sierra, de taladro, de agujereadora, de aullido, resonó días y noches enteras.

El niño chino terminó de beber y arrojó la mamadera hacia la ventana.
Embocó.
Cuando sintió algo como hambre, salió. Lenta, llegó a la panadería. Al salir, giró la cabeza. Lo vio a Marcelo.
Mar. Lo llamó. Aunque no podía ser. Marcelo se había suicidado hacía dos años.
Andaba cansado y se tiró de una terraza. Cayó mal, agonizaba agonizaba.
Le dolía todo. La boca rota, no podía hablar. Por el celular la muertita le hablaba y él, un golpecito, quería decir sí. Dos golpecitos, querían decir no.
No fue a visitarlo. Estaba en el hospital de Bahía Blanca.
¿Tenés sed? Un golpecito. ¿Calor? Dos golpecitos.
Hasta que no pudo más.
El que se parecía a Marcelo, llevaba a Proust en los brazos. Como Marcelo.
La muertita sostenía la pared.
La pared: un pañuelo.
Marcelo llevaba a Proust en los brazos y ella la pared.
Le picaba la cabeza, se quería rascar. Si la  soltaba, las cosas del mundo no dejarían de caer, se irían más allá del subsuelo. Irrecuperables.

Vio cielo, estrellas, luna. Sin embargo sabía que eso también era el subsuelo.

La muertita se había puesto la remera al revés. La costura estaba allí, al afuera; se dio cuenta después de andar un día entero o más, así, al revés. Y tirando la soga.
Sudaba como una garrapata.
La cuestión es que nadie le dijo nada de la remera, de las costuras, ni siquiera de la soga.
No había ningún otro que mirara más que el propio pie. A no pisarse, a no pisarse.
Taca taca los pasos.
La muertita se dio vuelta la remera aunque no sabía si quería cambiar la suerte.

Quería anotar: la remera al revés. Y también soga-árbol. En su cuaderno puso soga y árbol entre paréntesis y la pregunta: ¿pueden estas palabras ir juntas?

(c) Susana Szwarc
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Susana Szwarc nació en Quitilipi (Provincia del Chaco) y luego vivió un exilio interior, enviada a la Ciudad de Buenos Aires donde reside actualmente. Ha publicado en narrativa libros como El artista del sueño, La novela Trenzas que reedita para este año editorial Entropía. Una felicidad liviana, etc. En poesía En lo separado, Bailen las estepas, El ojo de Celan, entre otros. Su libro de poesía "Bárbara dice" ha sido traducido por Cristina Madero al francés (Editorial Abra Pampa 2013) y actualmente el poeta Alessio Brandolini traduce El ojo de Celan. En marzo, en librerías y ferias "La muertita o la novela que publica la editorial La mariposa y la iguana. Tiene publicados cuentos en literatura infantil y pertenece al Club Argentino de Kamishibai. Su cuento "No camines en el barro" ha sido llevado a la ópera por el compositor Cristian Varela. Ha formado parte de El plan de lectura de la profesora Hebe Clementi y de los talleres de arte de la Biblioteca Nacional.

En "La muertita o la novela que", todo el espectro de lo que constituye la estructura del ser humano contemporáneo aparece como en un escenario en el que a alguien se le van desgarrando las innumerables pieles superpuestas (convenciones colectivas y rituales, apetito de poder, belicosidad, pecados ecológicos, discriminación, control del otro) y que se nos enciman a medida que el rebaño social opera.
"La muertita" elige su propia dirección a contramano, dentro de ese núcleo social que nos condiciona.
Ella elige un subsuelo como alojamiento, como tantos de nosotros.

Sonia Catela


Fragmento del texto de Walter Romero leído el  8/6/2016 en la presentación de La muertita o la novela que (Editorial la Mariposa y la iguana).
(…)¿Qué texto es La muertita? ¿Una falsa novela policial? Acaso se le escabulleron o se le escaparon  algunos elementos: hay un cadáver, hay dos detectives, hay sangre pero falta el armazón; por eso es una novela con lo que queda, lo que resta: esqueletos de una forma, o novela que trabaja con las formas pero sin llenarlas ni rellenarlas, que duda de que la palabra complete. Eso que es mejor que el lector lo termine o cierre
¿Una novela china? Tiene varios indicios y hasta las unidades de peligro y de salvación parecen venir de ese exotismo cercano, de esa orientalidad doméstica que atraviesa Buenos Aires, en eso es una novela de las antípodas del acá nomas: la muertita puede vivir en un sótano cualquiera de Buenos Aires frente a un lavadero chino.Pero no habilita demasiado la “narración china”, es deceptiva una vez más; pienso en la mafia china, en la posibilidad de esa narración paralela, y me la deja en suspenso. La muertita es una novela sobre las formas narrativas aleladas, vaciadas de sobrecontenido; Szwarc, con tarea de artesana, pone a colgar las formas narrativas para que se aireen y las cuelga en sogas o en hilos que son, a su vez, la fantasmática siempre presente de la muerte —o del suicido—de esas mismas formas: la muerte de la novela, la muerte de la narración tal como la conocemos; las cuelga para mostrarnos —o ponernos en la cara— el hastío de lo sobre narrado de nuestraera, de lo sobre escrito, por eso se expresa en coágulos, en párrafos solos y colgados en la página, que el lector una vez más sutura, une, enlaza.
¿Un cuento de hadas negro? En la tradición kafkiana, es decir, en la tradición del coleóptero checo de La metamorfosis. Gregor Samsa es el antecesor de la muertita como personaje del anonadamiento, que nada tiene que ver con el ratón de ojos inteligentes, pero cuidado que en el texto hay cobradores de expensas, hay detectives, formas ominosas del conte de fées negro como los tres hombres barbudos kafkianos. Y no hay una hermana que toque el violín, pero hay un canto que desea salir de ese estado de dominación a la que la muertita está confinado y su canto —como si cantar “fuera buscar la arena de los vidrios”— se enlaza con el libertario deseo de ese otro personaje femenino María marina, nacida en Villaguay y que canta tangos como Azucena Maizani. O también puede ser la versión oscura de la cenicienta urbana, tullidita, hecha de costuras (como un personaje de Tim Burton) con esa remera que se pone al revés y que pone de manifiesto las junturas…como cuando sin darse cuenta la muertita “se dio cuenta que había traído el zapato”: hay algo de ese humor negro y oscuro, ominoso, en la relectura ya sea de Kafka o de los cuentos tradicionales intervenidos (…)Novela neoexistencial, diré para ponerle nombre o meter este texto raro en las taxonomías caras al profesor de literatura que soy. “Todos somos la muertita”, todos somos un poco este personaje funambulesco, hecho de puros estados, hecho de la preferencia por los sótanos, atravesado por el anonadamiento y que a veces tenemos que tocar la ceja para saber que hay un cuerpo, personaje que “parece” vertical pero que se nos presenta como en el yacer de las mínimas muertes de todos los días. Un momento crucial de este relato me hizo detenerme y levantar la cabeza (de manera barthesiana), con un puntual pretérito perfecto simple la muertita dice: morí. Y lo dice como quien se suicida en un estornudo o como quien lo deja a uno —como esta novela de Szwarc— felizmente, con todas las preguntas en la boca.-

lunes, 17 de octubre de 2016

Duendes mágicos - Erasmo Sondereguer

                                                                                                                                                                   
foto:(c) Revista Archivos del Sur - victrola, fotografía tomada en
Museo Casa de Carlos Gardel (Buenos Aires)
Duendes mágicos, sin silencios tristes. Surgieron sin ser vistos, en ese infierno descomunal y bárbaro. Invisibles, se introdujeron veloces en la máquina incendiada y rescataron ese cuerpo, que las llamas incontenibles estaban devorando. Lo lograron sacar, haciéndolo invisible como ellos. Lo llevaron a su guarida, en las entrañas terrestres. Lo depositaron en una cama oval, sobre un manto intensamente rojo. Y lo contemplaron allí, tendido boca arriba. Parecía dormir. Ojos blandamente cerrados, labios entreabiertos. Su rostro se veía afectado  por el fuego, en diferentes sitios. Gran parte de su cuerpo también estaba quemado. Sumieron al hombre en un profundo sueño y como el mejor equipo médico, lo despojaron de los restos de su ropa y lo limpiaron con mucho cuidado,  no dejándole el menor rastro de piel muerta. Luego lo cubrieron, incluyendo su cara, con un ungüento amarillo y lo vendaron, pareciendo estar viendo a una  momia de reciente factura.
Transcurrieron diez días, durante los cuales se lo curó convenientemente. Al término de ese tiempo, retiraron las vendas. De inmediato, y después de observar los resultados de la cura, lo vistieron con un ambo de tela muy fina. Minutos después, el hombre despertaba. Feas marcas de quemaduras habían quedado en su rostro y en su cuerpo. Nada más pudieron hacer los duendes. Pero sabían que existía un motivo que limitaba sus poderes. Y ese motivo, posiblemente, se develaría más adelante. Por lo que la magia de los duendes, no alcanzó para suprimir la monstruosidad dejada por las llamas. No había espejos que pudieran mostrarle lo que sus manos comprobasen al tacto. Pese a lo horrendo de su aspecto, no hubo quejas ni lamentaciones de su parte. Miró a los simpáticos y eficientes duendes y les dijo, casi en un murmullo, como si no pudiese o no quisiera hablar en un tono más alto:
-Gracias. Infinidad de gracias, queridos amigos. Me han  salvado. Me han  devuelto a la vida. Gracias- terminó, con una sonrisa feliz.
     Los simpáticos hombrecitos, sonrieron de igual forma.
Y ellos no sabían lo que sucedería después. Escucharon y luego vieron, con asombro, lo que crecía con celeridad altamente sorprendente, maravillándolos. Y era la voz de ese hombre, extendiéndose, adquiriendo una inconmensurable belleza y cálida cadencia. Y él era el sorprendido por la magia que se producía. No había espejos pero se estaba viendo. El canto brotaba espléndido de su interior. Catarata preciosa manifestándose y quedando indeleble. Y lo vieron allí. El juglar magnífico. Y dejó, como presente imborrable, la última nota del tango interpretado. Y entonces todo volvió al comienzo de su fin, aquél que fuese truncado por los mágicos duendes. Al tocarse el rostro, notó lo que creía desaparecido y que sólo con el canto eliminaba. Y la perennidad  en su voz, ya fue constante.
Y lo dieron por muerto. Pero del horrible dolor de la tremenda pérdida, fue surgiendo,    como paliativo imprescindible, para un pueblo que erige a sus ídolos, el renacimiento e inmortalidad del más grande de ellos.  Y ese pueblo lo vio llegar, como si sólo se hubiera ido por poco tiempo, bajando de su automóvil. Su sombrero, levemente inclinado. Saludó con su prodigiosa sonrisa. Y esforzándose para caminar por entre esa muchedumbre que lo aclamaba y que, curiosamente, con respeto lo dejaba pasar, entró al teatro.
En semejanza con el Fantasma de la Ópera, se quitó la mascarilla que le ocultaba las horribles quemaduras, al sentarse frente al espejo de su camarín.
Sin ser percibido, entró al oscuro escenario. Comenzó la orquesta. Y al escucharse la hermosa voz, una luz blanca e intensa iluminó al cantante. Un rostro sin marcas, el mismo que se viera antes del accidente. Al término de cada tema, la luz lo dejaba en penumbras, volviendo aquélla, al comienzo de otra interpretación. Y en su rostro impecable, su indeleble sonrisa.
Diferentes e innumerables fotos del artista, poblaban el frente, la entrada y el hall del teatro. Y su voz, despertando sentimientos, envolvía con su calidez. Como  oleadas inmensas, penetraba la gente. Era imposible que en aquel recinto se pudiese albergar a tamaña cantidad de personas. Si un observador hubiese estado desde un comienzo, dentro de la sala, hubiese comprobado que algo extraordinario sucedía. El público se iba acomodando en las butacas, las que al parecer, no terminaban nunca de ocuparse. Era incesante el fluir del enorme gentío. Y en escena, el cantante, magnífico, entonando lo que él hiciera famoso. El público estallaba ante cada interpretación.
La increíble noticia se esparció violentamente. Y en Buenos Aires, se repetía incesante. En las primeras planas de los diarios y en las radios, martillaban con la maravillosa nueva.
Y de todas partes llegaban para verlo y escucharlo. Pero acercarse a él resultaba imposible. Al cesar su voz, se hacía el silencio y la oscuridad, desapareciendo el artista. Muchos periodistas y fanáticos, portando luces y subiendo al escenario, intentaban acercársele. Pero no lo hallaban. Se metían por puertas, que daban acceso a los camarines y a otros lugares, donde pudiese estar el hombre inalcanzable, sin encontrarlo. Llegándose a pensar, entonces, en que todo era un truco, magnífica y misteriosamente planeado.
Y él, en la tristeza de su soledad, sentía que, tal vez, era mejor estar muerto. Y se acordó, lamentándose, del Fantasma de la Ópera.
Y una noche, convenciendo a sus amigos duendes, de llevar a cabo lo que decidiera, se presentó ante el incesante público y cantó ante ellos. Al finalizar su primera interpretación, no se hizo la oscuridad como sucediera hasta entonces. Y todos lo vieron. De pie, sonriendo, con la calidez de su bondad, de lo humilde de su ser y de su humana grandeza. Lo vieron.
"Cada día canta mejor". La frase, que recorriendo los tiempos, se extendía en todo su significado.

(c) Erasmo Sondereguer
México 

Erasmo Pedro Sondereguer (Buenos Aires, 1939) empezó a escribir a los doce años, alentado por su padre que era escritor.
En 1970 publicó el poemario Canto y Realidad y en 1994 la novela Regresa para regresar.
Ha publicado en internet en las revistas: Letralia, El Túnel, Ariatna, Otro Cielo, Cronopio, sinfín, Archivos del Sur, y otras. En el diario Buenos Aires, Corazón porteño. En todos, poemas y cuentos. Y una novela: Expiación, en la editorial elaleph.
A principios de 1980, participó en Buenos Aires, una exposición colectiva de poemas ilustrados.
En México, publicó  en los periódicos, La Opinión, el Sudcaliforniano, y en la revista Análisis.
Tiene escritas además, otras novelas.
Vive en México. Su esposa es mexicana.

viernes, 26 de agosto de 2016

Trenzas - (fragmento) - Susana Szwarc

Susana Szwarc


(Buenos Aires)

La escritora Susana Swarc ha publicado recientemente la reedición de su novela
"Trenzas".
A continuación se publica un fragmento:
 

Trenzas
(fragmento)


Se acercó a la ventana.
¿Llegaría hasta ella el aroma de la tierra mojada?
Esperó.
Esperó hasta el momento en que las gotas empeza ron a desparramarse lentas, suaves. Entonces, cerró los ojos para escuchar el ruido que aumentaba.
Y cuando se largó el chaparrón, ella entró en la lluvia.
Hasta que la lluvia se calmó.
*
Demasiado calor. Ni una sola nube en el cielo. La mu jer cruza el pueblo en la hora de la siesta. Los finos tacos de sus zapatos marcan la tierra.
 
Va absolutamente vestida: zapatos, medias, vestido de flores y hasta un pañuelo cubriendo del polvo sus lar guísimos cabellos.
*
Había descendido del tren porque creyó reconocer ese pueblo, como si alguna vez, antes, hace mucho, lo hu biese mirado.
Por ejemplo, sería un lugar llano, seco. Después del largo recorrido no quedaban casas. Sólo a su alre dedor árboles y tierra.
Tenía sed. Y vio no demasiado lejos un charco su cio. En esas aguas mojó sus manos.
*
El calor aumentaba en esos lugares sin piedad.
Por fin llegó a su pueblo. Reconoció, invadida, el antiguo olor. Deseaba un jugo de pomelo.
Entonces vio a una de sus hermanas.
Se abrazaron. Hablaban las dos a la vez.
*
Las mujeres reían, lloraban, reían, lloraban. La nenita se unió. Juntas caminaron hasta la casa de la infancia.
*
Querida:
las arañas están más gordas, las telarañas abundan y ellos han envejecido. Pensé que aquí revisaría y co rregiría mis escritos pero las puertas no existen y ella habla, habla. Y cuando no habla, gira en torno a uno como un fantasma, de manera que es imposible algún momento de soledad. Además ella siempre parece ha blar en otro idioma y yo casi siempre entiendo otra cosa.
Hasta pronto.
*
Recordando. Extrañando. Mucho antes de partir.
 
(c) Susana Szwarc

 
 
 
Comentario publicado en la contratapa del libro:
 
 
Este libro es una investigación y una invitación. Una investigación en el fondo opaco de las cosas que se nombran; una invitación a la luminosidad que adquieren las cosas cuando los nombres saben qué designan. El mérito de Susana Szwarc radica en el acercamiento a las cosas sin el pretexto de una intriga o una anécdota. El peso de las cosas está ya dado por una fuerza anterior al relato, por una gravedad que está en las palabras mismas y no en los desarrollos ni en las explicaciones.
En Trenzas, la privacidad de un pequeño universo poblado de ambigüedades coloca al lector en una zona de suspenso. ¿Es, todo lo que se dice, real? Lo es en términos de una ficción responsable, no de las leyes de una verosimilitud preestablecida. Porque la realidad atenuada y discontinua de este texto yace en la escritura misma. Sin embargo, un mundo hecho de múltiples sustancias la memoria, sus fantasmas y formas vacantes queda convocado con nitidez y precisión.
Contra un argumento muy antiguo que sostiene la supremacía de una estructura cuya previsión puede servir a todos los fines de la providencia, este providencial libro de Szwarc se obliga a ajustar sus partes a cada momento y animar con su aliento los engranajes de una emotiva y emocionante máquina verbal.


Susana Szwarc nació en Quitilipi (Provincia del Chaco) y luego vivió un exilio interior, enviada a la Ciudad de Buenos Aires donde reside actualmente. Ha publicado en narrativa libros como El artista del sueño, La novela Trenzas que reedita para este año editorial Entropía. Una felicidad liviana, etc. En poesía En lo separado, Bailen las estepas, El ojo de Celan, entre otros. Su libro de poesía "Bárbara dice" ha sido traducido por Cristina Madero al francés (Editorial Abra Pampa 2013) y actualmente el poeta Alessio Brandolini traduce El ojo de Celan. En marzo, en librerías y ferias "La muertita o la novela que publica la editorial La mariposa y la iguana. Tiene publicados cuentos en literatura infantil y pertenece al Club Argentino de Kamishibai. Su cuento "No camines en el barro" ha sido llevado a la ópera por el compositor Cristian Varela. Ha formado parte de El plan de lectura de la profesora Hebe Clementi y de los talleres de arte de la Biblioteca Nacional.







viernes, 17 de junio de 2016

Estoy aquí - José Respaldiza Rojas



 

   A un cuarto para las ocho, Elvira bajó del segundo piso y se dirigió, como todas las mañanas, al cuarto de la tía Georgina, le extrañó no oír los gritos de levántenme que a diario se pronunciaba.
Grande fue su sorpresa al ver el cuarto vacío, parpadeó varias veces, efectivamente no había ninguna persona, entonces corrió a la sala-comedor y su sillón también estaba vacío, fue al baño, en la creencia que hubiera ido para hacer sus necesidades, pero también permanecía desocupado.

Llamó a gritos a sus hijas Alionca y Cinia, quienes acudieron con presteza y preguntaron:

-Mamá ¿qué pasa?

-La tía no está les respondió.

-Eso es imposible mamá, seguro no has mirado bien.

-Vayan, vayan a ver.

Fueron y se quedaron impresionadas, la tía se había esfumado, desapareció como por arte de bilibirloque. ¿A dónde se fue?
La emoción fue tan grande que no hablaban entre ellas, más bien gritaban por efecto de los nervios, en eso una voz habló y no fue escuchada. La voz insistió:

-Aquí estoy.

Ahora si la oyeron perfectamente, la piel se les puso de gallina ¿de dónde viene esa voz? Lo primero que se les vino a la cabeza fue:- de ultratumba. Cayeron de rodillas, se santiguaron y dieron inicio al Ave María, estaban por la mitad cuando la voz habló por tercera vez:

-Aquí estoy.

Entonces con gran miedo fueron nuevamente al cuarto, la puerta estaba abierta, pero la tocaron.

-Aquí estoy se escuchó.

Se agacharon para ver debajo de la cama y zas, se dieron con la figura de la tía que las miraba, buscaron encima y notaron que la cama no chocaba contra la pared, había una ligera abertura y por allí se escurrió la tía y pasó la noche debajo.
Procedieron a sacarla con mucha delicadeza, con unos paños con agua tibia la limpiaron, fueron moviendo con suavidad sus extremidades, notando que no tenía nada roto, Le pusieron su vestido para llevarla a que le hicieran una revisión médica, pero ella pidió que primero le dieran su leche.
Luego la llevaron a Emergencia del moderno Hospital del Callao. Le hicieron una radiografía del brazo comprobando que tenía unos huesos de una chiquilla de veinte años, ni huellas de osteoporosis, salvo un gran moretón y un susto, ella estaba perfectamente bien.

Gloria a ti, mujer roble, con tus bien ganados 105 años.



(c) José Respaldiza Rojas

Lima

Perú

 

José Respaldiza Rojas (Lima 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad



miércoles, 1 de junio de 2016

Espejo del alma - Dolores González Opazo




Toda la noche había llovido a cántaros, el viento soplaba con fuerza , ululando por entre los recovecos y el barro del callejón. Los truenos y los relámpagos no me habían dejado dormir en toda la noche, lloré con la cara metida bajo mi almohada de lana de cordero, para no escucharlos, sin embargo con cada tronar, mis lágrimas volvían a brotar. Mi abuela al parecer estaba en las mismas, porque cada vez que asomaba la nariz por debajo de las sábanas, la veía sentada en la cama con su rosario en la mano y en algún momento seguro, silenciosamente se había levantado, porque de entre las cenizas del brasero del comedor salía un delgado hilito de humo, que se disolvía entre las murallas del caserón; eran ramas secas de olivo, de esas ramas benditas de semana santa, que según ella nos protegerían de esas inclemencias del tiempo.

Ya en la mañana tipo siete, los truenos silenciaron en su tronadura y con voz asustada aun le pregunté a la abuela:

-¿Mamita ya se fueron ? -
- Siii niña ya se fueron, ya se pasaron pa la Argentina me respondió- ahora duerme más mejor .


Y así lo hice, confiada y respirando profundo, al fin se habían ido con su sonajera a asustar a otras gentes , al otro lado de la montaña a otras tierras.

Estaba durmiendo de lo más tranquila cuando siento la voz de la abuela , remeciéndome .
-Ya levántate , el mate está listo y es bien re tarde ya y salió de la pieza refunfuñando.


La verdad ya no llovía, unas leves ráfagas de viento algo tibio zamarreaba el guindo que golpeaba la ventana, y como tarea de día de lluvia , me tocaba partir nueces. Arrastré la canasta con las dos manos hasta mi silla de totora que estaba en la cocina junto al brasero ,y mientras la abuela cocinaba silenciosa , yo partía y partía nueces con la tenaza.
Tan ensimismada en mi trabajo estaba, que no sentí el silbido en la calle, la abuela salió tranqueando a mirar y al regresar me dijo:

-Ya deja eso ahí no más , allá afuera esta "el chino" esperándote pa ir a los camarones-

Mientras yo tironeaba no sin esfuerzo la canasta, ella buscó la bolsa de género que siempre yo llevaba para estos casos, tomé mi morral y lo crucé en mis hombros, ella me miró y echó en él un par de calcetas gruesas, de esas que cada año le compraba a los cochayuyeros que pasaban con sus mulas, y dos pedazos grandes de tortilla de rescoldo y saco de la zaranda, que colgaba en la cocina un trozo de queso y lo echo junto a la tortilla, mientras refunfuñaba y refunfuñaba, quien sabe qué.
Salí a la calle y ahí estaba "el chino" esperando por mi, con su larga chaqueta café, esa que le quedaba grande y larga de mangas, con los pantalones algo cortos y un sombrero lleno de hoyos, por el que sobresalía su largo pelo . Con su media sonrisa se acercó y con mucho cuidado me sacó el morral cruzándoselo el entre sus hombros, dio media vuelta y comenzó a caminar a tranco largo con sus bototos de guerra, camino del callejón donde el vivía, en un rancho medio oculto entre los árboles a medio camino.
"El Chino" era mi amigo de siempre , yo medio silenciosa acostumbrada a conversar solo con mis perros o sola de vez en cuando, porque mi abuela era de poca labia , y con mi amigo que no articulaba palabra solo lo estrictamente necesario, le hablaba y le hablaba caminando detrás de él, a su lado yo parecía una gran conversadora. Mientras yo le conversaba una y otra cosa, el solo me miraba y sonreía con su blanca hilera de dientes y sus ojos pardos.

Llegando al potrero nos saltábamos los alambres yo ayudada en todo momento y él saltando como cabra de monte.
-Mire me decía apuntando la gran cantidad de pequeños montículos de barro, hecho por los camarones Hay muchos muchos era todo su conversar.

Comenzábamos nuestra tarea de meter y sacar rápidamente la mano de las cuevas, yo gritaba a todo pulmón, cuando un bicharraco se agarraba de mi calceta y el reía de buenas ganas. En el descanso nos sentábamos a comer la tortilla con queso, mientras él me conversaba bajito sobre lo que ocurría alrededor. "El chino" no sabía leer, porque no iba a la escuela, yo a mis ocho años me sentía toda una sabihonda, juntando las letras y enseñándole a leerlas. Sin embargo él no aprendía, o quizás si lo hacía pero para hacerme rabiar se equivocaba de adrede . Era pillo "el chino" pero yo lo quería.
Cuando terminábamos nuestra tarea de agarrar camarones ya cayendo la tarde, él que tenía su bolsa arrebalsada sacaba de los suyos y le echaba a la mía si me faltaban. Y partíamos de vuelta cuando ya casi anochecía, llenos de barro hasta las orejas y él con su largo pelo asomándole por entre los orificios del sombrero. Llegábamos a la casa y antes de que yo entrara me tomaba del brazo, y me hacía zapatear para quitar un poco de barro de los calamorros, me entregaba mi bolsa y sin decir palabra se devolvía otra vez a su callejón.

A veces pasaban varios días y el no aparecía, de repente miraba hacia la calle y ahí estaba parado frente a la casa sin decir palabra, esperando que yo lo llamara. En mis días de cosecha de la aceituna de los olivos de la casa , el venía para ayudarme a sacarlas y luego prepararlas sin siquiera pedírselo. Yo le contaba adivinanzas mientras duraba la cosecha y le leía entre leyendo e inventándole cuentos de mi silabario . El escuchaba atentamente y me enseñaba a hacer bailar el trompo, me traía ondas de regalo y piedrecitas redonditas para lanzarles a los pájaros.
"El chino" nunca vino a ninguno de mis cumpleaños, a pesar que yo lo invitaba, a veces lo vi mirando desde lejos, pero nunca se acercaba,sin embargo nunca dejaba de traerme algún obsequio , un puñado de huevecitos de perdiz, hasta un conejito chiquito me trajo una vez. Y me traía de esas flores que tanto me gustaban, esas amarillitas con corazón negro y blanco que yo llamaba chinitas y me las plantaba en el jardín de la casa. Hoy pienso como me habría gustado que "el chino" hablara un poquito, para saber lo que sentía, todos le decían por su apodo y nunca supe como se llamaba, una vez mi abuela me dijo que se llamaba Roberto yo le pregunte a él, y no me respondió. Llegué llorando a la casa un día que vi como unos niños le lanzaban piedras mientras +el caminaba solo con su bolsa de compras, quise pegarles a todos pero no pude , solo les lancé un par de piedras para correrlos cuando él ya se había perdido en su callejón.
Era buen amigo " El Chino ", un día me vio llorando , porque mi mamá me había prometido ir a buscarme y no lo hizo, me quede esperándola bien bañada y con los zapatos lustrados, pero no apareció y él me acompañó hasta la noche afuera de la casa sentada en la piedra, mirándome como lloraba . Al otro día apareció por la casa y cuando se acercó me dijo que metiera la mano en el bolsillo de su chaqueta gigante,  y ahí estaba " el amarillo" mi gato peludito y suavecito.
-Ese gato se te va a morir niña dijo mi abuela cuando lo vio muy chiquito como una bolita de lana- dile al chino que se lo lleve de vuelta mejor.


Sin embargo yo no se lo devolví y el gatito tampoco se murió.

Unos años después, cuando la abuela enfermo de loquería y me fui a vivir con mis padres , dejé de ver a mi amigo; y aunque hubo ocasiones en que se acercó a la casona para mirarme de lejos, ya no hubo tardes de camarones , y las caminatas a cazar perdices fueron más esporádicas. Mi mamá no quería que el se acercara a la casa ni a mi, él lo sabía , así es que a veces me esperaba camino de la escuela, traía de regalo ciruelas pintonas, me llevaba la bolsa de cuadernos, me dejaba afuera de mi casa y sin decir palabra se alejaba . Hubo veces en que me dejó pequeños obsequios en el jardín de la casona entre las abundantes plantas. Cuando me fui de la casa de la abuela, también me llevé a mi gato " el amarillo" que él me había regalado casi recién nacido, vivió conmigo muchos años hasta que un día ya no volvió de sus andanzas. Dicen que cuando los gatos sienten muy de cerca la muerte, simplemente se alejan para morir solos. Capaz que fue lo que le ocurrió a " el amarillo"…
En esos días también llegó a vivir al pueblo la familia del Eduardo, era compañero de colegio y amigo de mi hermano. Íbamos a jugar a su casa y él y sus hermanas iban a la nuestra, yo tenía amigos nuevos y poco a poco me fui alejando de mi inseparable compañero "El Chino ". Una vez mientras jugábamos en la casa del Eduardo vi a mi amigo mirando desde la calle, cuando lo miré el levantó un poco su mano para saludarme, quise correr a saludarlo pero titubié por unos momentos, mis amigos seguro se burlarían de mi, esos momentos de indecisión fueron suficientes para él, porque cuando volví a verlo ya no estaba. Entre a estudiar a un colegio de monjas y ya no tenía tiempo de andar aventurando, ni cazando conejos , ni disparando la onda . Quería ser escritora no cazadora.
Fue en mi cumpleaños número doce en que vi por última vez a mi amigo. Ese día había muchos invitados en la casa , y yo lo había invitado también a el , sabiendo eso si que no se aparecería. Sin embargo esta vez fue diferente, el llegó muy cerca de la casa y se detuvo a esperar que yo saliera, sin embargo los niños invitados lo vieron antes que yo, y encontraron divertido molestarlo gritándole y lanzándole piedras. Cuando escuché los gritos salí a mirar y lo vi parado frente a ellos. Quise acercarme a decirle que podíamos entrar pero ya no era posible , el estaba muy enojado. Se había quitado su viejo sombrero y lo sostenía con rabia en las manos, su larga cabellera la tenía por los ojos que brillaban de rabia. Aunque vestía su ropa de siempre al acercarme a su lado sentí el olor del shampoo en su cabellera , el Chino ya no era un niño, por primera vez me di cuenta que era un adolescente y que pensaba también como un hombre grande. Me acerqué y me miró con los ojos brillantes, me entregó una pequeña jaula hecha de palitos sin decir palabra, desde dentro un conejito me miraba alegremente, intenté tomarle la mano como lo hacía tantas veces cuando lo veía molesto, pero la quitó y se alejó dándome una última mirada entre triste y enojado . Nunca mas lo vi, se fue de mi lado y no volvió.

Un día amanecí con pena y me dio nostalgia de su compañía, tomé la bici y fui a su rancho para verlo, estuve mucho rato parada en la puerta de palos que había a la entrada de su casa , y nunca apareció, aunque se que estaba en la casa porque su perro "silencio" que nunca se alejaba de él ,me miraba desde la puerta con un ojo abierto, "El Chino" simplemente no quiso volver a verme y con algo de pena me alejé también.
Mi vida había cambiado radicalmente, en el nuevo colegio conocí niñas de mi edad, con ideas y vidas diferentes, poco a poco fui olvidando a mi primer y mejor amigo . Y aunque a veces cuando me sentía sola me acordaba de él , al poco rato ya lo olvidaba. Pasaron los años y "El Chino" desapareció definitivamente de mi vida , aunque cada cumpleaños mío, siempre aparecía un regalo desconocido en la puerta de la casa y yo sabía que era de el, nunca lo dije porque mi mama era capaz de ir a su casa y hasta golpearlo, así era ella y nada se podía hacer para cambiarla.
Cuando me vine a vivir a Santiago no regresé a mi pueblo nunca más , mi mamá dijo que vendríamos por poco tiempo y nunca hubo retorno, el pueblo y sus callecitas con sus viejas casas antiguas, y ese peculiar y fragante aroma de los naranjales en flor, pasó a ser parte de misrecuerdos atesorados mágicamente en mi memoria. Los años y el tiempo pasan inexplicablemente demasiado rápido , y aunque nuestras historias son muchas, hay recuerdos especiales que quedan ahí guardados para siempre .
Hoy casi cuarenta años después de haberme alejado de mis lugares de infancia y esa pura y limpia adolescencia , vuelvo otra vez, ahora acompañada de mi pequeña gran familia. Nada ha cambiado , solo un par de casas de más y varios rostros desconocidos para mi.
A recorrer salimos un día esas serpenteantes callejuelas llenas de nostalgias que parecen perderse en la distancia, allí los míos llenos de preguntas gozaban de la belleza y del paisaje de mi tierra. En uno de esos días, recorriendo esa larga calle donde viví mi infancia , corriendo tras los conejos, sacando camarones y buscando niditos de pájaros, vi una hermosa y blanca casa entre eucaliptos y árboles frutales que no recordaba de antes, un par de sauces llorones con un pequeño puente de madera a la entrada, cruzaba una pequeña acequia donde corría veloz el agua clara, y lo más hermoso un camino de "chinitas" que adornaban el gran jardín desde la puerta de entrada hasta el mismo corredor de la casa . Lentamente fui reconociendo el lugar, era mi campo de correrías en esos años de infancia, y volví a recordar a mi amigo , ese que nunca volvió.
Ensimismada en mis pensamientos recordando mis años de esa infancia feliz y despreocupada, no sentí que a mis espaldas se había estacionado una gran camioneta blanca, su conductor me miraba fijamente desde dentro, mientras yo me retrocedía lentamente a un lado para darle el paso. Tras el vidrio del parabrisas unos ojos pardos bajo el ala de un sombrero gris, y una melena de largo cabello oscuro se clavaron en mi. Pasó lentamente a mi lado sin quitar los ojos de los míos, nada había cambiado su mirada era la misma. Por unos segundos volví al pasado, estacionó su vehículo en el fondo de la gran casa, tardó unos minutos en bajar quizás tan sorprendido como yo, cuando lo hizo y caminó lentamente hacia mi reconocí en el su figura y su forma de caminar… nada había cambiado, solo faltaba su gran y larga chaqueta ; y pude sentir por unos momentos su silenciosa voz que me hablaba .
"El chino" era aún mi amigo y pude darme cuenta que aunque yo lo había olvidado , el seguía estando en mi vida ….como un espejo del alma…..

(c) Dolores González Opazo
Santiago de Chile
Dolores González Opazo es chilena, nacida en Villa Alegre pintoresco pueblo de la séptima región, lugar donde conviven estrechamente viñedos y naranjos. Tierra linda, que impregnó en ella el amor por el campo y sus costumbres. Su gusto por la escritura es desde siempre y escribe sobre las costumbres , tradiciones , cuentos y leyendas de su tierra. En el año 2015 Revista Archivos del sur publicó su cuento " Chicha de manzana " y en el mismo año ganó el concurso "Líneas de vida " con el cuento " Natalia historia de una desconocida ". En el año 2016 Revista Archivos del sur publicó el cuento " El velorio del angelito". Trabaja como bibliotecaria, además de hacer lo que más le gusta escribir. Entre libros se siente a gusto y goza con cada letra que llega a sus manos. Casada con 2 hijos y una nieta a quienes ha inculcado el amor por su tierra, las letras, el cuento y la poesía. Radica actualmente en Santiago de Chile.

El cuento Espejo del alma fue enviado por Dolores González Opazo para su publicación en la revista Archivos del Sur

miércoles, 25 de mayo de 2016

Campos de lluvia - Araceli Otamendi






Íbamos a mucha velocidad, él conducía. Primero por calles asfaltadas hasta salir de la ciudad, luego, el auto se desplazaba por la autopista, corría. Edificios, carteles llamativos, luminosos, luces encendidas en la neblina.
Un día de semana lleno de ocupaciones, de trabajos, obligaciones, llamadas telefónicas, mensajes, sms, timbres, personas, autos, colectivos, trenes, aviones, barcos, lanchas, ¡cuántas cosas! ocupaban nuestros días. Éramos jóvenes, muy jóvenes cuando salimos a la ruta, ¿a cuánta distancia estamos?
pregunté. Pero él, apurado por llegar a destino, aferrado al volante, no me escuchaba, entonces yo miraba a través de los vidrios del auto los terraplenes, el tren en las vías casi paralelas a la autopista, después cruzándose, con las caras de las personas, pasajeros asomados también contra los vidrios de las ventanillas. Eran caras ajenas, con la pereza despejada de los rostros que se disponían a llegar al trabajo. Ya era la media mañana.
El cielo gris se había convertido casi en negro, algunos nubarrones, algún trueno lejano, el olor de la tierra mojada, pájaros que volaban rápido anticipaban una tormenta. Le pedí a él que nos detuviéramos en algún bar de la ruta, que no siguiéramos por la autopista congestionada, donde otros autos también veloces cruzaban el carril, apurados por llegar. Nos detuvimos en el peaje y empezó a llover. Y mientras él pagaba al hombre de la casilla del peaje y extendía la mano para recibir el vuelto yo veía estrellarse las gotas de lluvia en el vidrio, gotas espléndidas como cristales se deshacían brillantes, una gota se transformaba en varias, en cientos de otras gotas y después en agua hasta bajar nuevamente desplazándose por el metal del auto. Yo iba pensando en no sé qué cuento que escribiría o había terminado de escribir. Él seguramente en alguna otra cosa. La música de la radio emitía algunos sonidos como instrumentales, la voz de algún locutor la interrumpía de vez en cuando. Ya habíamos avanzado algunos kilómetros después del último peaje.
El cielo se había convertido en un telón de acero gris, de vez en cuando algún pájaro se cruzaba a la altura del auto. Habíamos dejado atrás los edificios, las calles de asfalto, los símbolos mas representativos de la ciudad. Y fue entonces cuando los vimos: eran caballos, caballos oscuros, erguidos, elegantes, de piel lustrosa, trotando por un campo verde, de pasto muy verde y mojado, un hombre los hacía trotar. El auto se detuvo ahí y los dos nos quedamos adentro, mirando los caballos a través del vidrio del parabrisas.
Apagué la radio. Los animales se desplazaban alrededor de ese campo mojado, de forma circular como una pista de circo. Eran varios. Y cada vez los caballos trotaban más y mejor, la piel brillante, las crines alborotadas, después al galope. Nos quedamos mirando en silencio ese espectáculo luminoso, tan bello, tan fantástico que como un sueño había irrumpido así en medio del paisaje. Al fondo, entre los árboles, alguna oscuridad. Y los ruidos, los ruidos del campo, gritos de pájaros, el balido de alguna oveja, el mugido de las vacas, algún chimango. Todo eso nos entretuvo, perdimos la noción del tiempo, ni siquiera teníamos ganas de comer. Detrás del vidrio éramos como dos fantasmas que en un cine, detrás del telón, miran pasar la vida mientras los espectadores disfrutan de un film y ellos no están ni en uno ni en otro lugar. Por la oscuridad, supimos que había llegado la noche. Los caballos se retiraron del campo de lluvia al trote, conducidos por el hombre, seguramente un cuidador. Los ruidos de los animales, de los pájaros, se habían convertido en otros, algunos más chillones, como indicando algo, algún aviso, alguna contraseña para los de su especie. Y nosotros, después de ese espectáculo tan animado, tan bello de esos animales trotando, continuamos el viaje, nuestra ruta, nuestros días, nuestras noches, como siempre, un poco más cansados, con más días a cuestas, con teléfonos, celulares, autos, colectivos, edificios, trenes, carteles luminosos vendiendo productos, ruidos, música, obligaciones, cuentas, trabajos, imágenes, hasta una nueva mañana.

© Araceli Otamendi